La gesta del Callao: los prolegómenos en las islas Chincha, la chispa que encendió el Pacífico

Grandes gestas españolas

La gesta del Callao: los prolegómenos en las islas Chincha, la chispa que encendió el Pacífico

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La Armada de España, debilitada tras la Guerra de la Independencia y la emancipación americana, resurgía a mediados del siglo XIX como gran potencia naval. Pero pronto se vería inmersa en la hoy olvidada campaña del Pacífico, que acabó involucrando a España, Chile y Perú. En ella, el marino vigués Casto Méndez Núñez, condensó un modo de estar en el mundo: combatir y defender la Patria era un deber existencial.

Al frente de la fragata blindada Numancia, Méndez Núñez protagonizó en El Callao, en 1866, una de las acciones más audaces y simbólicas del siglo XIX. A él se atribuye una de las frases más célebres de la historia naval española: «Más vale honra sin barcos que barcos sin honra».

Fragata Numancia

Pero muy pocos saben que el origen de aquella campaña, fue un pequeño suceso rural: el incidente de Talambo el 4 de agosto de 1863. Como en las tragedias clásicas, desbordó el ámbito local para convertirse en la antesala de un conflicto internacional.

Hacienda peruana de la época

La larga sombra de la independencia

Desde la derrota española en Ayacucho, que consolidó la independencia del Perú, las relaciones entre ambos países no eran fluidas. La herida seguía abierta y permanecía pendiente el reconocimiento de la nueva República. España reclamaba indemnizaciones por los daños sufridos por sus súbditos durante la guerra y la deuda continuaba sin resolverse. En Madrid se acumulaban, además, informes sobre agresiones, abusos y un clima social cada vez más hostil hacia los españoles residentes en Lima.

Cuestión Talambo

A pesar de este clima adverso, como la agricultura peruana atravesaba una grave crisis por la escasez de mano de obra, se planteó la llegada de diez mil colonos españoles. Se confiaba en que la tenacidad de estos campesinos devolvieran la prosperidad.

Una oferta tentadora para colonos españoles

La historia de la primera partida de estos colonos comenzó con una invitación que se difundió por comarcas vascas por dos hombres de confianza y prestigio. Manuel Salcedo, era un hacendado peruano, dueño de una vasta propiedad, la Hacienda de Talambo, y su socio Ramón Azcárate, una figura respetada en Guipúzcoa, cuya palabra tenía el peso suficiente para mover familias enteras hacia ese destino remoto.

El hacendado y su esposa

Azcárate hizo circular una oferta de sociedad que hablaba de tierras fértiles, de un clima benigno, de un futuro próspero para quienes se atrevieran a cruzar el océano. Viaje gratuito con todo incluido, un contrato asegurado de ocho años, sueldo, escuela, vivienda, herramientas, en un enclave de abundancia. La expedición iría acompañada por un párroco, un médico-cirujano, un administrador y varios artesanos. A su llegada, los colonos prepararían los terrenos, construirían casas y graneros, y comenzarían a sembrar algodón, granos y hortalizas. Las cifras eran tentadoras: veinte mil quintales de algodón al año, de los cuales la mitad correspondería a los agricultores, vendidos a un precio que prometía estabilidad y progreso.

Hacienda Talambo

El gobierno de Madrid teme por sus compatriotas

Cuando Madrid tuvo noticia del proyecto, se encendieron las alarmas. El Gobierno temía que fueran atraídos por promesas irreales, sometidos a condiciones de trabajo infrahumanas, abandonados sin protección o víctimas de enfermedades y abusos, como ya había ocurrido con colonos ingleses, alemanes y sobre todo asiáticos en el Perú.

La diplomacia española envió instrucciones urgentes para obstaculizar la iniciativa. Pero ya era tarde: el Gobierno peruano, ya había autorizado la llegada de trescientas personas. No más para que no pudiera formarse un incómodo enclave extranjero. Debían tener entre dieciséis y cuarenta años y al llegar al puerto de El Callao, tras pasar a un reconocimiento médico que acreditara su perfecto estado de salud, serían contratados por los hacendados que necesitaran sus servicios.

