Felipe IV en Fraga por Velázquez, 1644
Picotazos de historia
Felipe IV, el rey más mujeriego de España: sus amantes y sus numerosos hijos ilegítimos
Como buen hijo del barroco, la desmesura fue su medida, en lo personal y en lo sexual, en la gestión de su patrimonio y en lo religioso
El muy pálido rey don Felipe IV, que Dios guarde, tenía la tez quebrada y claros y apagados ojos. El pelo era de un tono rubio tirando a castaño; la mandíbula de «pila de agua bendita» –el prognatismo, la primera noticia de su llegada a España no es con los Habsburgo, sino con Raimundo de Borgoña–, que es característica de su linaje.
Pero continuemos con la descripción: fino el bigote con las puntas hacia arriba y del que cuidó con esmero toda su vida (usaba una bigotera de piel de perro, que eran las más cotizadas, para dormir). En lo físico, se desconoce cuánto medía.
Por las armaduras de la Real Armería se calcula que era persona alta, con una estatura que iría de 1,75 a 1,80 metros de altura. Tanto los cronistas como las correspondencias de los embajadores y enviados a la corte española mencionan que el rey tenía «buena planta» y que tanto en su hablar como en el moverse mostraba una gran elegancia sin afectación.
Felipe IV de castaño y plata por Velázquez
Y es que el rey Felipe IV había recibido una instrucción en la que no se descuidó la educación física a la par que la académica. Era considerado un buen jinete y un experimentado y ávido cazador capaz de rastrear una pista durante horas, ignorando la aspereza del monte o la dureza de la climatología.
Este individuo, quien en público se mostraba imperturbable y compuesto como vivo exponente de la dignidad de la monarquía y su representación en todo ceremonial, por dentro resultó ser un caldero en ebullición de apetitos sexuales.
Algunos recientes estudios, como los de Francisco Alonso-Fernández o el de Marta Robles, tratan a este personaje como un individuo con «un sexo adicto anónimo y promiscuo», en eterno conflicto entre su yo pecador y el sentido de culpa de su profunda religiosidad. Una paradójica tensión muy propia del barroco español.
En definitiva, que fue un hijo de su tiempo, con sus luces y sus sombras, con unas más opacas y otras más alargadas. Como buen hijo del barroco, la desmesura fue su medida, en lo personal y en lo sexual, en la gestión de su patrimonio y en lo religioso.
Del rey don Felipe IV se han contado tantas historias en relación con sus amoríos que nada tiene de extraño que nos hayan colado como ciertas invenciones como la famosa de las monjas del convento de San Plácido. El cuento nos narra que una joven novicia del mencionado convento, de nombre Margarita, para quitarse de encima las inoportunas atenciones que le dedicaba el rey, ideó que, cuando apareciera el rey en el convento, la encontrara muerta rodeada de cirios encendidos. Esta historia, muy repetida y con distintas variantes, es pura invención.
González Doria rebajó y puso en una más justa medida y relación el número de amantes e hijos que tuvo el llamado «rey planeta», a quien algunos autores ya situaban junto a Gengis Kan en cuanto a descendencia se refiere.
Don Felipe casó con Isabel de Borbón, hija del rey Enrique IV, en 1615. El novio tenía diez años y la novia trece. Felipe tendría ocho hijos con ella, de los que solo sobreviviría María Teresa, que casaría con su primo el rey Luis XIV.
En 1647 volvió a casar el rey Felipe IV, esta vez con su prima Mariana de Austria, hija del emperador Fernando III y de la infanta María Ana de Austria, hija de Felipe III de España. De su descendencia solo llegaron a la vida adulta Carlos II, último monarca del linaje de los Habsburgo españoles, y Margarita Teresa, a quien casarían con su tío el emperador Leopoldo I.
Por orden cronológico, a quien se considera la primera de sus amantes fue Catalina Manrique, hija de Antonio Manrique, marqués de Charela o, más correctamente, de Cirella en Italia. A esta Catalina muchos autores la llaman María y la hacen hija de un inexistente conde de Chirel. El dato cierto es que Catalina dio a luz un hijo en 1626, que fue reconocido por el rey Felipe IV y que recibió el nombre de Francisco Fernando Isidro de Austria. Este individuo sería inhumado en el panteón de infantes de El Escorial.
En 1628 nació otro hijo, esta vez fruto del vientre de doña Constanza de Ribera y Orozco, dama de la corte a quien el rey planeta hizo la ídem con gratos resultados. El fruto de la pasión acabaría renunciando a su reconocimiento paterno, privilegios y a la vida terrenal, entrando en religión y tomando el nombre de Alonso Enríquez de Santo Tomás. Acabó de obispo de Málaga.
Pasada la noticia del nacimiento, el rey ya había cambiado su interés y el nuevo centro de su atención era una actriz, bajita y resultona, llamada María Inés Calderón, alias «la Calderona». La dicha señora, individua de rompe y rasga, dio a luz en 1629 al futuro valido de la Corona, don Juan José de Austria, oficialmente reconocido por el rey, aunque no legitimado, que eso era muy complicado.
No acaba aquí la trayectoria amorosa de nuestro inquieto monarca. La siguiente que tuvo importancia como para constar fue Ana María de Uribiondo. Mujer de orígenes humildes de las proximidades de Bilbao, se desconocen los detalles de la relación. El hecho fue que la señora dio a luz un niño en 1638 a quien llamó Fernando y que tomaría el nombre de Fernando Valdés de Uribiondo.
Este don Fernando sentó plaza de militar y ascendió en la escala por mérito y experiencia. Maestre de campo, general de artillería, gobernador de Novara (en Milán) y luego en Gaeta (reino de Nápoles). Casó con Teresa di Capece, de noble familia napolitana. Don Fernando rendiría cuentas al buen Dios en el año de 1702 en la ciudad de Roma, que es buen lugar para hacer el tránsito.
Continuando con la prole del rey planeta, tuvo una hija que terminó en el convento de las Agustinas Recoletas con el nombre de Ana Margarita de San José. La niña nació en 1641, fruto de las relaciones de una dama de la corte llamada Margarita de Sasi, de la que todos elogian su gran discreción.
Le sigue, en 1642, Alonso Antonio de San Martín, que también entró en vida religiosa y que fue el producto de las relaciones del fogoso rey con una dama de la corte llamada Mariana de Aldana.
Estos que he mencionado está demostrado que fueron hijos de Felipe IV fuera del matrimonio; además, están reconocidos por él bien directamente, bien de manera indirecta al hacerse cargo de sus gastos de crianza y educación y favorecerlos posteriormente.
Fuera de este escaso grupo hay una multitud de nombres que ya entonces se barajaban como producto de los ilícitos amores del monarca. Dentro de sus matrimonios nacieron entre once y trece (hay algunas dudas de la veracidad de algunos embarazos, según los autores), pero fuera del legítimo lecho las cifras se disparan, según el rumor popular. De una manera u otra, al día de hoy sigue siendo el monarca más prolífico que ha tenido la monarquía hispana.