Francisco Largo Caballero visita el asedio del Alcázar de Toledo, acompañado de oficiales y milicianos

Francisco Largo Caballero visita el asedio del Alcázar de Toledo, acompañado de oficiales y milicianos

90 años

El Alcázar de Toledo, la historia de 1936 que Reagan y Juan Pablo II recordaron durante décadas

Setenta días, entre julio y septiembre de 1936, dejaron la fortaleza casi destruida y una historia que pronto recorrió el mundo

Se cumplen noventa años del asedio del Alcázar de Toledo. Setenta días, entre julio y septiembre de 1936, dejaron la fortaleza casi destruida y una historia que pronto recorrió el mundo. Llegó a periódicos, libros y academias militares extranjeras, y décadas después seguían recordándola un presidente de Estados Unidos y un Papa polaco.

En su número del 28 de septiembre de 1936, cuando el cerco llegaba a su fin, la revista norteamericana Time dedicaba varias páginas a lo ocurrido en Toledo y llamó a la fortaleza the West Point of Spain.

Algunas cifras resultaron después inexactas, algo frecuente en aquellas primeras informaciones de guerra, pero la presencia de Toledo en una de las principales revistas estadounidenses permite medir la atención que ya había despertado. Una semana más tarde, Time volvía sobre la liberación y sobre los hombres, mujeres y niños que habían soportado más de dos meses de asedio.

Los corresponsales extranjeros llevaban semanas siguiendo los acontecimientos. Fuera de España llegaban noticias de la mina, los bombardeos, los intentos de asalto y las negociaciones mientras aún se combatía. La explosión del 18 de septiembre tuvo una enorme repercusión. Una parte de la fortaleza voló por los aires y el combate continuó entre los escombros.

Ruinas del Alcázar de Toledo tras el asedio

Ruinas del Alcázar de Toledo tras el asedioAyuntamiento de Toledo

También intervino la diplomacia extranjera. Aurelio Núñez Morgado, embajador de Chile y decano del cuerpo diplomático, intentó mediar para sacar del recinto a las mujeres y a los niños. Las gestiones llegaron a la Sociedad de Naciones y Time relató sus intentos de parlamentar con los sitiados mediante altavoces instalados frente al edificio.

La repercusión pasó enseguida a los libros. Antes de que terminara 1936, Henri Massis y Robert Brasillach publicaron en París Les cadets de l'Alcazar. La Bibliothèque nationale de France conserva aquella edición de Plon, un volumen ilustrado de 92 páginas. Hubert R. Knickerbocker publicó ese mismo año The Siege of the Alcázar, con ediciones en Londres y Filadelfia.

En 1937 apareció en Londres The Epic of the Alcazar, del mayor Geoffrey McNeill-Moss, y Alfred A. Knopf publicó en Nueva York su versión norteamericana, The Siege of the Alcázar.

Ruinas del Alcázar de Toledo tras el asedio

Ruinas del Alcázar de Toledo tras el asedioAyuntamiento de Toledo

La difusión cruzó también el Atlántico. En 1937 aparecieron ediciones de Los cadetes del Alcázar en México y Santiago de Chile. Ese mismo año, José María Souvirón publicó en la capital chilena su Romancero del Alcázar, mientras en Quito el grupo Juventud Nueva editaba A los héroes del Alcázar de Toledo, un homenaje de 53 páginas. En 1955, una edición mexicana de La epopeya del Alcázar, de Alberto Risco, apareció dedicada a la colonia española de México y con prólogo de José Vasconcelos.

En 1940 la historia llegó al cine. Augusto Genina dirigió L'assedio dell'Alcazar, premiada en Venecia con la Copa Mussolini a la mejor película italiana. En España se conoció como Sin novedad en el Alcázar.

El propio edificio conservó durante años otra prueba de aquella proyección internacional. Una publicación de la Diputación de Toledo describía en 1972 un libro de visitantes ilustres, encuadernado en piel, con firmas e impresiones en español, inglés, francés, alemán, italiano, japonés, chino y árabe. Entre los nombres recogidos figuraban diplomáticos, militares y jefes de Estado de distintos continentes, además del diplomático japonés Makoto Yano y del Príncipe Akihito, futuro emperador de Japón.

