Fernando Quintela
El instante decisivoFernando Quintela

La vivienda, el nuevo sueño inalcanzable de los jóvenes españoles: hasta diez años para comprar una casa

La propiedad se ha convertido para muchos en algo parecido al Empire State de esta fotografía: se ve perfectamente, sabemos que existe, incluso podemos imaginar cómo sería llegar hasta allí, pero permanece lejos

El Empire State Building

El Empire State BuildingFernando Quintela

Dos personas contemplan el Empire State Building desde la última planta del Rockefeller Center. No vemos sus caras, solamente dos siluetas negras y, entre ellas, uno de los edificios más reconocibles del mundo.

La fotografía pertenece además a otro Nueva York: las Torres Gemelas todavía formaban parte del horizonte. El Empire State llevaba décadas siendo mucho más que un edificio. Terminado en 1931, había convertido la altura en símbolo de prosperidad, modernidad y ambición; nacían los rascacielos.

Esas dos personas pueden estar pensando precisamente en eso, en subir, llegar, prosperar, en cambiar algo en su vida, en lograr una altura. No sabemos quiénes son ni dónde viven y tampoco si poseen una casa, pero hay algo profundamente humano en contemplar una ciudad desde arriba e imaginar que en alguna de sus millones de ventanas podría encontrarse nuestro lugar.

Pienso en esa imagen mientras la Puerta del Sol vuelve estos días a llenarse de tiendas de campaña. La protesta comenzó tras el desahucio de Maricarmen Abascal, de 87 años, y este lunes alcanza su tercera jornada con cientos de personas reclamando medidas urgentes sobre vivienda.

No es el 15-M, aunque inevitablemente lo recuerda. Ahora la palabra que concentra buena parte del descontento es mucho más concreta: casa.

La Constitución española no es ambigua en este asunto y lo deja muy claro; su artículo 47 comienza así: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada», y encomienda a los poderes públicos promover las condiciones para hacerlo efectivo y regular el suelo para impedir la especulación.

Casi medio siglo después, aquella frase convive con una realidad difícil, casi imposible, para muchos jóvenes. La vivienda se ha convertido en una guerra en un país que castiga al empresario, al que invierte y se arriesga creando puestos de trabajo…, y de paso al que tiene en su haber más de una vivienda.

El Banco de España calcula que un hogar joven no propietario necesitaría, en promedio, el equivalente a 7,1 años completos de renta neta para comprar una vivienda en su municipio; en ciudades como Madrid, el esfuerzo potencial del conjunto de hogares no propietarios se acerca a diez años. Y eso no significa ahorrar durante ese tiempo: significa dedicar toda esa renta a comprar la casa, sin comer, vestirse, pagar impuestos o vivir.

Por eso la propiedad se ha convertido para muchos en algo parecido al Empire State de esta fotografía: se ve perfectamente, sabemos que existe, incluso podemos imaginar cómo sería llegar hasta allí, pero permanece lejos.

El Gobierno de España ha prometido cientos de veces soluciones a la vivienda pública, pero tantas veces lo ha hecho como lo ha incumplido. Los salarios bajan, el coste de la vida sube, el suelo no se levanta; así es imposible encontrar una solución.

Hubo un tiempo en que independizarse, trabajar, hipotecarse y comprar un piso eran las líneas de un guion, una secuencia casi natural de la vida adulta española. Hoy esa secuencia se ha roto para una parte de la población.

La vivienda ya no es únicamente el lugar donde dormimos. Es donde construimos intimidad, pareja, familia, biblioteca, recuerdos. La casa es también la posibilidad de cerrar una puerta y saber que detrás comienza algo nuestro.

La fotografía urbana lleva más de un siglo hablando de esa relación entre edificios y personas. Berenice Abbott regresó a Nueva York en 1929 y quedó fascinada por una ciudad que destruía edificios antiguos mientras levantaba rascacielos.

Su monumental Changing New York convirtió aquella transformación en memoria visual. Ezra Stoller hizo algo diferente: fotografió la arquitectura moderna con tal precisión en las líneas, la luz y el punto de vista que sus imágenes terminaron condicionando nuestra manera de recordar algunos de los grandes edificios del siglo XX.

Aquí ocurre lo contrario. El edificio es perfectamente reconocible, pero los seres humanos son anónimos: dos masas negras ocupan los extremos y el Empire State queda atrapado entre ambas. La composición crea una ventana dentro de la propia fotografía: hombro, cabeza, cielo, rascacielos, cabeza, hombro. Las personas funcionan como un marco y nosotros miramos exactamente lo mismo que ellas. No estamos fotografiando el Empire State; estamos fotografiando «el acto de desearlo».

El cielo refuerza esa sensación. Es inmenso, azul grisáceo, casi tormentoso y, frente a él, el edificio se levanta vertical y preciso mientras los observadores permanecen oscuros. No sabemos nada de ellos porque podrían ser cualquiera.

Ahí está la conexión con quienes duermen estos días en Sol. Sin necesidad de compartir todas sus propuestas ni convertir una cuestión compleja en una consigna, resulta difícil no reconocer la pregunta que existe debajo de las tiendas de campaña: ¿cómo se construye una vida cuando conseguir el lugar donde vivir exige una parte desproporcionada de ella?

Una ciudad se construye hacia arriba cuando falta suelo. Una persona construye hacia delante porque necesita futuro.

Aquellos dos desconocidos miraban Nueva York y probablemente soñaban. Muchos jóvenes españoles miran hoy un escaparate inmobiliario de la misma manera.

La diferencia es que una vivienda digna no debería ser un rascacielos inalcanzable.

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