El buque Cabo PilatesAyuntamiento de Baracaldo

90 años de las matanzas del buque prisión Cabo Quilates en la Ría de Bilbao

A finales de agosto de 1936, las milicias frentepopulistas asaltaron un mercante reconvertido en cárcel para asesinar a decenas de militares y civiles conservadores, demostrando que el colapso del orden legal republicano no se limitó solo a Madrid

La represión en la retaguardia republicana durante el verano de 1936 suele centrar su atención en las checas y las sacas de Madrid y Barcelona. Sin embargo, en la provincia de Vizcaya existieron las conocidas como prisiones flotantes. De todas ellas, el caso del mercante Cabo Quilates ilustra a la perfección cómo las autoridades republicanas locales entregaron el monopolio de la violencia a los comités revolucionarios, permitiendo el exterminio organizado de la disidencia política bajo su propia custodia.

De orgullo mercante a calabozo flotante

Tras el fracaso del alzamiento militar en Vizcaya en julio de 1936, las instituciones del Frente Popular procedieron a la detención sistemática de cualquier persona considerada sospechosa de simpatizar con la derecha. En apenas unas semanas, las prisiones convencionales de Bilbao, como la de Larrínaga o la del Carmelo, quedaron absolutamente desbordadas ante el ingreso masivo de militares, sacerdotes, empresarios, militantes carlistas y afiliados a partidos conservadores.

Para solucionar este colapso logístico, la Junta de Defensa de Vizcaya —el órgano que asumió el poder ejecutivo en la provincia— ordenó requisar varios buques atracados en la ría del Nervión para reconvertirlos en centros de reclusión. Entre ellos destacaba el Cabo Quilates, un moderno carguero a motor botado a finales de la década de los veinte que pertenecía a la naviera Ybarra. Despojado de su función comercial, el buque fue anclado en la dársena de Portu y sus bodegas fueron adaptadas para hacinar a más de trescientos prisioneros políticos en condiciones de insalubridad.

El pretexto del 31 de agosto y la claudicación oficial

Los detenidos en el Cabo Quilates se convirtieron a efectos prácticos en rehenes de la revolución. Su seguridad dependía «teóricamente» de las fuerzas de orden público de la República, pero la realidad era que el poder coercitivo en las calles de Bilbao residía en los sindicatos y los partidos obreros. La chispa que detonó la tragedia se produjo el 31 de agosto de 1936, cuando la aviación del bando nacional ejecutó un bombardeo sobre varios objetivos industriales y estratégicos de la capital vizcaína.

Inmediatamente después del ataque aéreo, el pánico y el deseo de venganza se apoderaron de la retaguardia. Una turba fuertemente armada, compuesta por milicianos de la UGT, la CNT y simpatizantes comunistas y anarquistas, se dirigió hacia los muelles donde fondeaban los buques prisión. El objetivo no era otro que aplicar la ley del talión sobre los prisioneros desarmados. Al igual que había ocurrido días antes en la Cárcel Modelo de Madrid o en los trenes de Jaén, la guardia oficial que custodiaba el Cabo Quilates no ofreció resistencia alguna. Ante la amenaza de los milicianos, las fuerzas del Estado claudicaron, abrieron los accesos del barco y permitieron que los revolucionarios tomaran el control absoluto de las bodegas.

Ejecuciones sistemáticas en la cubierta

Una vez a bordo, los asaltantes no perpetraron un linchamiento ciego, sino una selección premeditada. Lista en mano, los cabecillas milicianos comenzaron a llamar a cubierta a los prisioneros. Sin juicio previo, interrogatorio ni defensa, los prisioneros fueron fusilados en las cubiertas del barco. Sus cadáveres fueron expoliados de cualquier objeto de valor antes de ser retirados. Aquella jornada se saldó con el asesinato de decenas de reclusos, en un baño de sangre que las autoridades de la Junta de Defensa de Vizcaya fueron totalmente incapaces de prevenir, a pesar de que el asalto se ejecutó a plena luz del día y con un despliegue miliciano visible en toda la zona portuaria.

El 25 de septiembre del mismo año, tras un nuevo bombardeo sobre Bilbao, el buque volvió a ser asaltado por milicianos y marineros amotinados, cobrándose la vida de otro numeroso grupo de prisioneros políticos ante la misma inacción de las instituciones republicanas. Entre las víctimas figuraba Jorge Barrie, estudiante y alférez de complemento adscrito al del Regimiento de Infatería Garellano Nº 45.

La institucionalización de la impunidad

Tras las masacres que ensangrentaron sus cubiertas, el Gobierno Vasco intentó borrar el estigma criminal del barco y recuperar el control sobre una de las unidades navales más modernas que atracaban en su costa. Las autoridades autonómicas requisaron oficialmente el mercante y lo rebautizaron con el nombre de Ibai. Despojado ya de su siniestra función penitenciaria, el buque fue destinado a labores logísticas para el esfuerzo bélico del bando frentepopulista. Aprovechando la potencia de sus motores, emprendió arriesgadas travesías transatlánticas hacia el continente americano con el objetivo fundamental de actuar como carguero de aprovisionamiento, sorteando los bloqueos marítimos para surtir de armas, munición y suministros a la retaguardia republicana.

Sin embargo, el destino final del buque resulta ser una metáfora perfecta de la deriva política que sufrió la propia Segunda República durante el conflicto: la subordinación total a la órbita de Moscú. En las postrimerías de la Guerra Civil, tras lograr atracar en el puerto ruso de Múrmansk huyendo del colapso del bando republicano, el navío no fue restituido a la naviera Ybarra, su legítima propietaria. En su lugar, el Estado soviético incautó la embarcación como botín de guerra para integrarla directamente en la flota mercante de Iósif Stalin.

Convertido en buque de Stalin

Bajo la bandera con la hoz y el martillo, el barco borró cualquier rastro de su identidad española. Las autoridades soviéticas lo rebautizaron inicialmente como Ienesei y, tiempo después, recibió el nombre de Baikal. Lejos de la ría del Nervión que lo vio convertirse en una prisión flotante, el buque operó durante dos décadas bajo el telón de acero hasta que el fuego selló su historia. A finales de la década de los cincuenta, un devastador incendio a bordo calcinó sus estructuras y lo dejó completamente inoperativo, obligando a la Unión Soviética a dar de baja y mandar al desguace a un barco cuyo nombre había quedado indisolublemente ligado a las páginas más oscuras de la represión en España.