La influencia militar perduró durante décadas. Portugal instituyó el Premio Alcázar de Toledo para distinguir al mejor alumno de su Escuela del Ejército. En 1952, la revista oficial Ejército explicaba que consistía en una espada con el nombre del cadete grabado en la hoja. Una publicación portuguesa señalaba todavía en 2017 que, aunque su denominación oficial había cambiado, continuaba siendo conocido como Premio Alcázar de Toledo o «Espada de Toledo».

Argentina ofrece otro ejemplo. En noviembre de 1965 una delegación de cadetes visitó Toledo. El NO-DO 1192 B registró la visita como «Cadetes argentinos en el Alcázar de Toledo. Una lápida en homenaje a los heroicos defensores». En 1974, el Colegio Militar de la Nación volvió a incluir el Alcázar en un viaje de instrucción por España.

Ese interés militar se entiende al observar las condiciones del asedio. Durante casi setenta días hubo que mantener una organización sometida a una presión extrema, administrar munición y agua, atender a los heridos y convivir con una numerosa población civil. Tras los bombardeos se reconocían de nuevo las posiciones y se comprobaba qué parte de la fortaleza podía seguir utilizándose. La mina del 18 de septiembre destruyó buena parte del sector suroccidental y la defensa tuvo que adaptarse a las ruinas.

Casi medio siglo después, el Alcázar reapareció en Washington. José Pedro Pérez-Llorca, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo, fue recibido por Ronald Reagan en julio de 1981. España acababa de atravesar el 23-F y había suficientes asuntos de política exterior y defensa para ocupar la entrevista.

Reagan llevó la conversación al Alcázar y preguntó por Moscardó. Inocencio Arias, presente en el encuentro, recordaría años después aquel What a man! repetido por el presidente. Reagan había visitado el Alcázar en 1972, cuando era gobernador de California. En 1985 volvió a mencionarlo en el Despacho Oval: «Estuve en el Alcázar de Toledo, donde me contaron toda aquella historia».

Karol Wojtyła guardaba un recuerdo todavía más lejano. Cuando fue elegido Papa en 1978, el cardenal Marcelo González Martín se presentó ante él como arzobispo de Toledo. Según el testimonio conservado, Juan Pablo II reaccionó al escuchar el nombre de la ciudad: «Toledo, Toledo... El Alcázar, el Alcázar».

Juan Pablo II en Toledo. 4 de Noviembre de 1982

Juan Pablo II en Toledo. 4 de Noviembre de 1982

Durante su viaje a España, en noviembre de 1982, volvió a preguntar por la fortaleza mientras volaba en helicóptero desde Guadalupe hacia Toledo. Santiago Calvo Valencia dejó escrito el relato que había escuchado al cardenal Marcelo: en Polonia habían seguido cada día lo que ocurría allí y habían rezado por los sitiados. Wojtyła tenía dieciséis años en 1936.

Jorge López Teulón, sacerdote de la Archidiócesis de Toledo y postulador de las causas de sus mártires, recogió otro recuerdo procedente de Hungría. Después de una conferencia sobre el Alcázar, un anciano le contó que durante los meses del asedio su abuela hacía que toda la familia se arrodillara cada noche para rezar por quienes resistían en Toledo.

El asedio terminó el 27 de septiembre de 1936. Para entonces, el Alcázar ya era noticia fuera de España. Cuarenta y cinco años después, Reagan seguía preguntando por Moscardó en la Casa Blanca; al año siguiente, Juan Pablo II buscaba desde el aire la fortaleza que había conocido de adolescente. Noventa años después, libros, películas, premios militares, placas y testimonios permiten medir hasta dónde llegó aquella historia.

  • Pepe Fernández del Campo es hijo y nieto de defensores del Alcázar.
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas