Republicanos
Los líderes socialistas se radicalizaron y empezaron a apartarse de los republicanos hasta prepararse para la revolución, que desencadenaron al fin en octubre de 1934, no para salvar la República, sino para destruirla
Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña y Francisco Largo Caballero
Hace unos meses vio la luz un pequeño libro mío al que, pasados los meses, he cogido mucho cariño. Ha sido así por el excelente trato que la editorial Ladera Norte me ha dispensado a mí y a mi obra, muy superior al de empresas mucho más grandes con las que he trabajado, un trato humano, cercano, familiar, pero, a la vez, serio y profesional. Quiero dejar constancia aquí de ello, porque los comienzos de una editorial son siempre difíciles, sobre todo en España, y merecen todo el apoyo que podamos ofrecerles.
El libro se titula Cinco protagonistas de la Segunda República. Es un libro breve, no llega a las doscientas páginas, pero, a mi modo de ver, de lectura interesante y reflexiva. Los personajes son de todos los colores: Azaña, Alcalá-Zamora, Prieto, Gil-Robles y Largo Caballero. Faltan muchos, claro. Falta, sobre todo, Lerroux. También Melquíades Álvarez. Miguel Maura podría haber aparecido en sus páginas. Incluso Lluís Companys, Diego Martínez Barrio o Marcelino Domingo. Pero los escogidos tienen una virtualidad: representan cinco visiones muy distintas de la Segunda República y encarnan, cada uno de ellos, lo que aquel régimen pudo haber sido y no fue. Para bien y para mal.
Una «República republicana»
Y si fue para mal, lo fue, precisamente, porque muchos de sus protagonistas trataron de imponer su República por la fuerza, con escaso respeto y menos diálogo, ingredientes sin los cuales ninguna democracia en ciernes, como era el régimen del 14 de abril, puede asentarse. Azaña, que llegó a encarnar para las izquierdas la República misma, ofrece el mejor ejemplo de cómo veían aquellas el régimen. Mitos aparte, su objetivo nunca fue hacer de España un Estado de derecho, capaz de integrar en su seno a la inmensa mayoría de sus ciudadanos, afirmando el pluralismo político y la alternancia pacífica en el poder.
Azaña lo había dicho ya el 11 de febrero de 1930, en un acto de conmemoración de la Primera República: «…tendrá que ser una República republicana, pensada por los republicanos, gobernada y dirigida según la voluntad de los republicanos». Se trataba, en realidad, de culminar por fin la revolución que, desde su punto de vista, los liberales del siglo XIX no habían podido llevar a término como consecuencia de su claudicación frente a la Iglesia, el Ejército y los terratenientes, encarnada en la inicua Restauración. La intransigencia, no el diálogo, era su bandera. Así salieron las cosas.
José María Gil- Robles en un mitin de la CEDA
Respecto a los socialistas, Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero, a pesar de la mejor prensa que siempre ha tenido el primero, coincidían en el objetivo, de clara ortodoxia marxista, de proclamar, eso sí, en un futuro indefinido que bien podía no llegar nunca, la dictadura del proletariado. La República no era para ellos un fin en sí mismo, como no lo era la democracia parlamentaria, que despreciaban por burguesa. Se trataba de una estación de tránsito, un régimen que les convenía apoyar y, sobre todo, gobernar porque desde el poder podían fortalecer su organización y ganar para los trabajadores mejoras que les granjearían su apoyo, en detrimento de sus competidores anarquistas de la CNT.
Por eso, cuando sus bases, sobre todo en el campo, descontentas con el ritmo de esas mejoras, comenzaron a exigir más, los líderes socialistas se radicalizaron y empezaron a apartarse de los republicanos. Y cuando, para remate, la CEDA y los radicales ganaron las elecciones de 1933, simplemente decidieron prepararse para la revolución, que desencadenaron al fin en octubre de 1934, no para salvar la República, sino para destruirla. No eran demócratas. Tampoco republicanos. Eran socialistas, y nunca dejaron de serlo.
Ese «fascista de sacristía»
También para José María Gil-Robles la República, al menos la parlamentaria, era una mera estación de paso. Católico por convicción, su ideología política no era otra que la de la Iglesia de Entreguerras. La democracia cristiana era cosa del futuro. Roma defendía entonces el accidentalismo de las formas de gobierno, en virtud del cual los católicos debían obediencia al poder constituido, con independencia de la forma de Estado que adoptara, siempre que respetara los derechos de la Iglesia. Pero no nos engañemos. Gil-Robles tampoco era un demócrata, aunque menos aún ese «fascista de sacristía» una antítesis palmaria que proclamaban las izquierdas.
Su ideal de Estado era un régimen corporativista, confesional y con cierto grado de autoritarismo. Sin embargo, a diferencia de los socialistas, su acatamiento del régimen republicano fue sincero. Nunca pretendió derribarlo, ni siquiera cuando, semanas antes del alzamiento militar de julio del 36, puso a disposición de los conspiradores los fondos de la CEDA. Pero gobernar su partido, de una heterogeneidad extrema, resultaba difícil y le forzaba en ocasiones a decir cosas que no pensaba para contentar a todos. A cabalgar, en fin, las contradicciones… ¿Les suena?
Indalecio Prieto
Frente a estas visiones, la que encarnó Niceto Alcalá-Zamora buscaba construir una República en la que todos tuvieran cabida. «Somos, ante todo, liberales y demócratas, y por liberales y por demócratas nos declaramos republicanos», proclamaba el semanario alcoyano Democracia, simpatizante de don Niceto, el 20 de septiembre de 1930. Y una idea similar servía de hilo conductor a Lerroux, que afirmaba sin cesar la necesidad de hacer del régimen «una República para todos los españoles», pues solo dando por terminada la revolución y atrayendo sin complejos a quienes nunca habían sido republicanos, sin exigir patentes de limpieza de sangre, sería posible la consolidación del nuevo régimen.
Por desgracia, no fue lo que sucedió. Lejos de conformarse aquella convergencia de centros, republicanos y monárquicos, que había permitido consolidarse a la Tercera República Francesa medio siglo antes, en España se produjo una fuga hacia los extremos que rompió la unidad de los republicanos y dejó la República en manos de dos fuerzas que la consideraban solo una estación de paso: el PSOE y la CEDA. Y, así las cosas, su destino había de ser aciago. Bien se le podría aplicar el viejo refrán castellano: «Entre todos la mataron y ella sola se murió».