La primera misa celebrada en Chile. Óleo de Pedro Subercaseaux

Entrevista a la historiadora Mercedes Temboury

«Hay tres siglos borrados de la historia de España y de Iberoamérica que es importante rescatar»

Hablamos con la historiadora sobre su último libro Forjadores del Imperio, que saldrá en librerías el próximo 6 de octubre

El descubrimiento de América, antes que cualquier beneficio comercial o estratégico, fue visto como una misión para evangelizar aquellas nuevas tierras, sentenció don Antonio María Rouco Varela, cardenal arzobispo emérito de Madrid durante la inauguración del seminario permanente sobre la figura de Isabel la Católica, organizado por la Universidad CEU San Pablo.

A aquellas tierras llegaron miles de religiosos que no solo predicaron el Evangelio, sino que aprendieron lenguas indígenas, fundaron escuelas y hospitales, levantaron ciudades y participaron en la organización social y cultural del Nuevo Mundo.

Ahora, la historiadora Mercedes Temboury Redondo recupera parte de aquella historia en Forjadores del Imperio, su nuevo libro, en el que reconstruye la trayectoria de siete religiosos que recorrieron América entre los siglos XVI y XVIII.

Mercedes TembouryCedida

–¿Se puede entender el descubrimiento y la conquista de América sin tener en cuenta la misión evangelizadora de España?

–No se puede entender porque, para empezar, fue el «título habilitante» que le confirió el Papado a España con las Bulas Alejandrinas a partir de 1493. Se establecía que la Corona de Castilla tenía dominio sobre los nuevos reinos descubiertos a condición de propagar la fe católica. Todas las Leyes de Indias que se desarrollaron después derivan de este hecho fundamental: que los amerindios eran súbditos de los reyes al mismo título que los castellanos.

Las Leyes de Burgos de 1512, las Leyes Nuevas de 1542 y la Controversia de Valladolid de 1550 son producto de una misma idea: la dignidad fundamental de los naturales y la misión imperativa de ganar sus almas. Las primeras denuncias del maltrato a los indios, tanto la de Montesinos en 1511 como las posteriores de Bartolomé de las Casas, están basadas en el Evangelio.

–¿Por qué ha decidido titular el libro Forjadores del Imperio? ¿Hasta qué punto estos misioneros fueron también protagonistas de la construcción política, social y cultural de la América española?

–Yo quería llamarlo Sandalias, pero mi editor, Ricardo Artola, que es mucho más inteligente que yo, encontró este título, que interpela, extraña y refleja mejor la realidad. Yo quería destacar la humildad; él quiso destacar la hazaña. Porque, increíblemente, es una hazaña –o muchas– hecha desde la humildad y el servicio.

Son forjadores porque participan de manera decisiva en la resolución de varios problemas gigantescos que se planteaban con la llegada a América: conocer y representar la geografía; comprender qué hablaban, creían y cómo vivían los indios; organizar y poblar el territorio; construir ciudades, instituciones, puertos y caminos, y desarrollar la legislación. En todos estos ámbitos participaron decisivamente tanto los frailes como los sacerdotes.

–El libro recupera las historias de siete personajes muy distintos. ¿Qué tenían en común y qué le llevó a elegir precisamente a Toribio de Benavente, Vasco de Quiroga, Toribio de Mogrovejo, Pedro Claver, Pedro Betancur, José de Arce y Junípero Serra?

–Los escogí porque permiten recorrer toda la geografía americana (desde Nutka en Canadá el sur de Chile) y porque siguen siendo muy queridos en sus respectivos países. Aunque algunos hayan permanecido en un relativo olvido, en México, Perú, Colombia, Guatemala, Bolivia o California son vistos y recordados con admiración y cariño.

Me interesaba mantenerme al margen del debate sobre los conquistadores, reiteradamente rechazados u objeto de la leyenda negra. Me sorprende que, en líneas generales, la historia de los virreinatos que conocemos empiece con Colón, Cortés y Pizarro y pase directamente a la independencia, al grito de Hidalgo en México. Hay tres siglos borrados de la historia de España y de Iberoamérica que era importante empezar a rescatar. Estos protagonistas me permitían recorrer no solo la inmensa geografía de América, sino también los siglos XVI, XVII y XVIII, tan ricos y desconocidos en el imaginario colectivo y en el relato dominante.