Expedición científica española

La expedición vasca de 1860: el sueño que desembocó en Talambo

Con estas expectativas, hombres y mujeres, familias completas partieron de Guetaria a Burdeos, donde aguardaron el barco L’Asie en abril de 1860. La expedición estaba cuidadosamente equipada. Las provisiones eran abundantes: ganado, bacalao, arroz, habichuelas con tocino fresco, vino… Todo dispuesto para un viaje largo, pero seguro. Y así fue. Incluso los tres meses de travesía en la que nacieron tres niños. Cuando por fin llegaron al Callao, resolvieron los trámites burocráticos y emprendieron el último tramo hacia la Hacienda de Talambo en carros, mulas aparejadas y burros. El 1 de agosto llegaron y Salcedo los recibió. La aventura comenzaba.

Pero la ilusión se quebró al día siguiente. Los colonos, que esperaban encontrar un lugar digno donde instalarse, fueron alojados en un corral miserable donde antes habían dormido los esclavos de Salcedo. A pesar de ello, comenzaron a construir sus viviendas con ilusión. Pronto se les ordenó limpiar los algarrobos de la zona con hachas, en lugar de emplear el método habitual del fuego y la roza. Aquello, más que una tarea agrícola, suponía una humillación. El trato del hacendado, lejos de ser el de un socio, parecía ser el de un patrón que imponía su voluntad sin miramientos.

La tensión creció cuando Salcedo redactó, de manera unilateral, un nuevo contrato. Las condiciones cambiaban radicalmente. Se reducía la extensión de los terrenos asignados a cada familia. Se obligaba a dedicar una décima parte al cultivo de granos y hortalizas, y a pagar la mitad de los gastos de herramientas y semillas, cuando antes corrían a cuenta del hacendado. Debían también pagar al médico, al capellán y al administrador, que antes estaban cubiertos. Se suprimía su pequeño sueldo mensual. Para cubrir los nuevos gastos, muchos tuvieron que pedir dinero prestado a Salcedo y Azcárate, contrayendo deudas que algunos jamás pudieron pagar.

Veinticinco familias se negaron a firmar el nuevo contrato y abandonaron la hacienda. Antes de marcharse, les obligaron a pagar el viaje, cincuenta mil pesos y quedaron arruinados.

Hacienda Talambo

Las que se quedaron pronto descubrieron que el sueño prometido se desmoronaba. Las primeras cosechas fueron pobres, en parte por la inexperiencia de los vascos en el cultivo del algodón. El arroz que se les entregaba era de tan mala calidad que un farmacéutico lo señaló como causa principal de las enfermedades que comenzaron a propagarse. El clima, el terreno y la precariedad hicieron el resto: cuarenta y nueve personas murieron en poco tiempo. Era una cifra escalofriante para una comunidad que apenas alcanzaba los ciento ochenta miembros.

A comienzos de 1863, Salcedo se negaba a proporcionar las herramientas necesarias, alegando que las palas de hierro eran suficientes. El capellán abandonó la hacienda dejándolos sin apoyo espiritual. El médico también. La escuela prometida para los niños nunca llegó a abrirse. La relación se volvió insostenible.

El estallido de Talambo: la mañana en que todo se quebró

Los españoles, que habían cruzado el océano con la esperanza de una vida nueva se encontraron en un escenario de abandono, enfermedad y desengaño atrapados en una red de incumplimientos y abusos. Exigieron renegociar el contrato.

El 4 de agosto de 1863, el colono Marcial Miner, se había atrevió a presentar con firmeza la propuesta a Manuel Salcedo y este mandó a cuarenta hombres armados para detenerlo. Fue una demostración de fuerza que los vascos interpretaron como una agresión intolerable y corrieron en su defensa.

Manuel Salcedo

El intercambio de palabras derivó en un forcejeo y, finalmente, en un estallido de violencia que fraguó en un tiroteo y peleas de arma blanca y llegó la tragedia. Se asesinó a un colono español y varios compatriotas yacieron heridos de gravedad. Los supervivientes del conflicto tuvieron que refugiarse en la capital y en la ciudad de Pacasmayo, sin recursos y sin protección.

