De Kibumba a Ceuta: lo que ocurre cuando el hacinamiento se convierte en normalidad
Lo verdaderamente terrible es que casi nadie mira a los muertos, y eso no era indiferencia, sino costumbre. Es un riesgo que Ceuta puede correr en muy poco tiempo
De Kibumba a Ceuta: lo que ocurre cuando el hacinamiento se convierte en normalidad
Disparé esta fotografía en 1994, en el campo de Kibumba, en el entonces Zaire, hoy República Democrática del Congo. Cientos de miles de ruandeses habían cruzado la frontera huyendo de un país devastado por el genocidio y la guerra. Se instalaron en campamentos improvisados sobre un suelo volcánico donde resultaba difícil hasta cavar una letrina. Faltaban agua potable, saneamiento y atención sanitaria.
En pocas semanas, el cólera y otras enfermedades hicieron el resto: alrededor de Goma murieron miles de personas. Incluso hubo una huelga: los zaireños encargados de la recogida de cadáveres se sintieron agraviados por los sueldos que sus compatriotas recibían de las ONG. Hubo acuerdo, gracias a Dios.
Hoy miro aquella fotografía y pienso en Ceuta. No porque las causas sean comparables. Los ruandeses escapaban de una matanza; quienes hoy han asaltado España desde Marruecos lo hacen por circunstancias completamente diferentes.
Existe un debate político sangrante sobre la responsabilidad de Marruecos y sobre la actuación de las autoridades españolas. Y hay algo que, aunque parezca que no, también pertenece a la política y que conozco porque he estado en situaciones de hacinamiento: cuando demasiadas personas sobreviven durante demasiado tiempo en lugares sin condiciones suficientes, aparece un problema sanitario.
He visto los campamentos improvisados, los refugios levantados con cualquier material, la basura, el olor, los niños moviéndose entre adultos y esa extraña organización espontánea que surge cuando centenares o miles de personas convierten un lugar provisional en su casa. La semejanza visual con algunos escenarios africanos que conocí resulta inquietante. Pero una semejanza no es una profecía.
El cólera no aparece porque haya suciedad. Para que exista un brote tiene que circular la bacteria que lo provoca. Tampoco sería serio afirmar que las playas de Ceuta van a terminar cubiertas de cadáveres como Kibumba. La pregunta legítima es otra: ¿cuánto puede deteriorarse una situación de hacinamiento si fallan el agua, el saneamiento, la higiene y la asistencia sanitaria?
Kibumba enseñó hasta dónde puede llegar esa combinación. En la fotografía hay varios cadáveres envueltos en primer término. Parecen fardos abandonados sobre la tierra. Incluso tienen forma de familia. Alrededor continúa la vida. Una mujer camina, una niña atraviesa el encuadre, otras personas conversan, buscan comida o esperan. Al fondo se extiende una multitud hasta confundirse con el horizonte.
Lo verdaderamente terrible es que casi nadie mira a los muertos, y eso no era indiferencia, sino costumbre. Es un riesgo que Ceuta puede correr en muy poco tiempo.
Susan Sontag reflexionó sobre esa anestesia de la mirada: contemplar repetidamente el sufrimiento puede terminar incorporándolo a nuestra normalidad. En Kibumba ocurría algo aún más brutal porque no estábamos contemplando fotografías. Los cadáveres estaban allí. Cuando la muerte se repite todos los días, deja de interrumpir la vida y acaba siendo parte de ella.
La composición refuerza precisamente esa idea. Los cuerpos ocupan el primer plano y tienen un enorme peso visual, pero no son el centro geométrico de la imagen –manías mías en la composición–. Detrás aparecen personas caminando en distintas direcciones y, después, centenares de figuras cada vez más pequeñas. El cielo gris ocupa una parte enorme del encuadre y parece aplastar el campamento. No existe un único protagonista, sino una «sociedad» por capas dentro de la cual los muertos se han convertido en paisaje.
James Nachtwey y Sebastião Salgado se enfrentaron muchas veces a ese mismo dilema al fotografiar guerras, hambrunas y desplazamientos: cómo mostrar el sufrimiento sin convertirlo en espectáculo. Y mucho antes, Goya había comprendido en Los desastres de la guerra que existe algo más duro que la violencia: acostumbrarnos a ella.
También Camus utilizó una epidemia en La peste para hablar de algo mayor que una enfermedad. Primero llega la incredulidad, después el miedo y, finalmente, una peligrosa adaptación a lo extraordinario.
Treinta y dos años después, eso es lo que más me inquieta de esta fotografía. No los cadáveres, sino la niña que pasa junto a ellos.
El peligro no consiste solamente en que una emergencia sanitaria llegue a producirse. También consiste en acostumbrarnos al hacinamiento, a la suciedad, al abandono y a pensar que determinadas condiciones pueden prolongarse indefinidamente porque quienes las padecen son otros.
Kibumba no demuestra que Ceuta vaya a terminar así –ojalá no–, pero sí demuestra algo más sencillo y más útil: ninguna sociedad debería esperar a ver cadáveres para comprender que una situación se ha vuelto intolerable.