Lo que tienen en común es lo que el obispo Zumárraga denominó en Quiroga «un amor visceral por los indios». Entre los escogidos, unos pertenecen a órdenes religiosas, como franciscanos o jesuitas; otros, al clero secular o diocesano, y otro es fundador de una orden religiosa. Cuatro de ellos son santos.

Hay que destacar que Toribio de Mogrovejo, segundo arzobispo de Lima, es uno de los cuatro santos que mencionó el Papa León XIV cuando en Madrid le preguntaron por sus favoritos, junto a san Agustín, san Juan Crisóstomo y santo Tomás de Villanueva. El Papa fue muchos años obispo en Chiclayo y conoce muy bien la importancia de Toribio en la configuración de la Iglesia iberoamericana, pues las reformas impulsadas por él entre el siglo XVI y principios del XVII perduraron hasta el XIX.

Los siete proceden, además, de distintos rincones de España: Zamora, Ávila, Valladolid, Lérida, Canarias, Mallorca…

Portada del libro 'Forjadores del Imperio'

–¿Qué se encontraron estos hombres en aquel Nuevo Mundo y qué dejaron tras de sí?

–Está recogido en algunas crónicas, pero lo que se encontraron, aparte de un continente inmenso del que nadie había hablado desde la Antigüedad, fue una población india que, tras el choque y el anonadamiento iniciales, recibió la fe con entusiasmo. Las grandes civilizaciones azteca, maya e inca habían sido pueblos profundamente religiosos y encontraron en el catolicismo un terreno fértil para integrarse.

Como dijo León XIV hace poco: «Toda la increíble riqueza de los habitantes de aquellas tierras –lenguas, símbolos, costumbres y esperanzas– fue amasada con la fe, hasta que el Evangelio echó raíces en sus corazones y floreció en obras de santidad y belleza únicas».

–En su investigación ha manejado numerosos documentos históricos. ¿Qué fuentes le han resultado especialmente reveladoras para conocer la actuación de estos personajes y contrastar la imagen que posteriormente se ha construido sobre la presencia española en América?

–Me han llamado especialmente la atención los llamados catecismos pictográficos del siglo XVI en México, que representan los misterios de la fe mediante dibujos, casi como si fueran un cómic. También la Crónica de Michoacán y la Relación de Michoacán, por la belleza de sus ilustraciones, y las acuarelas del jesuita Ignacio Tirsch sobre las misiones de la Baja California.

Entre las fuentes escritas me ha emocionado el Libro de Visitas de Mogrovejo, una relación antropológica pionera de las poblaciones que conoció durante sus recorridos por el Perú, en la que anota lo que observa desde un punto de vista sociológico y cuantitativo.

También la Historia natural y moral de las Indias, de José de Acosta, que a finales del siglo XVI escribe sobre la historia y la ciencia del continente; y De instauranda Aethiopum salute, de Alonso de Sandoval, elaborado a partir de los testimonios de los esclavos africanos de Cartagena. Otro texto bellísimo son los Coloquios de los doce apóstoles de México, que recogen los diálogos entre caciques y misioneros sobre Dios y el Evangelio en los inicios de la Nueva España.

–Habla de una «conquista espiritual». ¿Qué significa exactamente para usted esa expresión y en qué se diferencia de la conquista territorial?

–La conquista espiritual es la seducción y el convencimiento. Los corazones de los indios se conmovieron e hicieron suyas las nuevas verdades.

Hay una anécdota de tiempos de Vasco de Quiroga en la que un indio replica a un sacerdote, cuando este le pregunta cómo se han convertido tan rápido: «No creas, padre, que tomamos la ley de Cristo tan inconsideradamente como dices, porque te hago saber que estábamos ya tan cansados y descontentos con las cosas que los ídolos nos mandaban que habíamos tratado de dejarlos y tomar otra ley. Y como la que vosotros nos predicasteis nos pareció que no tenía crueldades y que era muy a nuestro propósito, y tan justa y buena, entendimos que era la verdadera ley y así la recibimos con gran voluntad».

