Catalina la Grande y Pablo IMontaje El Debate

La venganza de Pablo I contra su madre Catalina la Grande: enterrarla junto a su mayor enemigo

Su madre lo intentó apartar de los asuntos de Estado y siempre sintió hacia él desconfianza: la emperatriz Catalina incluso quiso desheredarlo en favor de su nieto Alejandro, fruto del matrimonio entre Pablo y una princesa alemana

Catalina la Grande fue una mujer poderosa y astuta. La ambición la llevó a ejercer el gobierno con autoridad y mando. Pero su hijo, único y heredero, no parecía tener las capacidades necesarias para heredar su legado. Pablo I era débil y desconfiado, algo que su madre pareció detectar desde su nacimiento y que no dudó en reflejar en las Memorias que escribió, estupendo testimonio de sus años en el trono. Pablo I fue zar entre 1796 y 1801, pero jamás supo completar la obra reformista y modernizadora que había comenzado su madre. Creció, además, convencido de que su madre había participado en el asesinato de su padre.

No es el único caso de vástagos que no están a la altura de sus progenitores. Solo en España podemos encontrarnos con ejemplos como Carlos III y su hijo Carlos IV, o incluso Isabel la Católica y Juana de Castilla. Pero en el Imperio ruso, el territorio más vasto y extenso de los siglos XVIII y XIX, las circunstancias de Catalina II y Pablo lo hacen aún más especial, quizá también porque, al poco de nacer, al niño lo apartaron de su madre.

Catalina II La Grande, zarina de Rusia

Catalina era una princesa de origen prusiano, de una realeza menor que por matrimonio concertado llegó a San Petersburgo para ser la esposa del heredero del trono ruso tras muchos años de vaivenes dinásticos. Ella intentó adaptarse a las costumbres de su nuevo país, en su lengua y vestimenta, y como hija de la Ilustración –pues ese era su tiempo y su formación– cultivó las artes y se formó en el ejercicio de la política.

Su matrimonio fue infeliz, pues él, Pedro III, tampoco parecía estar a la altura de las circunstancias. Catalina lo derrocó y, con la ayuda de la Guardia Imperial y de alguno de sus amoríos, se erigió como la soberana más influyente de su tiempo, solo comparable a María Teresa de Austria, madre de la célebre María Antonieta de Francia, otra infeliz.

Una vez que Catalina la Grande se hizo con el poder absoluto en 1762, comenzó la expansión territorial del Imperio, ampliando sus fronteras en el Báltico y también hacia el sur, el mar Negro, enfrentándose con el Imperio otomano. Quiso llenar el país de médicos, ingenieros, artistas… que de algún modo occidentalizasen Rusia sin renunciar a la «rusificación» que exigía su posición.

Fue una modernizadora que emprendió una campaña de vacunación contra la viruela, enfermedad letal y que ya había minado el rostro de su denostado esposo. Su hijo, escribió, «necesitaba tener una cara limpia, libre de marcas y pústulas para encontrar una mujer bella que desposar»; no debería mostrar en el rostro huellas de tan penosa enfermedad.

Años después, en España, Carlos IV también impulsaría una campaña filantrópica de la vacuna contra la viruela en tierras americanas.

Pero Pablo I no respondió a las expectativas. Parecía débil de carácter y con poco aprecio hacia las cuestiones institucionales. Era un joven impredecible, autoritario y obsesivo con las cuestiones militares, sobre todo con las que venían de Prusia. Cierto que su madre lo intentó apartar de los asuntos de Estado y que siempre sintió hacia él desconfianza: la emperatriz Catalina incluso quiso desheredarlo en favor de su nieto Alejandro, fruto del matrimonio entre Pablo y una princesa alemana. Con los años, Alejandro I terminará derrotando a Napoleón en la Gran Coalición, aunque padre y abuela no llegaron a verlo.

Pero Pablo quiso vengarse. Cuando se supo de la muerte de Catalina, en su gabinete, «tendida en el suelo boca arriba y con los pies apoyados en la misma puerta, lo que indica que se había accidentado al ir a salir», como relató la prensa, su hijo, «el Gran Duque, ya emperador, ocupó inmediatamente el trono. Mandó se hiciesen exequias solemnes a su madre, y lo que es muy notable, otras a su padre, Pedro III, que murió 34 años atrás» (Mercurio de España, enero de 1797).

Pablo I no fue un buen zar. Con sus alianzas prusianas y su alejamiento de Inglaterra, se ganó la oposición de la nobleza y de la Guardia Imperial. Murió trágicamente asesinado en el castillo Mijailovsky, en San Petersburgo, en 1801. Golpeado y estrangulado. Oficialmente, la causa de la muerte fue un «ataque apoplético».