La princesa Elvina Pallavicini y el Papa Pablo VI
Elvina Pallavicini, la princesa romana que desafió a Pablo VI
El Papa intentó, sin éxito, disuadirla de ceder su palacio a Monseñor Lefebvre para pronunciar una conferencia
La conocida como ‘aristocrazia nera’, es decir, la aristocracia compuesta por históricas familias romanas (Colonna, Orsini, Borghese, Della Rovere, Doria Pamphilj…) que durante siglos estuvieron al servicio de los Papas, e incluso surtieron algunos de ellos, perdió sus últimos sus cargos en la Corte Pontificia a raíz de las reformas posconciliares plasmadas en el motu proprio «Pontificalis domus», promulgado en 1968 por Pablo VI.
Se acabaron, pues, cargos como los de mariscal de la Santa Romana Iglesia o Gran Maestre del Sacro Hospicio y se suprimieron cuerpos como el de la Guardia Noble Papal. Queda el rescoldo de los gentilhombres de Su Santidad, cuya composición no está monopolizada por la aristocracia.
Con todo, algunos de los miembros de la ‘aristocrazia nera’ siguieron dando que hablar, como la ‘principessa’ Elvina Pallavicini (1914-2004), viuda de un héroe de guerra convertido en Pallavicini por vía de adopción.
A la ‘principessa’ no le animaba tanto el resentimiento por la degradación protocolaria de su estamento como los cambios doctrinales del Concilio Vaticano II. No estaba sola: su séquito incluía a un pequeño grupo de amigos y asesores, como los marqueses Roberto Malvezzi Campeggi y Luigi Coda Nunziante di San Ferdinando, antiguo comandante de la Armada italiana.
Estos últimos le aconsejaron que invitara al arzobispo Marcel Lefebvre a celebrar una misa en latín en su residencia romana, el palacio Pallavicini Rospigliosi, sito en las inmediaciones del Quirinal, y que pronunciara allí una conferencia para desarrollar su argumentario hostil a las reformas impulsadas por el Vaticano II.
Era la primavera de 1977. Unos meses antes, en julio de 1976, Monseñor Lefebvre había sido suspendido ‘a divinis’ por Pablo VI por haber ordenado sacerdotes en contra de su voluntad.
En el Palacio Apostólico, Pablo VI empezó mostrando indiferencia hacia la iniciativa ‘principessa’. Mas fue cambiando de opinión: que el prelado que le contradecía públicamente dispusiera de un espacio en la Ciudad Eterna, en su sede episcopal, le resultaba especialmente doloroso.
Decidió actuar «tirando por elevación», movilizando a autoridades. Una forma, tal vez, de dar demasiada importancia, a la iniciativa de la ‘principessa’. En consecuencia, en un primer momento, encomendó la tarea de persuadir a la princesa a un colaborador cercano, el cardenal Sergio Pignedoli, que había sido su obispo auxiliar cuando era arzobispo de Milán entre 1954 y 1963.
Tras una larga conversación telefónica, en la que el purpurado recalcó lo inapropiado de invitar a una figura tan incómoda para el Santo Padre, la Pallavicini replicó que era libre de invitar a quien considerara oportuno a su residencia. Pablo VI decidió entonces contactar con el príncipe Aspreno II Colonna. De nuevo la ‘principessa’ se negó.
La Secretaría de Estado Pontificia decidió entonces seguir con los ilustres apellidos para intentar involucrar a Monseñor Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, recientemente consagrado arzobispo y nombrado nuncio en Papúa Nueva Guinea.
Era hijo del coronel Giuseppe Cordero Lanza di Montezemolo, antiguo líder de la resistencia monárquica en Roma, quien había sido fusilado por los alemanes en las cuevas ardeatinas en 1944 y, por lo tanto, era considerado una figura influyente ante la princesa.
Ante la insistencia del futuro cardenal Montezemolo, la princesa le recordó que su padre también se había resistido a las órdenes de sus superiores de luchar contra el nazifascismo porque creía que era lo correcto, pero se negó en dar marcha atrás en relación con la conferencia.
El Vaticano jugó entonces su última baza «linajuda»: el exrey Umberto II de Italia, exiliado en Cascais, Portugal. El marqués Falcone Lucifero, entonces ministro de la Casa Real, llamó personalmente a la ‘principessa’ Pallavicini para informarle de que el último monarca de la dinastía Saboya la instaba encarecidamente a posponer la conferencia. El esfuerzo fue, una vez más, vano.
La Santa Sede, cada vez más preocupada por el rumbo que tomaban los acontecimientos –que ella misma alimentaba–, decidió optar por la presión mediática, mediante la publicación de una serie de artículos en los principales periódicos italianos contra la conferencia y su patrocinadora, a quien retrataban como una aristócrata obstinada rodeada de nobles nostálgicos de tiempos pasados. Craso error. La principessa también fue informada en privado de que, si la conferencia se celebraba, sería excomulgada.
Esta vez –era el 30 de mayo de 1977–, una semana antes de la conferencia, la Pallavicini respondió con una declaración a Ansa, la agencia oficial italiana, aclarando que su iniciativa no estaba motivada por ningún espíritu de desafío hacia la Iglesia, sino simplemente por amor a ella y para brindar al arzobispo Lefebvre la oportunidad de expresar sus opiniones, algo que se le había negado previamente en Italia.
Al día siguiente, el príncipe Aspreno II Colonna respondió a la iniciativa de la princesa con un artículo en primera plana del periódico Il Tempo, declarando que el patriciado romano se desvinculaba de la iniciativa, considerándola inapropiada. El engranaje mediático ya había alcanzado la condición de imparable.
Sin embargo, el día anterior a la conferencia, el 5 de junio, el cardenal Ugo Poletti, vicario del Papa para la diócesis de Roma, arremetió aún con más fuerza contra la iniciativa a través de una declaración en el Avvenire, órgano oficial de la Conferencia Episcopal Italiana, atacando directamente al arzobispo Lefebvre y a sus seguidores.
La ‘principessa’, que nunca pensó alcanzar tal nivel de publicidad, replicó con una larga declaración: «Es incomprensible cómo la expresión privada de tesis, que hasta hace pocos años eran compartidas por todos los obispos del mundo, pudo perturbar tanto la confianza de una autoridad que cuenta con la fuerza de la continuidad doctrinal y la claridad de sus posiciones. Soy católica apostólica romana con profunda convicción, porque he alcanzado el verdadero sentido de la religión a través del perfeccionamiento del sufrimiento físico y moral: no le debo nada a nadie, no tengo honores ni prebendas que defender, y por todo doy gracias a Dios. En la medida en que la Iglesia me lo permite, puedo disentir, puedo hablar, puedo actuar: debo hablar y debo actuar; sería cobardía no hacerlo. Y permítanme decir que, en nuestra casa, incluso en esta generación, no hay lugar para los cobardes».
La primera frase es intolerable, pues a ella no le correspondía fijar la doctrina o la estrategia de la Iglesia. En cuanto a la tercera, sobre la «disensión», allá con sus actuaciones, que solo le comprometen a ella. El problema es que los encargados de disuadirla hicieron todo para darle, de forma contraproducente, la mayor proyección posible a su iniciativa.
El día previsto para la conferencia, 6 de junio de 1977, todo transcurrió sin contratiempos, con el Palacio Pallavicini Rospigliosi abarrotado, con cuatrocientos invitados presentes para oír a Mons. Lefebvre y posteriormente participar en el debate. La ‘principessa’ no solo no fu excomulgada, sino que alcanzó, fugazmente, fama planetaria.