Un miembro de la Patrulla Internacional del Hielo vigilando un enorme iceberg en el Atlántico Norte alrededor de 1950

Picotazos de historia

La desconocida patrulla nacida tras el Titanic que lleva más de un siglo evitando choques con icebergs

La Conferencia Internacional acordó que la zona ártica del Atlántico fuera vigilada por un organismo creado ad hoc

Desde que la navegación se realiza de manera constante en la zona ártica del océano Atlántico, esto es, desde el primer tercio del siglo XIX, los barcos que atravesaban esas aguas se encontraban bajo la constante amenaza de los grandes témpanos que eran arrastrados por la corriente. Este peligro era especialmente grave por la noche o en medio de un banco de niebla debido a la engañosa percepción que dan (la parte emergida de un témpano es una octava parte del total).

En 1841 el vapor William Brown chocó contra uno de estos monstruos de hielo a la deriva. La colisión se produjo a unas doscientas cincuenta millas náuticas al suroeste del cabo Race, en Terranova. Cincuenta personas perdieron la vida. Esto sucedió en el año 1841.

Ocho años después el velero Hannah, que transportaba emigrantes irlandeses que huían de la terrible hambruna producida por la «peste de la patata», se fue a pique tras chocar contra una masa de hielo. Toda aquella gente que huía del hambre pereció en las heladas aguas el 29 de abril de 1849.

Pintura del naufragio del bergantín irlandés 'Hannah' chocando contra un iceberg en abril de 1849Fundación Canadá-Irlanda

El 10 de mayo le tocó el turno al María, otro transporte de emigrantes que buscaba un destino más amable en Canadá y que hacía la ruta de Limerick a Quebec. Ciento diez personas se ahogaron.

El año 1856 fue otro año trágico. El John Rutledge partió del puerto de Nueva York el 16 de enero; el 19 de febrero se iba a pique con la proa destrozada debido al impacto contra un témpano. Ese día perdieron la vida ciento treinta y tres personas.

Se desconoce la fecha exacta del hundimiento del transatlántico Pacific de la compañía naviera White Star Line. El 23 de enero salió del puerto de Liverpool y no se supo del destino de las ciento ochenta y seis personas que iban a bordo hasta 1861.

Ese año apareció una nota dentro de una botella que se encontró en la costa de la isla de Uist (islas Hébridas, norte de Escocia). La nota contenía el conmovedor testimonio de un pasajero llamado William Graham: «A bordo del 'Pacific' de Liverpool a N. York. El barco se hunde. Gran confusión a bordo: iceberg por todas partes... Escribo la causa del hundimiento para que mis amigos no vivan en la incertidumbre. Quien encuentre esto, por favor, publíquelo».

Der Untergang der Titanic, grabado del hundimiento del Titanic, realizado por Willy StöwerWilly Stöwer / Wikimedia Commons

Desde luego, el más famoso de todos y el que más víctimas mortales alcanzó a tener fue el caso del transatlántico Titanic de la White Star Line (entonces se hacían chistes, ya que los barcos con el nombre terminado en «ic» pertenecían a la White Star; cuando el nombre terminaba en «ia», con la excepción del Queen Mary, pertenecían a la Cunard).

Este navío, el más reciente motivo de orgullo de la naviera, se encontraba en su viaje inaugural desde el puerto de Southampton a Nueva York. La noche del 14 al 15 de abril chocó contra un témpano que le abrió el casco y lo mandó a pique. Mil quinientas veintidós personas fallecieron en esta tragedia que tuvo repercusión mundial.

El hundimiento de este titán de los mares –más de 46.000 toneladas de desplazamiento, unos pocos miles menos que el acorazado Bismarck– supuso un aldabonazo sobre un asunto ya discutido, aunque de forma tímida, por parte de las marinas de varios países.

En este caso, la gravedad del incidente dio lugar a que en 1914 se aprobara el Convenio Internacional de Seguridad en la Mar. Este tratado nunca llegó a entrar en vigor debido al estallido de la Primera Guerra Mundial, pero establecía unos mínimos de botes salvavidas por personas a bordo, así como de chalecos salvavidas.

El convenio, muy mejorado, entraría en vigor el 26 de mayo de 1965, siendo incorporado a la Organización Marítima Internacional (organismo dependiente de las Naciones Unidas que regula el transporte marítimo).

La Conferencia Internacional sobre la Seguridad de la Vida Humana celebrada en Londres, que daría lugar al mencionado Convenio Internacional, del que fue firmante el reino de España, como les mencioné antes, no pudo entrar en vigor debido a la guerra, pero, terminada esta, se fue puliendo y mejorando en los años 1919, 1948 y 1960.

Pero hay una cosa que sí empezó a funcionar desde el primer momento, esto es, desde ese mismo año de 1914: un servicio de vigilancia y supervisión de los movimientos de las masas de hielo a la deriva en una zona de constante tráfico. Y es que la Conferencia Internacional acordó que la zona ártica del Atlántico fuera vigilada por un organismo creado ad hoc. Ante la imposibilidad inicial, se decidió traspasar la función a la Guardia Costera de los Estados Unidos. Esta crearía el Servicio Internacional de Observación y Patrulla del Hielo.

Miembros de la Patrulla en los años 60US Coast Guard

La Patrulla del Hielo (como es más popularmente conocida), que fue creada oficiosamente por acuerdo de los integrantes de la Conferencia de Londres, hoy la forman dieciséis países (EE. UU., Reino Unido, Suecia, Polonia, Panamá, Noruega, España, Países Bajos, Italia, Grecia, Alemania, Francia, Finlandia, Dinamarca, Bélgica y Canadá), que se encargan de la conjunta financiación y vigilancia aérea y satelital con el fin de hacer un seguimiento de las derivas de los témpanos, estableciendo medidas de seguridad y avisos con el fin de prevenir colisiones como las que hundieron al Titanic.

Esta unidad, de la que estoy seguro de que no habrán oído hablar en su vida, tiene a gala un curioso y meritorio orgullo, y este es que, desde 1914 —fecha de la creación de la patrulla—, ningún barco que haya respetado los límites marcados por la Patrulla del Hielo ha sufrido una colisión contra una masa de hielo a la deriva mientras ha atravesado esas peligrosas aguas.

Y es que cuando se hace bien el trabajo pasa desapercibido. Solo cuando falla se es consciente del silencioso hacer de todas aquellas personas que velan para que nuestra vida siga adelante con normalidad.