Diego de Landa, el fraile que quemó los códices mayas y acabó ayudando a descifrar su cultura
Diego de Landa, el fraile que quemó los códices mayas y acabó ayudando a descifrar su cultura
No solo descifró la lengua maya y su sistema de numeración, sino que dio importantes noticias de la geografía, historia, costumbres, religión y calendario
En fray Diego de Landa encontramos los más acentuados contrastes de la conquista hispana en América, de los hombres que llegaron a lugares de los que no conocían nada. Sin códigos de comportamiento, salvo la doctrina cristiana, muchas veces interpretada desde la intransigencia y la ausencia de amor al prójimo.
Es difícil ponerse en la piel de los que fueron enviados a cristianizar a personas que no comprendían el mensaje y ante las que había que demostrar paciencia y empatía. Muchos de estos frailes cambiaron pronto su visión de las cosas y emprendieron obras admirables. A otros, como Landa, les costó más.
Este franciscano de familia noble de Cifuentes llegó a América en 1549. Después de haber estudiado en Toledo, fue destinado a Yucatán. Primero Mérida, después Izamal, con fray Lorenzo de Bienvenida, quien lo introdujo en el conocimiento de la zona y de sus pobladores mayas, y con fray Luis de Villalpando, que le enseñaría las primeras nociones de la lengua.
Landa aprendió rápido, estableció un método de enseñanza que hizo que las siguientes oleadas de misioneros aprendieran pronto a desenvolverse en la lengua maya. También escribió un catecismo en esa lengua. Convencido de su apostolado, realizó incursiones por el territorio y consiguió numerosas conversiones. A pesar de las noticias dadas por el cronista contemporáneo López de Cogolludo elogiando su labor, empezó a circular la especie de que era riguroso, fanático y duro en el trato al indígena.
No obstante, se conservan relatos en los que se habla de su actuación en favor de los indios, liberándolos de algunos tributos excesivos, lo que le llevó a un conflicto con los colonos. También acudió a la Audiencia de los Confines (Guatemala) para denunciar malos tratos. Esto provocó la visita del oidor García Jofre de Loaíza. En 1561 ya era provincial de la orden en Yucatán.
Retrato de Diego de Landa
Landa se daba cuenta de que los misioneros eran muy escasos para la población maya y de que los indios, una vez convertidos y bautizados, alternaban los rituales católicos con sus antiguos ritos paganos. El franciscano sintió entonces una enorme sensación de fracaso que lo llevó a tomar decisiones muy criticadas.
En mayo de 1862, los frailes del convento de Maní encontraron ídolos ensangrentados que parecían responder a sacrificios humanos. Landa asumió su papel de juez eclesiástico y acudió al lugar un año después. Obtuvo, mediante tortura, la confesión de cómo se hacían.
Ordenó la destrucción de todos los ídolos mayas que pudieron encontrar, objetos labrados, códices y escritos recogidos en rollos de corteza de copo que contenían la sabiduría ancestral maya, y dio a la hoguera a cuatro caciques después de un proceso inquisitorial.
Destrucción de los Códices mexicanos
No fue la Inquisición, como se señala algunas veces, pues todavía no actuaba allí y no podía juzgar a los indios por ser neófitos. Se le criticó señalando que carecía de jurisdicción inquisitorial, pero Landa se defendió señalando que estaba amparado en la bula papal Exponi nobis, de 1522, y que ejerció de inquisidor monástico al celebrar el auto de fe de Maní del 12 de julio de 1562.
Afortunadamente, las poblaciones locales lograron esconder algunas estatuas y escritos. Para el franciscano, esos códices eran una fuente de idolatría y, más tarde, escribiría: «Hallamos gran número de estos libros, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos». Él mismo confesó que eran veintisiete; solo cuatro han llegado hasta nosotros.
La llegada del nuevo obispo de Yucatán, fray Francisco de Toral, cambió las cosas. Comprobó el mal ambiente existente en la región por el conflicto entre religiosos y autoridades civiles y el descontento y temor de los mayas, víctimas de un excesivo rigor en las inquisiciones, con malos tratos, tormentos y prisiones, que destruyó el inicio de la cristianización.
Landa fue encausado formalmente y enviado a la Corte. No fue condenado. Pero pasó nueve años en España. Regresaría a Yucatán como segundo obispo en 1573.
Durante ese periodo de apartamiento y reflexión, confinado en conventos donde preparaba su defensa ante el Consejo de Indias, el franciscano tuvo tiempo de revisar su vida y su modo de obrar. Comprendió, como una revelación, la importancia del pueblo maya en la historia prehispánica y entrevió lo avanzados que estaban en algunas disciplinas científicas.
Página 45 del manuscrito de la Relación de las cosas de Yucatán, en que se hace muestra del sistema de escritura maya
Rememorando sus experiencias, las conversaciones que tuvo con caciques locales, con el cocom depositario de los conocimientos de su casta y las notas que tomó para descifrar el lenguaje, redactó una obra fundamental: Relación de las cosas de Yucatán. Una obra que John Eric Sidney Thompson considera que es «lo que más se aproxima a una especie de piedra de Rosetta de esta cultura».
Miguel Rivera, en la edición que hizo de la obra en 1985, resume la importancia: «el punto de partida de la cultura maya. Allí están contenidos, a menudo en forma de leve bosquejo, los grandes temas que han procurado a los investigadores desde hace siglo y medio». No solo descifró la lengua maya y su sistema de numeración, sino que dio importantes noticias de la geografía, historia, costumbres, religión y calendario.
Pero también narra la llegada de los primeros españoles a Yucatán, la historia de los náufragos Gerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero y la del adelantado Montejo. La obra tiene lagunas y errores. Pero, sin ella, no se hubiera podido avanzar en el estudio o hubiera sido mucho más complicado.
Como ha pasado con muchos de los grandes documentos de la época hispana, el manuscrito se perdió hasta que, en 1862, el abate Brasseur de Bourbourg lo encontró en la Real Academia de la Historia y lo publicó en París y en francés. Seguramente era una copia del manuscrito original y no está completo. En España se publicó por primera vez en 1881 en edición de Juan de Dios de la Rada Delgado.