El instante decisivoFernando Quintela

Así fue viajar en un cayuco con 44 inmigrantes rumbo a Canarias: «Llegar a España o morir»

Salimos poco antes de una tormenta aterradora. Durante diez o doce horas soportamos un mar con olas que alcanzaban hasta ocho metros según el informe oficial, cayendo desde las crestas y perdiendo cualquier referencia. Entonces comprendí que podíamos morir

Así fue viajar en un cayuco con 44 migrantes rumbo a CanariasFernando Quintela

Era 2006 y la inmigración irregular hacia España tenía otra geografía. Miles de subsaharianos recorrían África para alcanzar Mauritania o Senegal y, desde allí, embarcarse en cayucos hacia Canarias. No pretendo convertir aquella realidad en explicación de la actual: veinte años cambian rutas, mafias, políticas y circunstancias. Quiero contar solamente lo que vi desde el único lugar desde el que podía comprenderlo: dentro.

Viajé desde Freetown con dos inmigrantes. Uno, Gbessay Ngdongo, ya lo había intentado y había fracasado. Cruzamos fronteras por bosques y ríos, sobornando a funcionarios cuando fue necesario. Ellos no tenían papeles; yo sí.

Ellos huían de vidas sin horizonte –guerra, hambre, soledad o, sencillamente, el deseo de prosperar– y yo tenía familia, trabajo y una vida a la que regresar. Esa diferencia resulta fundamental cuando alguien atribuye valentía al periodista que se mete voluntariamente en el peligro. Yo podía elegir. Ellos apenas tenían dos posibilidades, siempre malas.

El instante decisivoFernando Quintela

Para conseguir su confianza tuve que ofrecer algo más que preguntas: «Si tú te la juegas, yo te acompaño». Negocié con las mafias, pagué mucho dinero y conseguí una plaza en un cayuco con otras 44 personas. Pero incluso allí seguía siendo diferente. Llevaba cámaras, neopreno, chaleco salvavidas y, sobre todo, un teléfono satelital.

Salimos poco antes de una tormenta aterradora. Durante diez o doce horas soportamos un mar con olas que alcanzaban hasta ocho metros, según el informe oficial, cayendo desde las crestas y perdiendo cualquier referencia. Entonces comprendí que podíamos morir.

Recé agarrado a un rosario que había pertenecido a san Juan Pablo II y que su amigo Felio Vilarrubias me había cedido. Los golpes en la cabeza y el costado, el agotamiento y el miedo terminaron venciendo. Dos compañeros me pidieron que utilizara el teléfono. Lo hice.

Y ahí apareció nuestra verdadera diferencia.

El hombre de la primera fotografía me advirtió: «No debiste hacerlo. Nos has entregado a los marroquíes y nos van a matar». El cayuco se dividió. Algunos querían ser rescatados; la mayoría defendía que habían embarcado aceptando solo dos desenlaces: llegar a España o morir. Regresar derrotados a sus pueblos, después del dinero gastado y de todo el camino recorrido, no formaba parte del proyecto.

La discusión se volvió brutal. Dos de quienes apoyaban la llamada fueron arrojados por la borda.

Murieron ahogados.

El instante decisivoFernando Quintela

Hay imágenes que permanecen en la memoria y sonidos que no necesitan imágenes. Desde entonces sé lo que significa escuchar a una persona morir. En la oscuridad y con aquel mar no podía hacer nada. Sus voces fueron alejándose hasta desaparecer. Es uno de esos sonidos que uno preferiría no haber conocido y que, una vez instalado en la conciencia, ya no abandona.

Después llegó el silencio.

Horas más tarde apareció un avión militar. Sobrevoló el cayuco a unas 85 millas de la costa y volvió el miedo: estaban convencidos de que era marroquí. Era un avión del Servicio Aéreo de Rescate español. Desapareció. Continuamos navegando sin rumbo y haciendo agua. Más tarde llegó un helicóptero de la Guardia Civil, nos localizó y también se marchó. Finalmente apareció en el horizonte la patrullera Río Duero.

El rescate fue dificilísimo. Cuando los guardias me distinguieron entre los demás, recibí una orden: «Pégate a estribor, no des la espalda a nadie. Tú serás el último en salir».

Las fotografías nacen en ese momento. El amarillo de los impermeables domina los encuadres como un color casi alegre dentro de una situación que no lo era. Los rojos aparecen detrás, el horizonte está inclinado, los cuerpos se superponen y el mar ocupa cualquier espacio que dejamos libre.

En una imagen, el rostro de un hombre aparece enorme, pegado a la cámara; detrás de él continúa el caos. En las otras, las figuras parecen pequeñas piezas amarillas y rojas enfrentadas a una masa negra de agua. No hay horizonte estable porque tampoco lo había bajo nuestros pies.

James Nachtwey ha dedicado su vida a fotografiar guerras, hambrunas, desplazamientos y personas atrapadas en la historia. Desde Somalia hasta Ruanda, Sudán o Bosnia, su trabajo demuestra que acercarse importa porque la distancia puede convertir el sufrimiento en abstracción. Pero existe una frontera que el fotógrafo no puede borrar: estar cerca no significa ser uno de ellos.

Yo tampoco lo era.

Una vez todos a bordo, el teniente comandante Ovidio Corredor me dio otra noticia: no quedaba combustible suficiente para alcanzar España. Regresaríamos a Mauritania y allí me detendrían. Así ocurrió.

Los 42 supervivientes con los que había compartido el cayuco desaparecieron después en una frontera con Senegal. Nunca escuché durante aquel viaje conversaciones sobre ayudas públicas ni sobre una vida cómoda esperándolos en Europa. Hablaban de trabajar, ganar dinero, ayudar a sus familias, escapar de aquello que dejaban atrás. Sus expectativas podían ser ingenuas, equivocadas o imposibles, pero eran las suyas.

Durante años pensé en aquella llamada satelital. Si hice bien. Si hice mal. Si salvó vidas. Si desencadenó dos muertes. Hay preguntas que el tiempo no responde.

Yo regresé a mi familia, a mi trabajo y a mi mundo.

Ellos tuvieron que volver a empezar.

Esa era nuestra verdadera diferencia.

Todos habíamos subido al mismo cayuco, pero solo uno de nosotros llevaba consigo la posibilidad de regresar a la vida que había dejado.

Porque soñar es gratis.

Volver, no.