Las tres carabelas de Cristóbal Colón. Obra de Rafael Menleon y Torres

Todo por celebrar: diez razones para quienes sostienen que el 12 de octubre no hay nada que celebrar

La próxima vez que alguien me diga que el 12 de octubre no hay nada que celebrar, le invitaré a levantar la vista de sus consignas y mirar a su alrededor

«El 12 de octubre no hay nada que celebrar». La frase vuelve cada año con la puntualidad de los impuestos, las rebajas de enero y los propósitos de adelgazar después de Navidad. Y, como sucede con tantas otras consignas, a fuerza de repetirla parece que ya no hiciera falta explicar nada más. Cinco siglos de historia despachados en seis palabras. No está mal como ejercicio de síntesis, aunque quizá resulte algo excesivo incluso para los tiempos que corren.

¿De verdad no hay nada que celebrar? ¿Ni la lengua, ni la literatura, ni el arte, ni las universidades, ni la ciencia, ni el nacimiento de una comunidad cultural que se extiende por medio planeta? ¿Nada de nada?

Pues habrá que hacer un pequeño esfuerzo, abrir algún libro de Historia y comprobarlo. Porque, puestos a discutir sobre el pasado, quizá sea conveniente conocerlo primero. Y como tampoco se trata de pedirle al lector que dedique el domingo entero a esta tarea, aquí van diez razones para celebrar el 12 de octubre. Solo diez. Podrían ser muchas más.

1. Una lengua que hablan más de 600 millones de personas. El español nació mucho antes de que Colón llegara a América, pero fue a partir de 1492 cuando comenzó su expansión transatlántica. Hoy supera los 630 millones de hablantes potenciales, según el Instituto Cervantes. Desde Madrid hasta Buenos Aires, desde Ciudad de México hasta Bogotá, millones de personas podemos entendernos sin necesidad de traductor. Y no hablamos precisamente de una lengua minoritaria condenada a desaparecer.

2. Una literatura que pertenece a medio mundo. ¿Qué sería de nuestras bibliotecas sin Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa o Sor Juana Inés de la Cruz? La literatura en español es una de las grandes tradiciones culturales universales y no se entiende sin el intercambio que comenzó en 1492. Cervantes escribió desde España, pero su lengua acabaría produciendo algunas de las obras más importantes de la literatura americana. No parece poca cosa.

3. Las universidades. En 1551, cuando todavía faltaban siglos para que nacieran muchas universidades actuales, la Monarquía Hispánica autorizó la fundación de las universidades de Lima y México. La de San Marcos continúa existiendo. Allí se enseñaron teología, derecho, filosofía y otras disciplinas. Es legítimo estudiar a quiénes llegaba aquella educación y a quiénes excluía, pero sería absurdo borrar de la historia esas instituciones porque no respondieran a nuestros criterios del siglo XXI.

4. El derecho y la discusión sobre la dignidad humana. En 1512 se promulgaron las Leyes de Burgos; en 1542, las Leyes Nuevas. Entre ambas fechas, teólogos y juristas discutieron los derechos de los indígenas y los límites del poder de los conquistadores. Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas y otros pensadores participaron en debates que contribuyeron al desarrollo del derecho de gentes. Las leyes fueron incumplidas muchas veces y no acabaron con la explotación, pero la existencia de aquellas controversias merece estudiarse, no esconderse.

5. La religión. La evangelización llevó el cristianismo a amplias regiones de América, donde arraigó y adquirió expresiones propias. Basta contemplar la devoción a la Virgen de Guadalupe en México o las celebraciones religiosas de tantos pueblos americanos. Hubo conversiones forzadas, destrucción de cultos y conflictos, desde luego. Pero también surgieron tradiciones religiosas, artísticas y comunitarias que siguen formando parte de la identidad de millones de personas. Negar esa herencia sería tan poco riguroso como negar los abusos.

6. El mestizaje y el nacimiento de nuevas sociedades. América no era un continente vacío esperando a que llegaran los españoles. Allí existían grandes civilizaciones, culturas y pueblos con sus propias lenguas, religiones y formas de organización. El encuentro fue muchas veces violento, pero también dio origen a sociedades mestizas, con aportaciones indígenas, europeas y africanas. La América hispana actual no es una simple reproducción de España: es el resultado de siglos de mezclas y transformaciones. Y esa diversidad constituye una de sus mayores riquezas.

