El Duque de Wellington dirige a sus generales en la batalla de Waterloo. Álava, con la orden de Santiago en el pecho, es el segundo por la derecha. Cuadro de Jan Willem Pieneman, 1824
Picotazos de historia
El único auténtico amigo del duro duque de Wellington fue un militar español
Miguel Ricardo de Álava y Esquivel alcanzó una extraña distinción: ser íntimo amigo y confidente del huraño y distante mariscal de campo británico que derrotó a Napoleón Bonaparte en la batalla de Waterloo
Si usted va a Londres, le recomiendo que visite Apsley House, en Piccadilly, junto a Hyde Park Corner. Esta fue la residencia londinense del primer duque de Wellington. Cuando entre en el edificio, a mano derecha del hall de entrada, hay una puerta que conduce a las salas. Pues bien, encima del marco de dicha puerta hay un retrato de medio cuerpo de un militar que viste uniforme español.
La persona retratada alcanzó una extraña distinción, muy raramente concedida, que fue la de ser íntimo amigo y confidente del huraño y distante mariscal de campo británico que derrotó a Napoleón Bonaparte en la batalla de Waterloo. Esta persona se llamó Miguel Ricardo de Álava y Esquivel.
Retrato de Miguel Ricardo de Álava por George Dawe
El joven Álava, tras terminar sus estudios en el Seminario de Nobles, ingresó en la Armada tras superar las pruebas. Demostró inteligencia, valor, iniciativa y diligencia, por lo que no es de extrañar que, con estas virtudes y un discreto apoyo de su tío Ignacio de Álava Sáenz de Navarrete –cuya actuación en la batalla de Trafalgar al mando del navío Santa Ana fue heroica–, ascendiera rápidamente.
Ricardo era capitán de corbeta a bordo del Príncipe de Asturias, navío donde arbolaba su gallardetón el almirante Gravina y el jefe de escuadra Antonio de Escaño durante la batalla de Trafalgar. Heridos estos dos altos oficiales, el capitán del Príncipe de Asturias, don Rafael de Hore, con el grado de brigadier y aunque también estaba herido, consiguió salvar el destrozado navío –había combatido contra cinco barcos ingleses– y llevarlo a puerto.
En el posterior informe que redactó, don Rafael elogiaría la actuación del joven Álava, tanto durante el combate como durante la dura brega hasta conseguir arribar a puerto. Álava fue ascendido a capitán de fragata.
Después de la invasión francesa, Álava, que había estado en Bayona, donde se llevó a cabo el vergonzoso acto por el cual se arrebató la Corona a los Borbones españoles, tuvo que presenciar cómo las tropas francesas, a punta de bayoneta, obligaban a jurar lealtad al hermano de Napoleón a la Junta General de Álava. Asqueado e indignado por la traición, se pasó al bando patriota.
En 1810 la Junta de Cádiz le envía a Portugal con un mensaje para el general Arthur Wellesley, entonces vizconde de Wellington y barón Douro.
Álava hablaba fluidamente francés e inglés, por lo que no hubo ningún problema de comunicación. Al contrario, Wellington cada vez apreciaba más la sinceridad y espontaneidad de aquel oficial español. Así se inició una amistad que duraría el resto de sus vidas.
La cada vez más estrecha relación entre el comandante inglés y el enviado por la Junta hizo que esta nombrara enlace con Wellington al propio Álava, algo que a todo el mundo pareció lógico debido a la buena relación que había entre ambos.
Wellington –altivo, altanero, muy consciente de su dignidad por nacimiento y rango– utilizó la discreción de Álava para descargar su alma, necesitada de comprensión y amistad, agobiada por las responsabilidades y la soledad del mando. Álava, por su parte, se probó como un oficial eficiente, dirigiendo el sitio de Ciudad Rodrigo, y un leal amigo a lo largo de toda su vida.
