La gesta oceánica de Méndez Núñez, más vale honra sin barcos que barcos sin honra: honor y gloria en el Callao

Grandes gestas españolas

La gesta oceánica de Méndez Núñez, más vale honra sin barcos que barcos sin honra: honor y gloria en el Callao

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En muchas ciudades españolas hay plazas, calles, estatuas y cines que llevan el nombre de El Callao. Son vestigios de una victoria hoy olvidada que desató una euforia colectiva pocas veces vista en nuestro país. Su protagonista fue ensalzado por Gustavo Adolfo Bécquer y Galdós lo inmortalizó en sus Episodios Nacionales. Cuatro buques de la Armada Española han llevado su nombre. El último, la fragata F-104, una de las unidades más modernas de nuestra Marina, fue botada en Ferrol en 2002. ¿Su nombre? Méndez Núñez.

Fragata Méndez NúñezArmada Española

La llamada Guerra del Pacífico (1865-1866) enfrentó a España con Perú y Chile, apoyadas por Ecuador y Bolivia. El origen de la contienda, que relatamos en la entrega anterior, fue un incidente rural, ofensas y deudas impagadas por parte de Perú. La tensión llevó a España a ocupar como garantía diplomática las islas Chincha, de enorme valor económico por sus depósitos de guano.

La presión dio resultado y el presidente peruano Pezet aceptó las reivindicaciones españolas. El Tratado Vivanco-Pareja parecía poner fin al conflicto. Sin embargo, la ocupación de las islas había despertado una fuerte polémica. El comisario español Salazar y Mazarredo, enviado por Isabel II para mediar en la crisis, había impulsado la ocupación mediante instrucciones poco transparentes al almirante Luis Hernández-Pinzón. Las consecuencias fueron inmediatas: Salazar y Pinzón fueron relevados y, en Perú, Pezet fue acusado de haber humillado a la nación y provocó una guerra civil que terminó con la subida al poder del general Prado que anuló el Tratado. La guerra era ya inevitable.

La Guerra del Pacífico y el golpe de Papudo

La contienda tuvo como escenario casi exclusivo las costas de Perú y Chile. Allí España desplegó una de las fuerzas navales más poderosas que habían surcado hasta entonces las aguas americanas. Era una escuadra moderna y experimentada, llamada a protagonizar uno de los episodios más brillantes y, paradójicamente, más olvidados de la historia naval española.

El primer gran revés llegó en noviembre de 1865. La goleta española Covadonga navegaba rumbo a Valparaíso cuando, frente a las costas de Papudo, avistó una nave que enarbolaba bandera británica. Se trataba de la corbeta chilena Esmeralda, al mando de Juan Williams Rebolledo, que había recurrido al engaño para aproximarse sin despertar sospechas.

El Barco Esmeralda

Confiado en la neutralidad de la embarcación, el comandante español permitió que se acercara. Cuando ya estaba a distancia favorable, la supuesta nave británica arrió su pabellón y abrió fuego. La sorpresa fue total. Incapaz de responder eficazmente al ataque, la Covadonga tuvo que rendirse y fue capturada por los chilenos.

Para Chile, el éxito de Papudo supuso una inyección de moral y la incorporación de un valioso buque a su escuadra. Para España fue una humillación que golpeó duramente el prestigio de la Armada. Tanto, que el jefe de la expedición, el almirante Pareja, se suicidó días después.

Abtao: el combate indeciso

La reacción española no se hizo esperar. El 7 de febrero de 1866, las fuerzas españolas localizaron a la escuadra chileno-peruana en la isla de Abtao, al sur de Chile. Estaban en una posición cuidadosamente elegida: bajíos inaccesibles para las unidades españolas que tenían mayor calado. Durante varias horas ambos contendientes intercambiaron fuego a larga distancia y cada bando efectuó más de mil quinientos disparos.

Combate de Abtao

La precisión de la artillería española causó daños considerables. Entre los oficiales aliados que participaron figuraban dos jóvenes tenientes héroes de sus respectivos países: el chileno Arturo Prat y el peruano Miguel Grau. Serían enemigos en la célebre batalla naval de Iquique recientemente pintada por Ferrer-Dalmau, el pintor de batallas.

Ferrer-Dalmau pinta la Batalla de IquiqueFerrer-Dalmau

Ante la imposibilidad de forzar el combate, los buques españoles permanecieron vigilando la salida del fondeadero esperando que la escuadra enemiga abandonara su refugio y aceptara una batalla en mar abierto. Los aliados no recogieron el desafío y, finalmente, la escuadra española regresó a su base. La guerra estaba aún lejos de resolverse.