7. La primera globalización. Antes de que existieran los aviones, internet o las compras por teléfono móvil, las rutas comerciales de la Monarquía Hispánica conectaban Europa, América y Asia. Desde 1565, el Galeón de Manila enlazó Filipinas con Nueva España, integrando mercancías, personas e ideas en una red transoceánica. Por aquellas rutas circularon sedas, porcelanas, plata y conocimientos. Incluso el mantón de Manila, tan asociado hoy a España, tiene su origen en esos intercambios con Asia.

8. La ciencia y el conocimiento. Las expediciones científicas permitieron ampliar el conocimiento europeo de la geografía, la flora y la fauna americanas, aunque muchos de esos saberes ya eran conocidos por los pueblos indígenas. La circulación de plantas como el maíz, la patata, el tomate o el cacao transformó la alimentación de distintas regiones del mundo. También se desarrollaron trabajos de cartografía, medicina y botánica. La historia de la ciencia no puede explicarse sin esos intercambios atlánticos.

9. El arte y el patrimonio. Desde las catedrales de México y Lima hasta el barroco americano, la arquitectura y las artes plásticas produjeron obras extraordinarias. Los artistas indígenas y mestizos no fueron meros espectadores: participaron activamente en la creación de estilos propios, incorporando técnicas, materiales y símbolos locales. Ciudades como Puebla, Quito o Cuzco conservan testimonios de esa historia. Celebrar su belleza no significa olvidar los edificios y culturas destruidos durante la conquista.

10. Una comunidad histórica que sigue viva. España y los países hispanoamericanos son hoy naciones soberanas, con trayectorias políticas distintas, pero comparten siglos de historia, una lengua mayoritaria y numerosos vínculos culturales, familiares y humanos. Sus escritores se leen mutuamente, sus artistas cruzan el Atlántico y millones de familias tienen raíces en ambas orillas. No hace falta idealizar el pasado para reconocer la dimensión extraordinaria de esa comunidad.

Naturalmente, hubo guerras, epidemias, explotación, esclavitud, injusticias y destrucción. Negarlo sería una falsificación histórica. Pero reducir más de quinientos años a esos episodios, prescindiendo de todo lo demás, también lo sería.

La Historia no es un tribunal en el que los vivos comparecemos para absolver o condenar indiscriminadamente a los muertos. Es una disciplina que exige estudiar, contextualizar y comprender. Y celebrar una herencia cultural no implica aprobar cada una de las acciones de quienes participaron en su formación.

Y ahora quisiera hacerles una última pregunta a todos esos que cada 12 de octubre proclaman, con tanta solemnidad como desconocimiento, que no hay nada que celebrar. ¿Qué le decimos a esa ecuatoriana que nos sonríe desde la caja de Mercadona? ¿Y a esa venezolana que cuida de nuestra madre cuando nosotros no podemos hacerlo? ¿Y al colombiano que conduce nuestro autobús, a la peruana que trabaja en el hospital o al argentino con el que compartimos una conversación sin necesidad de traductor?

¿Qué les decimos? ¿Que nuestra historia común es una vergüenza? ¿Que cinco siglos de lengua, cultura, mestizaje, arte, literatura y vidas entrelazadas no han servido para nada? ¿Que aquello que nos une es precisamente lo que deberíamos lamentar?

Porque el 12 de octubre no celebramos solamente lo que ocurrió en 1492. Celebramos también lo que nació de aquel encuentro, lo que sobrevivió a sus tragedias y lo que, más de quinientos años después, sigue uniéndonos.

Así que, la próxima vez que alguien me diga que el 12 de octubre no hay nada que celebrar, le invitaré a levantar la vista de sus consignas y mirar a su alrededor.

Porque lo que algunos se empeñan en negar en los libros de Historia, la vida se encarga de recordárnoslo cada día.

¿Nada que celebrar? Todo por celebrar.