La gesta de Calixto Loira: el cementerio de Colón de los vivos y muertos de Cuba
Grandes gestas españolas
La gesta de Calixto Loira: el cementerio de Colón de los vivos y muertos de Cuba
Lea y escuche el relato histórico semanal de El Debate
Desde la Antigüedad, el hombre estableció una frontera entre el territorio de los vivos y el de los muertos. A las razones religiosas y simbólicas se sumaban otras más prosaicas: proteger los cadáveres de los animales carroñeros, limitar los efectos de la descomposición y evitar problemas de salubridad.
Durante siglos, sin embargo, la muerte permaneció muy cerca de la vida. Los muertos descansaban en el corazón mismo de ciudades y pueblos, en iglesias, criptas, conventos y terrenos parroquiales.
Un cementerio monumental para Colón
El crecimiento demográfico y las nuevas concepciones higiénicas y sanitarias fueron desplazando los enterramientos fuera de los núcleos urbanos. Y en el siglo XIX surgió así una de las tipologías arquitectónicas más fascinantes: el cementerio monumental. Junto a los de París, Londres o Buenos Aires, se levantó en La Habana la Necrópolis de Cristóbal Colón, el único cementerio dedicado al gran almirante y concebido para albergar sus restos, que entonces reposaban en la catedral de la ciudad.
Muy pocos saben que su artífice fue un joven arquitecto gallego nacido en Ferrol, cuya propia existencia había comenzado bajo el signo del abandono: Calixto de Loira y Cardoso.
Calixto de Loira: de un incierto futuro a la arquitectura
La biografía de Calixto comienza en 1840. Durante su estancia en Ferrol, el infante de Marina José Felipe Loira y Cardoso mantuvo una relación extramatrimonial de la que nació un niño cuya madre murió en el parto. El recién nacido ingresó en el Hospicio Municipal con el nombre de Calixto Aureliano Rey, apellido que señalaba su condición de expósito. Aunque su padre y su abuelo asistieron al bautizo y pagaron a una familia para que lo criara sus primeros meses, el pequeño terminó regresando al hospicio.
Calixto Loira
Cuando apenas tenía tres años, su vida experimentó un giro decisivo. Rosario Sánchez del Pan, esposa de su padre, supo de su existencia. En un gesto de generosidad, viajó a Ferrol, se hizo cargo de aquel niño nacido fuera de su matrimonio y lo incorporó a su hogar, donde lo crio sin establecer diferencias con su propia hija.
Calixto tenía solo cinco años cuando la familia se trasladó a Cuba. Pronto destacó por sus aptitudes para el estudio y, especialmente, para el dibujo. Quiso continuar la tradición familiar castrense y naval, pero una enfermedad de la vista se lo impidió. Lo que parecía cerrar un destino terminó abriendo otro: la arquitectura.
La Habana atravesaba entonces un periodo de profunda transformación urbana y necesitaba arquitectos e ingenieros. En 1857, España pensionó a jóvenes cubanos para completar su formación en Madrid, oportunidad que permitió a Calixto obtener el título de arquitecto en 1867. Culminaba así un extraordinario itinerario vital: desde el hospicio ferrolano hasta una de las instituciones académicas más prestigiosas de España: la Real Academia de San Fernando.
La obtención del título hizo aflorar las circunstancias de su nacimiento. Para utilizar definitivamente los apellidos Loira y Cardoso fue necesario un documento legalizado en el que su padre reconocía la paternidad.
Se casó, tuvo dos hijos y se instaló en La Habana, donde se incorporó a importantes proyectos públicos como la construcción de un gran asilo para mendigos y el Acueducto de Albear.
Acueducto de Albear. Obra juvenil de Loira
Una gran capital necesitaba una gran necrópolis
Pronto, el crecimiento de la población y la elevada mortalidad hicieron insuficiente el cementerio existente y se planteó la necesidad de levantar una nueva necrópolis. Pero no se trataba únicamente de un problema sanitario. La cuestión era también urbanística, monumental y representativa para una capital de la importancia de La Habana. Y existía una circunstancia que habría de distinguirla en el mundo: estaba destinada a albergar los restos de Cristóbal Colón.