Rumbo a Valparaíso: el bombardeo

Tras Abtao, el nuevo comandante de la Escuadra española, Casto Méndez Núñez, puso rumbo a Valparaíso, principal puerto comercial de Chile. Su exigencia era clara: la devolución de la goleta Covadonga, capturada meses antes en Papudo. De no producirse la restitución, bombardearía la ciudad.

La situación revestía una extraordinaria gravedad. En la bahía se encontraban fondeadas escuadras británicas y estadounidenses y sus mandos advirtieron de que, si atacaba el puerto, sus buques se interpondrían para impedirlo. La respuesta del marino gallego Méndez Núñez fue tan firme como célebre: cualquier fuerza que obstaculizara su misión sería considerada enemiga. Fue entonces cuando pronunció una de las frases míticas de la historia naval:

España, la Reina y yo preferimos honra sin barcos que barcos sin honra»Méndez Núñez

Su firmeza contribuyó a que las escuadras anglosajonas abandonaran la zona sin intervenir. El camino quedaba despejado. El 31 de marzo de 1866 la artillería española abrió fuego sobre Valparaíso. Las víctimas humanas fueron escasas, pero las pérdidas materiales resultaron enormes: buques mercantes inutilizados, instalaciones portuarias y almacenes comerciales destruidos…millones de pesos en daños y todo culminó con la rendición de la plaza. La guerra avanzaba inexorablemente hacia un escenario aún mayor: el gran puerto peruano de El Callao.

Un marino excepcional

Casto Méndez Núñez era mucho más que un brillante oficial de marina: era uno de los hombres de mar más prestigiosos de su tiempo. En 1864 había recibido el mando de la flamante fragata blindada Numancia, símbolo de la modernización tecnológica de la Armada española y una de las unidades más avanzadas del mundo.

Casto Méndez Núñez

Nacido en Vigo en una familia de tradición naval y formado como guardiamarina en Ferrol, destacó desde muy joven por su valor y capacidad de mando en Guinea Ecuatorial, Cuba y Filipinas. Luchó contra la piratería en aguas asiáticas y contra antipapistas en Italia. Su fama alcanzó una dimensión legendaria, cuando protagonizó la toma al abordaje de una fortaleza musulmana, una acción única en los anales de la guerra naval. Reunía las virtudes del marino experimentado, del estratega audaz y del jefe capaz de inspirar a sus hombres en las circunstancias más difíciles.

La campaña del Pacífico iba a demostrar esas cualidades. Tras el bombardeo de Valparaíso, condujo la escuadra hacia El Callao. Tenía que concluir la campaña en el Pacífico y castigar los ataques a los españoles y la negativa peruana a satisfacer las cuantiosas reclamaciones económicas pendientes. El 27 de abril de 1866, anunció que si no claudicaban, bombardearía el puerto cuatro días después. Concedió tiempo para que la población civil se pusiera a salvo. Consideraciones humanitarias que permitieron también que las defensas peruanas se dispusieran para una resistencia encarnizada.

Bombardeo de los fuertes de El CallaoRafael Monleón

El combate de El Callao

La ciudad peruana lucía engalanada con banderas y se habilitaban hospitales de sangre para atender a los heridos. En las últimas horas los mandos de ambos bandos dirigieron proclamas a sus hombres. Los cañones aguardaban cargados, las banderas ondeaban sobre fortalezas y buques, y la expectación alcanzaba su punto máximo. La mañana del 2 de mayo de 1866 estaba a punto de comenzar una batalla destinada a entrar en la historia. No era baladí la fecha elegida: era el aniversario del levantamiento español contra la invasión napoleónica. La escuadra levaba anclas y al frente, la fragata blindada Numancia, buque insignia de Casto Méndez Núñez, encabezaba una formación en V que avanzaba lentamente hacia las fortificaciones enemigas.

La fuerza española alineaba la más potente concentración naval vista hasta entonces en aquellas aguas: la blindada Numancia, cinco fragatas de hélice de casco de madera y una goleta, que reunían en conjunto 245 piezas de artillería. La superioridad parecía aplastante frente al centenar escaso de cañones peruanos. Sin embargo, como afirma el historiador Agustín Ramón, iban a enfrentarse a unas defensas muy superiores a lo que podían afrontar. Las modernas baterías blindadas del puerto, situadas en posiciones sólidamente fortificadas, convertían la operación en una empresa prácticamente suicida.