Una justicia parcial equiparada a impunidad

La justicia local respondió con parcialidad. Se arrestó a los españoles, y a los hombres de Salcedo únicamente se les interrogó. El proceso judicial concluyó con escasos meses de condena a los responsables La noticia de la impunidad del asesinato se propagó con una rapidez fulminante, indignó a la colonia española en el Perú, Chile y Ecuador y cruzó el océano. La muerte de un español adquiría un significado político inmediato en la España de Isabel II. El suceso y las circunstancias de Talambo habían sido una agresión contra los súbditos españoles y, por extensión, una afrenta directa a la nación.

Escuadra española ante las Islas Chincha

La escuadra española navegaba entonces cerca de la costa en misión científica al mando del Almirante Hernández Pinzón. Desde Lima, varios súbditos españoles escribieron al almirante. Era un grito colectivo de auxilio notificándole los apuros de los colonos huidos, el miedo y se relataban nuevas tragedias en la Hacienda. Suplicaban que protegieran a los supervivientes y no los abandonaran. Y el marino los atendió sin demora enviando la goleta Covadonga.

Almirante Hernández Pinzón

El Almirante Pinzón y la Marina. El amparo y la esperanza

La indignación creció. los súbditos españoles elevaron sus protestas a los consulados de Perú, Ecuador y Chile, y propio al Gobierno de España. Pedían además que la Escuadra española no abandonara las costas. Su presencia era, para ellos, la única garantía de su seguridad.

En ese clima de tensión, el papel de Pinzón adquirió un carácter político. La Armada, que había llegado al Pacífico para acompañar a la Comisión Científica, se convirtió de pronto en un refugio moral.

Islas Chincha

El gobierno español envió a Salazar y Mazarredo, como comisario especial y extraordinario de la reina, con el objetivo de llegar a una resolución pacífica con disculpas, reparaciones y garantías. Pero la negativa peruana a aceptar las exigencias españolas desembocó en un conflicto abierto. Como represalia, advertencia y hasta que se resolvieran los agravios inferidos a súbditos españoles se decidió que como prenda diplomática se ocuparían militarmente las islas de Chincha, muy valiosas para Perú por el guano que albergaban.

Islas Chincha

La prenda diplomática. Las islas Chincha y la Infantería más antigua del mundo

Cuando la escuadra española recibió la orden de ocupar las islas, fueron los Infantes de Marina quienes avanzaron los primeros. Para ellos —la infantería de marina más antigua del mundo— cada desembarco era un acto de Patria. En sus mochilas llevaban pólvora, disciplina y una ética antigua: la de honrar a España en cualquier confín. Apenas tocaron tierra, izaron la bandera de España, se impusieron ante 200 infantes de la Marina de Guerra del Perú y el gobernador de las islas fue apresado. Pronto, llegarían en su apoyo las fragatas Blanca, Berenguela, Villa de Madrid y la goleta Vencedora y el almirante Luis Hernández Pinzón decretaba el bloqueo de El Callao.

Infantes de Marina ocupando las islas Chincha

Aquella ocupación fue para los Infantes, un gesto de afirmación nacional para forzar negociaciones con el gobierno peruano en defensa de sus compatriotas. Aunque interpretada como un acto de guerra sirvió para que su presidente Pezet, finalmente cediera a la presión y aceptara casi todas las pretensiones españolas y se firmó la paz en el Tratado de Vivanco-Pareja.

Ocupación de las Chincha

La paz que no pudo ser, pero llevó a la gloria a Méndez Núñez

La acción de la Infantería de Marina había conseguido lo que para España era justo. Pero el Presidente Pezet acusado de blando, perdió su cargo y el intervencionismo político acabó con la paz. El incidente de la Hacienda y la toma de las islas Chincha se convirtieron en breve en el primer latido de una campaña contra España de Perú, Chile, Ecuador y Bolivia.

Pezet, presidente de Perú

Y el Pacífico sería escenario de batallas navales memorables desde el gesto de autoridad marítima hasta la gloria trágica y luminosa de El Callao. Porque las Chincha fueron el umbral pero El Callao, la epopeya donde la Numancia y Méndez Núñez escribirían una de las páginas más brillantes de la Historia Naval española.