Voluntarios durante las guerras de independencia de Cuba

El sargento carlista que hizo una fortuna en Cuba y fundó una dinastía militar

De las guerras carlistas a Cuba, la vida de Hermenegildo Lecumberri estuvo marcada por el combate, el exilio y una vocación militar que acabaría prolongándose durante generaciones

La rama militar de los Lecumberri nace con Hermenegildo Lecumberri, sargento carlista irreductible, quien combate en el Ejército del Norte y pasa al exilio tras ser herido en la batalla de Montejurra, ser ingresado en el hospital de sangre que se instala en el monasterio de Irache y no aceptar el abrazo de los liberales.

Una vez recuperado, rechaza incorporarse al Ejército isabelino y opta por pasar al exilio con otros muchos tradicionalistas en Francia con su familia.

Para mantenerla, se instala en Glasgow como cargador de muelle, un trabajo muy exigente y penoso, sobre todo porque nunca se recuperó del todo de sus heridas bélicas. Por las noches, aprende a manejar una grúa de vapor y se especializa como gruista naval, lo que le permite enrolarse en las obras de construcción del Canal de Panamá. Allí coincide con grupos de vascos y navarros de pensamiento próximo.

Los excombatientes siguen a diario las noticias de la Guerra de Cuba. Llegan crónicas de que el general gobernador de la isla, Valeriano Weyler, para reducir a los insurrectos, ha dividido la isla en zonas separadas por un muro y obliga a abandonar las áreas insurrectas a la población, quedando las cosechas de caña sin recoger y los ingenios para trabajarlas abandonados.

A través de contrabandistas, empiezan a explorar la posibilidad de formar un grupo guerrillero y cruzar desde Panamá a la zona sediciosa de Cuba.

Empleando la fuerza, Hermenegildo crea una milicia armada que se traslada a Cuba, a zona hostil, para moler la caña y trasladar el azúcar a la zona controlada por el Ejército español para venderla. Reunió un grupo de hombres con experiencia militar, compraron fusiles Mauser de repetición, munición abundante de calibre 7 mm y contrataron los servicios de los contrabandistas que vendían armas a los insurrectos para que los trasladaran a Cuba.

La travesía por el Caribe fue muy peligrosa: la hicieron en barcos minúsculos para no llamar la atención de los buques españoles que bloqueaban la isla para impedir la tarea de los bandidos.

Hermenegildo volvía a ser lo que nunca dejó de ser: un hombre de acción. Lideró a sus hombres y llevaron a cabo su sueño. Tomaron a los insurrectos un ingenio abandonado, fortificaron la hacienda y la limpiaron de insurgentes y bandidos. Entre la población local, los consideraron unos libertadores, ya que los volvían a contratar para la recolección de la caña y para las tareas del ingenio.

Más de 100 personas se le adhirieron voluntariamente. Tomó y fortificó un ingenio de azúcar abandonado por sus propietarios en terreno enemigo y lo hizo funcionar de nuevo, recolectando con la población local y sus hombres la cosecha abandonada y produciendo en 1898 dos millones y medio de dólares en azúcar.

Se recolectó la caña de azúcar y se trasladó sin incidentes y sin acciones agresivas por parte de los insurrectos, fundamentalmente por el apoyo que recibían de la población local. El miedo a que quemaran la cosecha siempre estuvo presente.

Una vez procesada toda la caña de la zona, se contabilizaron los mentados 2,5 millones de dólares en azúcar a valor de mercado, una fortuna para la época. Se contactó con el Gobierno de La Habana para recabar apoyo militar para trasladar el azúcar a La Habana y allí ser vendida. El gobernador les dio la orden de quemarla ante el peligro de que cayera en manos enemigas y la pudieran vender y, con el dinero, comprar armas.

Como no podía ser de otra manera, desoyeron la orden y formaron un escuadrón de caballería que dio escolta a la caravana de carros tirados por bueyes cargados de azúcar. Cruzaron territorio enemigo siendo hostigados todo el camino, pero no perdieron ni un carro. Tras tres días de camino, llegaron al muro que separaba la zona española y pasaron sin ninguna baja.

Tras la pérdida de Cuba, Hermenegildo se trasladó con su familia a España. Edificaron en Guernica el palacio de Lecua y allí vivieron una vida llena de aventuras. Sus cinco hijos no le fueron a la zaga al padre, pero esa es otra historia. De sus cinco hijos nace Julián Lecumberri Oreja, coronel médico y jefe de Sanidad del Cuerpo de Ejército Marroquí durante la Guerra Civil española.

Su hijo, Javier Lecumberri Herranz, sigue también la profesión de las armas y muere sin descendencia como coronel médico. Su herencia militar es continuada por sus sobrinos: Luis, Alfonso, Álvaro, Juan y Pedro Benavides Nieto, que sirven como oficiales en la Armada española, en su Infantería de Marina. Esta es la historia de la creación de una estirpe.