Se convocó un concurso al que concurrieron siete proyectos. Entre ellos figuraba el del joven arquitecto gallego Calixto de Loira y Cardoso. Pese a su juventud, arrastraba ya problemas de salud, pero trabajó intensamente en una propuesta que presentó bajo el lema latino de Horacio extraordinariamente apropiado: Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres. «La pálida muerte llama con igual pie a las cabañas de los pobres y a las torres de los reyes».
La sentencia encerraba toda una concepción del cementerio. Ante la muerte podían alzarse suntuosos mausoleos o humildes sepulturas, pero el destino último igualaba a todos. Una idea que, siglos antes, había expresado Jorge Manrique: «allegados, son iguales los que viven por sus manos e los ricos».
Una cruz convertida en ciudad
El proyecto de Loira resultó vencedor. Concibió la necrópolis con una monumentalidad deliberada. Tal vez la temprana muerte de sus dos únicos hijos influyera en que aquel niño que había comenzado su existencia en un hospicio de Ferrol terminara proyectando en La Habana una auténtica ciudad para la memoria de los muertos.
No diseñó simplemente un cementerio, sino un verdadero espacio urbano, ordenado y comprensible desde su propia geometría. Situado en El Vedado y con 57 hectáreas, estaba llamado a convertirse en el principal camposanto del país y en uno de los grandes cementerios monumentales del mundo.
Plano general del cementerio Cristóbal Colón
Su trazado, inspirado en la disposición de un campamento romano, se articulaba mediante dos grandes avenidas perpendiculares que dibujaban el símbolo fundamental del cristianismo: la cruz. Como eje ordenador, distribuía el recinto en cuatro grandes sectores y situaba en su intersección una capilla octogonal de inspiración neobizantina. Las calles secundarias organizaban aquel inmenso territorio funerario; algunas evocaban las cinco llagas de Cristo y remitían a las cruces de Tierra Santa y del Santo Sepulcro.
Sobre aquel tablero de piedra fueron apareciendo después ángeles, cruces, columnas, capillas, panteones, alegorías y esculturas, hasta formar uno de los conjuntos funerarios más extraordinarios del mundo.
Un gran escenario que encerraba una paradoja
Aunque el destino quiso que el navegante no fuera enterrado allí, aquello era mucho más que un lugar destinado a recibir cadáveres. Era jardín y museo, arquitectura y escultura; un gran escenario donde la memoria privada aspiraba a convertirse en memoria pública.
Y encerraba una formidable paradoja. El lema escogido por Loira proclamaba la igualdad ante la muerte, pero el cementerio reproducía las jerarquías de la sociedad habanera. Las sepulturas delataban el rango, la fortuna e incluso la imagen que cada familia aspiraba a legar a la posteridad. Había enterramientos de primera, segunda y tercera clase, campos comunes para los humildes y espacios colectivos reservados a corporaciones y asociaciones.
El homenaje colombino quedó incorporado no solo al nombre, sino también a la iconografía del recinto: incluso las verjas de hierro perpetuaron, mediante la repetición de tres ces, la referencia a Cristóbal Colón y Cuba.
Tumba del gran ajedrecista Capablanca
La gran portada: arquitectura para entrar en la eternidad
El marco de acceso fue concebido por Loira como un arco de triunfo coronado por las figuras de la Fe, la Esperanza y la Caridad, labradas en mármol de Carrara. Sobre la entrada, una inscripción condensaba el sentido simbólico de aquella frontera: JANUA SUM PACIS. «Soy la puerta de la paz».
La portada separaba arquitectónica y simbólicamente dos mundos. Tras franquearla quedaba atrás La Habana palpitante del comercio, los carruajes, las voces y la vida cotidiana. Al otro lado comenzaba la ciudad inmóvil.
Portada en la Habana actual
La urgencia por disponer de nuevos espacios de enterramiento obligó a ampliar el proyecto y, en 1872, Loira ideó la Galería de Tobías, una extensa estructura funeraria subterránea, inspirada en las catacumbas paleocristianas y destinada a albergar centenares de nichos.
Fue entonces cuando arquitectura y biografía quedaron unidas de manera casi trágica. Loira continuó trabajando intensamente pese a su delicada salud. Sus problemas respiratorios se fueron agravando mientras dirigía las obras y acabó muriendo con apenas treinta y dos años, en septiembre de 1872.