La conquista espiritual era, además, el paso previo para el mestizaje y para que pudiera cumplirse lo que había ordenado la Reina Católica: «Cásense españoles con indias e indios con españolas».

–¿Cómo consiguieron estos hombres llegar al corazón de cientos de miles de personas en sociedades con lenguas, culturas y creencias tan diferentes a las suyas?

–La mayoría aprendieron las lenguas locales y fueron de los primeros en recoger sus costumbres, confeccionar códices y elaborar gramáticas. Motolinia hablaba náhuatl, entre otras lenguas; Mogrovejo predicaba en aimara y quechua; Junípero Serra habló pame en Querétaro; José de Arce conocía el chiquito, el guaraní, el quechua, el chiriguano y el payaguá, y Pedro Claver contó con un numeroso grupo de intérpretes de lenguas africanas.

También llegaron a su corazón mediante el ejemplo de una vida muy austera. Bernal Díaz del Castillo decía a los indios que «vendrían religiosos de mucha mejor vida que nosotros éramos, para que les diesen a entender los razonamientos y predicaciones de nuestra fe», aludiendo a cómo esa vida despojada podía convencerlos de la verdad del Evangelio.

En México, a Toribio de Benavente lo llamaron Motolinia, que en náhuatl significa «pobrecillo». Cuando los indios lo vieron por primera vez en Tenochtitlán había llegado andando descalzo desde Veracruz. De Toribio de Mogrovejo se dijo que estaba muerto de hambre y Junípero Serra, pese a quedarse pronto cojo, anduvo miles de kilómetros.

A ello se sumaron la liturgia, la arquitectura, la pintura, la escultura y la música. En la Chiquitanía se encontraron en 1972 miles de partituras de la música que los indios habían compuesto junto a los jesuitas en el siglo XVIII.

Además, aprendieron de los religiosos nuevas técnicas agrícolas, la ganadería de especies desconocidas para ellos, oficios y arquitectura. En Guatemala, México, Quito y Perú hubo muy pronto talleres de pintores y escultores indios. Hicieron suyas las artes, la artesanía, la botánica, la farmacología y la cocina, enriqueciéndolas con nuevas formas y saberes.

–¿Qué cree que se ha contado poco o se ha entendido mal sobre la dimensión espiritual y cultural de la presencia española en América?

–Se ha entendido mal que esa dimensión es, precisamente, uno de los elementos que diferencian la presencia española de otras experiencias coloniales. Las universidades americanas, los templos, los conventos y la belleza de las ciudades virreinales surgen de ese encuentro espiritual y se materializan en restos muy concretos.

Y se ha contado poquísimo. Creo que lo que se llama leyenda negra no consiste solo en inventar falsedades, sino también en ocultar todo lo luminoso. A lo largo del tiempo, además, los religiosos actuaron como avanzadilla para integrar en la vida común de los virreinatos a poblaciones indígenas que permanecían al margen. La integración no se produjo toda a la vez: todavía en el siglo XVIII se incorporaron poblaciones tan dispares como los guaraníes, los chiquitos o los californios.

La frontera exterior e interior era un terreno poroso, a imagen del limes romano, donde los indios se iban adaptando al hecho del imperio.

–Después de investigar y escribir estas siete historias, ¿qué le gustaría que el lector se llevara consigo al cerrar el libro?

–Me gustaría que se llevara el asombro y la admiración que a mí me han suscitado y que se deleitara con un libro que considero de aventuras. Que le quedaran ganas de contar estos hechos extraordinarios a otros o de seguir el ejemplo de estos siete gigantes.

Y que se diera cuenta de que estos religiosos olvidados fueron exploradores y sabios; que no hace falta inventar personajes mitológicos, porque hubo seres de carne y hueso que realizaron auténticas hazañas.