Desembarco de Alhucemas, de José Moreno Carbonero (1929).Wikimedia

El general olvidado del desembarco de Alhucemas cuya brigada resistió 140 impactos de artillería marroquí

Primo de Rivera, Sanjurjo, Goded, Franco o Saro aparecen asociados, con distintos grados de protagonismo, a aquella operación que en septiembre de 1925 cambió el curso de la Guerra del Rif. Entre ellos hay, sin embargo, un general cuya intervención ha quedado relegada a un segundo plano

El desembarco de Alhucemas, del que se cumplen 101 años, tiene nombres que han terminado por formar parte de la propia historia de la operación. Primo de Rivera, Sanjurjo, Goded, Franco o Saro aparecen asociados, con distintos grados de protagonismo, a aquella operación que en septiembre de 1925 cambió el curso de la Guerra del Rif. Entre ellos hay, sin embargo, un general cuya intervención ha quedado relegada a un segundo plano: Emilio Fernández Pérez.

Nacido en Madrid el 8 de julio de 1871, hijo de José Fernández Laredo, capitán de Caballería, y de Saturnina Pérez, perteneció también al Arma de Caballería y desarrolló buena parte de su carrera vinculada a las campañas de Marruecos. Su experiencia de mando, acumulada durante aquellos años, resultaría especialmente significativa después del desastre de Annual.

No se trata de convertirlo retrospectivamente en el protagonista de Alhucemas ni de discutir el papel de Leopoldo Saro en la dirección de las operaciones, sino de devolver a cada mando el lugar que ocupó en la compleja maquinaria militar que hizo posible el desembarco.

Un general al frente de la Brigada de Melilla

La documentación permite precisar el papel de Fernández Pérez en la organización de la fuerza de Melilla. En un telegrama de 11 de mayo de 1925, Primo de Rivera comunicó a Ignacio Despujol, jefe de Estado Mayor del Ejército español en África, que, bajo las órdenes de Sanjurjo, Saro y Fernández Pérez mandarían los dos grupos destinados a desembarcar.

La Brigada de Melilla quedó articulada en dos columnas: la primera, al mando del coronel Manuel Goded Llopis, y la segunda, bajo las órdenes del coronel Félix Vera Valdés. Reunía alrededor de 9.100 hombres, entre fuerzas de Regulares, Mehal-la, Infantería, Cazadores y Tercio, además de Artillería, Ingenieros, Transmisiones, Intendencia y Sanidad.

El general Saro con el general Sanjurjo en la playa de la CebadillaRevista ilustrada La Esfera 1925

Entre el 31 de agosto y el 3 de septiembre, las unidades de Melilla destinadas al desembarco practicaron, con dos lanchas tipo K, el traslado a la playa en la costa de la cabila de Beni Bu Gafar, al este de Punta Negri, no lejos de Melilla.

El 6 de septiembre comenzó el embarque y el convoy abandonó Melilla. Tras simulacros frente a Sidi Dris y el fuego de la artillería rifeña, las primeras unidades desembarcaron el 11 de septiembre en la playa de los Frailes. Como Fernández Pérez aún no estaba en tierra, Goded asumió inicialmente el mando. El general se incorporaría posteriormente y continuaría al frente de la brigada.

La batalla no terminó en la playa

La importancia de Fernández Pérez se aprecia mejor en lo que sucedió después. El 19 de septiembre, las posiciones ocupadas por la Brigada de Melilla recibieron hasta 140 impactos de artillería. Las fuerzas de Regulares rechazaron un intento de maniobra envolvente y su actuación mereció la felicitación del general. Después comenzaron nuevas operaciones destinadas a ampliar y consolidar el territorio ocupado.

El 23 de septiembre las fuerzas de Melilla participaron en la ocupación de Malmusi y Morro Viejo. El día 30 se lanzó una nueva operación sobre Tara Mara y Buyibar. Los Regulares de Melilla encabezaron el avance y, apoyados por el batallón de África, alcanzaron sus objetivos. Al día siguiente, los dos tabores de Regulares ocuparon Adrar Sedum.

El general Emilio Fernández Pérez

Estos movimientos muestran que la misión de Fernández Pérez no terminó con el desembarco. La Brigada de Melilla debía convertir la cabeza de playa en un espacio militarmente viable, ampliar el territorio ocupado y garantizar su defensa y abastecimiento. El desembarco constituyó una fase del plan; aún restaba acabar con la resistencia y consolidar el terreno ganado.

Un antecedente decisivo: Tizzi-Assa

La presencia de Fernández Pérez en Alhucemas tampoco surgió de la nada. Dos años antes, durante la operación de Tizzi-Assa del 5 de junio de 1923, había desempeñado ya una función de mando significativa. Como jefe de la Zona de Vanguardia, estableció su puesto de mando en Buhafora y recibió la responsabilidad de coordinar cinco columnas dentro del dispositivo diseñado por el comandante general de Melilla, Julio Echagüe.

La operación exigía coordinar el avance de las columnas, la protección del convoy y la capacidad de reaccionar ante los movimientos rifeños. Fernández Pérez distribuyó las fuerzas y asignó a cada mando de columna una misión concreta. El objetivo no consistía simplemente en avanzar, sino en crear las condiciones para que el convoy alcanzara las posiciones de Tizzi-Assa y garantizar después su abastecimiento.

La documentación revela, además, su preocupación por la logística. Cuando ordenó el repliegue de parte de las fuerzas al campamento de Tafersit, justificó la medida por la escasez de acémilas necesarias para transportar fortificaciones, víveres, municiones y combustible.

La experiencia de Tizzi-Assa muestra así un aspecto fundamental de la guerra del Protectorado: ocupar una posición carecía de sentido si no existían medios para mantenerla.

Alhucemas y la memoria de una operación colectiva

Cuando llegó 1925, aquella experiencia formaba parte del bagaje de muchos de los mandos que participaron en Alhucemas. La operación fue una empresa colectiva, en la que intervinieron distintos mandos con responsabilidades diferentes.

Leopoldo Saro desempeñó un papel destacado en la conducción de las operaciones: sus tropas fueron las primeras en desembarcar en la playa de Ixdain, entre ellas unidades de La Legión mandadas por Francisco Franco. Sin embargo, ese protagonismo no debe oscurecer la actuación de otros generales que tuvieron responsabilidades decisivas en el desarrollo de la operación.

Desembarco de Alhucemas

La actuación de Fernández Pérez durante el desembarco y, sobre todo, durante las operaciones posteriores de consolidación constituye un buen ejemplo. El general Fernández Pérez pertenecía a este grupo.

El 6 de octubre, Fernández Pérez dejó el mando de la brigada por ascenso. Manuel Goded asumió entonces temporalmente la jefatura. La secuencia documental resulta reveladora: el general había permanecido al frente de la Brigada de Melilla durante buena parte de la fase de desembarco y consolidación antes de abandonar el mando.

Alhucemas no fue obra de un solo hombre. Fue el resultado de una cadena de decisiones, mandos, unidades y servicios que debían funcionar simultáneamente. Sanjurjo y Saro forman parte esencial de esa historia. También Fernández Pérez.

La historiografía recuerda mejor a quienes planificaron las operaciones desde los puestos superiores o a aquellos que protagonizaron sus episodios más espectaculares. Pero también las hicieron posibles quienes convirtieron una orden general en una sucesión de movimientos concretos: embarcar, desembarcar, ocupar, fortificar, abastecer, resistir y avanzar. Recordar al general Emilio Fernández Pérez significa, precisamente, dar visibilidad a uno de esos mandos que hicieron posible Alhucemas.