Esculturas de la portada
El hombre que había dibujado sobre el papel las avenidas de la muerte terminó entrando en ellas antes de verlas terminadas. El arquitecto se convirtió demasiado pronto, en habitante de su propia arquitectura.
Una estructura que crece
La muerte prematura de Loira obligó a que su ayudante continuara su proyecto, pero el ferrolano había dejado ya concebida una estructura que fue creciendo. Sus avenidas comenzaron a poblarse de panteones familiares y monumentos colectivos, como el de las 58 sociedades de Galicia, raíz del arquitecto. Obras en las que convivieron historicismo y neoclasicismo, neogótico y referencias neobizantinas, distintas formulaciones del eclecticismo y, más tarde, el art déco. Un gran trazado sobre el que las generaciones posteriores fueron depositando arquitectura, escultura y memoria.
Mausoleo art decó de la Sociedad de Beneficencia de Naturales de Galicia
Un doble patrimonio
Pero junto a ese ingente patrimonio artístico fue levantándose otro: el patrimonio antropológico y sentimental de la ciudad. Relatos, creencias, recuerdos y devociones hicieron del cementerio uno de los grandes archivos de la memoria cubana.
Soldados norteamericanos en 1898 ante la loma de huesos
Milagros, tragedias, fidelidades, rumores y relatos transmitidos durante generaciones por los habaneros. Y también historias espeluznantes. Durante la Guerra de 1898, una sepultura costaba diez dólares por cinco años y, si la familia no podía renovar el pago, los restos eran exhumados y arrojados a un rincón del cementerio. Allí creció una macabra montaña de huesos que acabó convirtiéndose en atracción morbosa para los soldados norteamericanos, que enviaban fotografías de ella a sus parejas en Estados Unidos.
También surgieron las devociones. La más célebre es la de Amelia Goyri, fallecida durante el parto junto a su hijo. Años después, al abrirse la tumba, apareció incorrupta y abrazada al pequeño. Desde entonces fue llamada La Milagrosa. Generaciones de cubanos acuden a su sepultura para pedir su intervención y dejar testimonios de agradecimiento.
Homenajes públicos e historias pequeñas
Muy distinta es la historia del Panteón de los Bomberos, el más alto del cementerio, levantado en memoria de los fallecidos en 1890 durante el incendio de una farmacia que ocultaba explosivos y cuyo fuego habría sido provocado para cobrar el seguro. Las llamas carbonizaron a los bomberos.
Aquí, la arquitectura funeraria se convierte en memoria cívica: hay murciélagos representan la maldad del propietario y gruesas cadenas rematadas en lágrimas, el dolor del pueblo cubano. Corona el conjunto un gran ángel que señala el cielo y sostiene a un bombero. La piedra transforma así una catástrofe urbana en homenaje público.
Panteón de los Bomberos
Y muchas historias pequeñas que conceden al cementerio su dimensión más humana como la tumba del dominó, dedicada a una jugadora que sufrió un ataque al corazón durante una partida con la ficha del tres doble en la mano y que fue costeada por sus compañeros; la primera mujer divorciada, el hombre que quiso ser enterrado de pie armado de dos pistolas o la mujer enamorada de su perro. Cada tumba podía contener una biografía; algunas terminaron conteniendo una leyenda.
Abandonos y heridas del castrismo
Loira no llegó a conocer la verdadera dimensión de su legado. Incluso sus restos abandonaron los muros que había concebido para ser trasladados al panteón del Colegio de Arquitectos de La Habana.
Después llegaron otros abandonos como el de las tumbas de los familiares de los exiliados por el régimen castrista. Y décadas de empobrecimiento por la dictadura comunista hicieron que el extraordinario museo a cielo abierto sufriese y sufra deterioro, robos y profanaciones. Y es que Loira había trazado en La Habana mucho más que un cementerio: una ciudad para los muertos que se convertía también en espejo de las heridas de los vivos. El tiempo acabó separando a Cuba de España, pero no logró borrar la huella de aquel arquitecto español porque había quedado unido ya para siempre a la memoria y la historia de Cuba.