Bombardeo del Callao

A las once y media de la mañana, la Numancia hizo la señal de zafarrancho de combate. La escuadra atacaba simultáneamente los sectores norte y sur de las defensas peruanas. La Numancia abría fuego y, casi de inmediato, toda la línea de batalla quedó envuelta en una tempestad de pólvora, humo y hierro. El estruendo de centenares de cañones se extendió por la bahía mientras las baterías costeras y los buques españoles intercambiaban una lluvia continua de proyectiles.

Poco después del mediodía, un disparo alcanzó gravemente a Méndez Núñez. Fiel a su carácter, rechazó abandonar el mando. Permaneció en el puente de navegación de la Numancia, completamente expuesto al fuego enemigo, dirigiendo personalmente cada fase de la acción. Aquella temeridad estuvo a punto de costarle la vida. Fragmentos de metralla y esquirlas de proyectiles le hirieron repetidamente hasta en ocho ocasiones. Finalmente, debilitado por la pérdida de sangre, cayó desplomado. Antes de ser evacuado ordenó que no se arriara su pabellón, para evitar que la moral de la escuadra se resintiera. El marino supo convertir el sufrimiento de una jornada de guerra en una lección de honor y servicio. Era el mismo hombre que había proclamado en Valparaíso que prefería «honra sin barcos que barcos sin honra». En la enfermería preguntó: «¿Están satisfechos los muchachos?» Y Al recibir respuesta afirmativa añadió: «Ahora solo falta que en España queden satisfechos de que hemos cumplido con nuestro deber».

Méndez Núñez es herido en la Numancia

Las pérdidas fueron importantes en ambos bandos y continuaron luchando con extraordinaria violencia. Sin embargo, hacia las cuatro de la tarde el resultado era evidente. Una tras otra, las baterías peruanas habían quedado fuera de combate y las fortificaciones del puerto gravemente dañadas. La pericia artillera, la disciplina de las dotaciones y la determinación de los mandos españoles había logrado la victoria entre vivas a la Reina.

Los buques españoles habían recibido 167 impactos y sufrido 194 bajas entre muertos y heridos. Las pérdidas aliadas rondaron los 1.400 hombres, sin lograr hundir ni una sola nave española. Más aún, las dos unidades más castigadas por el combate pudieron emprender posteriormente el largo viaje de regreso, recorriendo más de tres mil leguas hasta España.

La batalla de El Callao, libro de Agustín R. Rodríguez González

Una hazaña sin precedentes

La Numancia regresó a Cádiz tras culminar una hazaña sin precedentes: convertirse en el primer buque acorazado que completaba la vuelta al mundo. Méndez Núñez, ya vicealmirante y distinguido con las más altas recompensas al mérito, fue recibido en España como un héroe nacional. En 1871, se firmaba en Washington el armisticio entre España y las repúblicas implicadas.

Sin embargo, el marino nunca llegó a recuperarse de las heridas sufridas en El Callao. Falleció en Pontevedra en agosto de 1869, con apenas cuarenta y cinco años. Pudo ser envenenado porque durante el Sexenio Democrático llegó a sonar para ostentar la Jefatura del Estado que acabaría ocupando Amadeo de Saboya y no sería extraño porque poco después sería asesinado Prim, la otra gran figura militar de aquel tiempo turbulento.

En el Panteón de Marinos Ilustres por su gesta oceánica

Los restos de Méndez Núñez fueron conducidos sus al Panteón de Marinos Ilustres. La nación le rindió un homenaje acorde con su leyenda. Decenas de embarcaciones escoltaron por la ría de Vigo el cortejo fúnebre y desde tierra resonaban las salvas de artillería y las campanas doblaban en su honor. A su llegada a Cádiz, una comitiva de autoridades y el pueblo le acompañaron por calles adornadas con crespones negros.

Tumba de Méndez Núñez

Los cascos, castigados; las cubiertas, teñidas de sangre; los aparejos desgarrados las heridas de las tripulaciones hablaron del elevado precio de la victoria. Pero el triunfo de aquella jornada no se debió a los cañones del combate, sino a la voluntad indomable de los marinos dueños del mar por su arrojo y dueños de su destino por su determinación. En aquel confín del mundo demostraron el mismo espíritu que había impulsado a generaciones de navegantes españoles a cruzar océanos desconocidos, desafiar tempestades y abrir rutas que cambiaron la historia del mundo.

El Callao fue la última gran gesta oceánica de la España del siglo XIX y la consagración definitiva de Méndez Núñez cuyo apellido brilla en los buques de nuestra Armada donde deber, sacrificio y honor navegan bajo una misma bandera.