No tuvo tanto éxito cuando tuvo la ocurrencia de convencer al ya conde de Wellington de que acudiera al estudio del pintor Francisco de Goya para que lo retratase. Era el mes de agosto de 1812 y de esta visita saldrían varios bocetos de un retrato ecuestre –que actualmente cuelga en Apsley House– y de un magnífico retrato de medio cuerpo que actualmente se encuentra en la National Gallery (aunque en la película de James Bond Sean Connery lo encontraba en la guarida del Dr. No).
Retrato del duque de Wellington por Francisco de Goya
Parece que los bocetos no gustaron a Wellington, que dio su opinión. Goya estaba sordo y no hablaba inglés, pero el tono y los gestos no daban lugar a dudas. Ambos personajes tenían un fuerte carácter y estallaron.
Según una historia, posiblemente exagerada, fue Álava el que arrebató al pintor la pistola –otras versiones hablan de una espada– antes de que cometiera una locura. De una manera u otra, Wellington decidió que no merecía la pena discutir y que era mejor dejar tranquilo al pintor. Más adelante se mostraría muy orgulloso de los dos retratos.
Durante la batalla de Waterloo, Ricardo de Álava estuvo en todo momento junto al comandante en jefe, el duque de Wellington, y fue uno de los pocos miembros de su estado mayor que salió ileso de la gran carnicería que fue la batalla.
Esa noche, en la tienda de campaña y teniendo a Álava como único testigo, lloró por todos los amigos y conocidos muertos o mutilados ese sangriento día. «Salvo una batalla perdida, nada hay más triste que una batalla ganada», comentaría cuando se le presentó la lista de bajas.
A lo largo de los siguientes años, Ricardo de Álava pasó del reconocimiento en su país al exilio político y posterior rehabilitación. Durante sus años de exilio fue acogido por Wellington. Este era una persona notoriamente agarrada –que diría un castizo–; por ello fue mucho más que sorprendente que lo presentara a sus banqueros con las siguientes palabras: «Cuando traten con este caballero, será como si trataran conmigo».
Wellington lo protegió y le asignó una pensión –todos sus bienes y rentas habían sido confiscados por orden de Fernando VII–, de manera que pudiera vivir con dignidad. «Mientras tenga una libra, no ha de faltarle a Álava la mitad», declaró públicamente.
Álava agradeció el apoyo de su amigo con lealtad y discreción, no haciendo cosa que pudiera perjudicarlo y protegiendo en todo momento la confianza en él depositada. Excepto con las señoras.
Y aquí tenemos a dos individuos que eran unos auténticos apasionados de las señoras. Wellington sufría un matrimonio infeliz, al que su sentido del honor le había obligado, con un amor juvenil –Kitty Pakenham, hija y hermana del conde de Longford– ya marchito antes de la boda. No debe extrañarnos que buscara consuelo entre la miríada de señoras que consideraban irresistible la erótica del poder.
Álava estaba soltero y le gustaban las señoras, pecado venial al que no puedo encontrar objeción. Wellington varias veces se quejó humorísticamente de que «el españolito era un seductor».
El general Álava retratado por William Salter
En este aspecto es notoria la relación que dejó en sus Diarios Charles Greville, publicados diez años después de su muerte y que causaron consternación en la buena sociedad británica y en la propia reina Victoria. Por cierto, la madre de Greville había sido amante de Wellington.
En los diarios cuenta Greville cómo, estando invitado en la residencia de verano del duque de Wellington (Stratfield Saye, en Hampshire), contempló a dos ancianos y achacosos amigos reprochándose el uno al otro, en una mezcla de inglés, español y francés, quién había arrebatado a quién esta o aquella amante. Todo ello entre bromas y carcajadas que mostraban una intimidad y sincera amistad que chocaba con la imagen de reservada frialdad y distanciamiento que siempre cultivó el duque de Hierro, como se le conocía.
Ya ven, el único y verdadero amigo para quien no era necesaria la fría coraza que toda su vida portó el duque de Wellington fue este militar español.