Asurbanipal matando al león simboliza la fuerza y el valor del rey
Los tres reyes de Asiria que desaparecieron de la historia durante casi 3.000 años
Asiria pasó de ser un pequeño reino a convertirse en el mayor imperio que había conocido Oriente Próximo
¿Y si una de las listas de reyes más estudiadas del mundo antiguo estuviera incompleta? Durante más de un siglo, los historiadores confiaron en la llamada Lista Real Asiria, un documento que parecía recoger, uno tras otro, a todos los monarcas que habían gobernado uno de los mayores imperios de la Antigüedad.
Ahora, una nueva investigación ha encontrado tres ausencias difíciles de explicar. Tres hombres llegaron a ocupar el trono de Asiria y, tras perderlo, también desaparecieron de su historia durante casi 3.000 años.
El descubrimiento no procede de una tumba intacta, de las ruinas de un palacio ni de un tesoro escondido bajo toneladas de arena. Las pruebas llevaban décadas repartidas entre tablillas e inscripciones que los especialistas conocían bien. Solo ha hecho falta volver a leerlas con otra mirada para descubrir que varios nombres no encajaban en la sucesión oficial de los reyes asirios.
Asiria tuvo más de mil años de historia. Nacida alrededor de la ciudad de Assur, en el norte de Mesopotamia, pasó de ser un pequeño reino a convertirse en el mayor imperio que había conocido Oriente Próximo.
Durante su última gran etapa, el periodo neoasirio, sus ejércitos extendieron sus dominios desde el norte del actual Irak hasta el Mediterráneo, Egipto y las montañas de Irán, mientras ciudades como Assur, Nimrud o Nínive se convertían en algunos de los principales centros políticos y culturales de su tiempo.
Uno de sus monarcas más conocidos fue Asurbanipal, protagonista de la gran exposición que puede visitarse hasta el próximo 4 de octubre en CaixaForum Madrid.
Además de sus grandes campañas militares, una de sus mayores aportaciones fue reunir en Nínive una inmensa biblioteca de tablillas, gracias a la cual hoy conocemos con enorme detalle la historia, las creencias y el funcionamiento de aquel imperio.
Dentro de ese inmenso legado documental, la Lista Real Asiria ocupaba un lugar privilegiado. Copiada por escribas hace casi 3.000 años, recogía la sucesión de los monarcas y servía de base para reconstruir la historia política del reino.
Durante generaciones fue la referencia fundamental para establecer la cronología de Asiria. La lógica parecía sencilla: si alguien había sido rey de Asiria, su nombre debía figurar allí. Al menos, eso era lo que todos creían.
Esa certeza acaba de tambalearse. Hace apenas unas semanas, Alexander Johannes Edmonds, de la Universidad de Münster, y Eckart Frahm, de la Universidad de Yale, publicaron en el Journal of Cuneiform Studies una investigación que obliga a revisar aquella sucesión. Tras reexaminar varias inscripciones cuneiformes, los autores sostienen que la lista dejó fuera a tres hombres que llegaron a ejercer realmente el poder.
El primero de ellos fue un nuevo Aššur-uballiṭ, que habría reinado brevemente a comienzos del siglo IX a. C. El segundo, Tiglatpileser, es quizá el caso más llamativo. Habría ocupado el trono durante una etapa marcada por epidemias, revueltas y una profunda crisis política antes de desaparecer por completo del relato oficial.
El tercero sería otro Salmanasar, que también habría gobernado durante un breve periodo. Ninguno consiguió mantenerse mucho tiempo en el poder, pero los tres dejaron pruebas suficientes para demostrar que no fueron simples aspirantes al trono, sino auténticos reyes de Asiria.
La investigación devuelve una imagen bastante más turbulenta de la monarquía asiria. Las sucesiones no siempre fueron ordenadas ni siguieron una línea tranquila de padres a hijos.
Hubo golpes de Estado, rebeliones, candidatos rivales y luchas por el poder mucho más complejas de lo que hasta ahora reflejaban las fuentes oficiales. Quien terminaba imponiéndose también tenía la capacidad de escribir su propia versión de la historia.
Y ahí aparece una cuestión que va mucho más allá de estos tres reyes. ¿Hasta qué punto podemos confiar ciegamente en los documentos oficiales que nos ha dejado la Antigüedad?
Las listas de reyes, las crónicas o las inscripciones no se redactaron pensando en los historiadores del futuro. Fueron encargadas por quienes ostentaban el poder y, como ocurre tantas veces, ofrecían la versión de los hechos que más les convenía.
Siglos después, los romanos llamarían damnatio memoriae al castigo que perseguía borrar el recuerdo de una persona condenada. Su nombre desaparecía de los documentos y su recuerdo quedaba condenado al olvido. Los asirios nunca utilizaron esa expresión, pero comprendieron perfectamente el valor político de controlar el pasado.
Lamentablemente, la tentación de decidir qué parte de la historia merece conservarse y cuál conviene borrar sigue siendo una cuestión de plena actualidad. ¿Les suena la Ley de Memoria Democrática?
La historia de Asiria parecía cerrada desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, tres nombres olvidados recuerdan que incluso las civilizaciones mejor conocidas siguen escondiendo incógnitas. A veces no hace falta descubrir una nueva ciudad para cambiar lo que sabemos del pasado. También puede bastar con volver a mirar unas viejas tablillas y descubrir que la historia todavía tenía algo que contar.