El diputado y expresidente del Congreso, Melquíades Álvarez, fue una de las víctimas de la matanza de la Cárcel Modelo
La matanza de la cárcel Modelo: La noche en que la Segunda República claudicó ante el terror de las milicias
Entre el 22 y el 23 de agosto de 1936, las milicias armadas asaltaron la principal prisión de Madrid ante la pasividad del Gobierno. El fusilamiento extrajudicial de líderes políticos y militares certificó el triunfo de la revolución armada en la retaguardia
El verano de 1936, del que ahora se cumplen exactamente noventa años, certificó el colapso absoluto del Estado de derecho en la zona bajo control del Frente Popular.
La represión desatada en Madrid tras el Alzamiento no fue una reacción espontánea y desordenada, sino un proceso sistemático de eliminación del adversario político. El hito que marcó un punto de no retorno en esta espiral de violencia tuvo lugar entre el 22 y el 23 de agosto en la Cárcel Modelo de Madrid.
Aquella noche, las milicias obreras tomaron el control de la prisión y ejecutaron a una treintena de presos políticos, demostrando que el Gobierno republicano había entregado el monopolio del orden público a los fusiles del anarquismo y el comunismo.
El pretexto del incendio y el asalto miliciano
En agosto de 1936, la Cárcel Modelo (ubicada en el actual emplazamiento del Cuartel General del Ejército del Aire, en Moncloa) albergaba a cerca de cinco mil reclusos. Junto a los presos comunes, se hacinaban cientos de detenidos preventivos cuyo único delito era su filiación política: diputados de derechas, sacerdotes, militares bajo sospecha y dirigentes falangistas.
El 22 de agosto, en un clima de extrema tensión por el avance de las tropas nacionales hacia Madrid, se desató un oportuno incendio en el depósito de maderas y la panadería de la prisión.
Los registros históricos apuntan a que fue provocado por presos comunes alentados desde el exterior. La columna de humo sirvió como señal y pretexto perfecto. Inmediatamente, una turba de milicianos armados de la CNT, la FAI y la UGT rodeó el recinto exigiendo la entrada para sofocar un supuesto motín fascista.
La respuesta del Gobierno republicano fue la claudicación total. En lugar de enviar fuerzas de orden público para asegurar el recinto y proteger a los reclusos bajo custodia del Estado, las autoridades permitieron que un autodenominado Comité de Milicias se hiciera con el control absoluto de las galerías, desarmando a los funcionarios de prisiones.
Un tribunal revolucionario frente al paredón
Con la cárcel en poder de las milicias frentepopulistas, la noche del 22 al 23 de agosto se transformó en una carnicería. En los sótanos del edificio se instauró un tribunal revolucionario carente de cualquier legalidad o garantía procesal.
Los cabecillas milicianos, lista en mano, comenzaron a llamar a los presos más significativos. No hubo juicios ni defensas; un simple reconocimiento visual daba paso a las ráfagas de ametralladora en los patios interiores.
El análisis del perfil de los aproximadamente treinta asesinados aquella madrugada revela la verdadera naturaleza del terror revolucionario: el objetivo era la aniquilación de la élite política e intelectual de la derecha, pero también de cualquier voz moderada.
Entre las víctimas cayeron figuras históricas de la Falange Española, como Julio Ruiz de Alda —héroe nacional por el vuelo del Plus Ultra— y Fernando Primo de Rivera, hermano de José Antonio.
Asimismo, fueron fusilados altos mandos militares que se encontraban detenidos de forma preventiva, como el general Osvaldo Capaz, que había garantizado para España el territorio de Ifni, y el general Rafael Villegas.
La revolución devora a los republicanos
Sin embargo, el aspecto más revelador de la matanza de la Modelo fue el asesinato sistemático de republicanos conservadores y liberales moderados. Las milicias no distinguieron entre sublevados y demócratas de orden. El pelotón de fusilamiento acabó con la vida de Melquíades Álvarez, expresidente del Congreso de los Diputados, fundador del Partido Reformista y uno de los juristas clave en la instauración de la propia República.
Su intachable trayectoria democrática no le salvó del odio miliciano. Junto a él, fueron masacrados otros altos cargos institucionales de la República, como José Martínez de Velasco (fundador del Partido Agrario y exministro), Manuel Rico Avello (exministro de Gobernación) y el exministro de Justicia Ramón Álvarez-Valdés.
La quiebra moral del Gobierno
A la mañana siguiente, cuando los cadáveres fueron trasladados al cementerio de la Almudena, el impacto de la noticia sacudió Madrid. El cuerpo diplomático extranjero aceleró los protocolos de asilo en sus embajadas, consciente de que nadie estaba a salvo.
Para el presidente de la República, Manuel Azaña, la masacre supuso la constatación de su fracaso político. Sus memorias recogen el profundo impacto moral que le causó el asesinato de figuras de su propia generación como Melquíades Álvarez.
Azaña comprendió aquella noche que el Gobierno era un rehén sin poder real y que el Estado de derecho había muerto a manos de las milicias que teóricamente lo defendían.
A nueve décadas de los hechos, la matanza de la Cárcel Modelo no puede analizarse como un exceso incontrolado fruto del caos bélico, sino como el primer gran acto de la represión institucionalizada en la retaguardia.
Fue la noche en la que el Frente Popular dictó sentencia contra la disidencia política, abriendo la puerta a los meses más oscuros del terror de las checas y las sacas en la capital de España.