Luis E. Íñigo

Tierra y mar

Nuestra tierra tiene algo de ambos extremos. Pero, por más que les doliera a los viejos historiadores liberales, que solían comenzar sus crónicas patrias exaltando la riqueza natural de España

Mucho se habla de historia, pero poco de la relación de la geografía con la historia, sobre todo en el caso de España. ¿Cómo han influido en nuestro devenir histórico las características de la península Ibérica, nuestro hogar natural? ¿Qué factores geográficos contribuyen a explicar la presencia de fuerzas o tendencias persistentes a lo largo del tiempo?

Consideraba Arnold Toynbee, y no sin razón, que el medio desempeña un papel fundamental en la historia de los pueblos, pero en última instancia son estos quienes labran su éxito o su ruina. Sostenía el historiador británico en su Estudio de la historia que aquellas sociedades que habitaban territorios demasiado generosos carecían de incentivos para el progreso y, sin necesidad alguna de esforzarse, terminaban por caer en el estancamiento.

Por el contrario, si el medio era lo bastante exigente para requerir de los hombres un esfuerzo de ingenio y organización, y lo bastante generoso para recompensar después ese esfuerzo, el progreso de los pueblos se aceleraba hasta extremos insospechados, como fue el caso de Mesopotamia y Egipto.

Nuestra tierra tiene algo de ambos extremos. Pero, por más que les doliera a los viejos historiadores liberales, que solían comenzar sus crónicas patrias exaltando la riqueza natural de España, no es la península Ibérica un lugar bendecido por la naturaleza de manera excepcional. Llama la atención de ella en primer lugar su situación periférica en el Mediterráneo y su nítida separación del continente, remarcada no solo por el consiguiente istmo, sino por una de las cadenas montañosas más elevadas de Europa, causante de la frase tan tristemente famosa del monarca francés Luis XIV «África empieza en los Pirineos».

Uno y otro factor tuvieron, sin embargo, importancia más bien escasa. La occidentalidad extrema de Iberia no impidió que llegaran hasta ella, atraídos por la riqueza mineral de su subsuelo, los pueblos más avanzados de la Edad Antigua, que, a la vez que expoliaban la plata, el oro o el cobre, enriquecían con sus conocimientos la forma de vida indígena y contribuían a incorporarla a la marcha general del progreso histórico. Llegó también puntual el cristianismo, segundo gran pilar de la identidad europea junto a la tradición clásica, y dio pronto esta tierra los primeros santos y los primeros herejes. Y respecto a los Pirineos, sus imponentes cumbres, separadas de tanto en tanto por insolentes valles, no pudieron impedir un tránsito casi continuo de gentes y de ideas desde el principio de nuestra historia.

Así, a través de ellos llegaron a la península las culturas indoeuropeas de la Edad del Hierro, las invasiones germánicas, la benéfica influencia de los peregrinos atraídos por la devoción jacobea, y la vocación europeísta y cristiana del imperio carolino. A caballo de los valles pirenaicos pintaron los hombres del Magdaleniense las cuevas de Lascaux y las de Altamira; conservaron catalanes y vascos los lazos culturales que les vinculaban con sus hermanos del otro lado, ora compartiendo, ora sin compartir las mismas entidades políticas; trataron los carolingios de asegurar su frontera meridional frente a la amenaza musulmana, y preservó durante siglos la Monarquía hispánica su señorío sobre el Rosellón y la Cerdaña. Frontera natural de magnífica contundencia, por tanto, pero también frontera permeable que no impidió nuca el flujo de personas y de ideas, han separado a España de Europa los Pirineos, pero sin aislarla.

Mayor protagonismo puede reclamar en nuestra historia el mar. Mediterráneo y Atlántico envuelven a Iberia por los cuatro puntos cardinales, imponiendo a sus pueblos un destino marinero del que nunca han podido zafarse. La comunicación por mar ha sido durante milenios más rápida y eficaz que por tierra, lo que ha hecho de los puertos receptores primeros de toda innovación y crisoles de lenguas y culturas. Por ello fueron el Levante y el Sur pioneros en aprender a cultivar la tierra, a criar el ganado y a modelar vasijas, y sus valles contemplaron los primeros poblados estables. El metal se rindió allí primero a las manos hábiles de los artesanos y los primeros jefes labraron en la piedra de sus tumbas monumentos a su poder y vanidad. Vieron sus costas las primeras velas de los señores de la púrpura y las de sus herederos africanos, y ondearon a sus vientos los penachos emplumados de los hijos de la Hélade.

Después, pasados muchos siglos, los catalanes devolverían la visita paseando la senyera desde Cerdeña a Atenas, y el «Desperta, ferro» de sus almogávares heriría los oídos sensibles y decadentes de los bizantinos. Pero, sobre todo, castillos y leones cruzarían el océano, aniquilando un mundo y edificando sobre sus ruinas no uno nuevo, y no mera copia del antiguo, y alimentando con la plata arrancada a sus entrañas un sueño europeo, católico e imperial cuyo peso insoportable terminaría por sepultar a la España naciente.

Pero no cabe dejar en el olvido a la vieja África, cuya vecindad estrecha ha hecho de Iberia tierra de paso obligado entre continentes, camino de continuas migraciones de pueblos, desde los vándalos a los musulmanes, y guardiana forzada de la puerta del Mediterráneo. Posición estratégica privilegiada como pocas, nunca don gratuito, ha cargado sobre nuestras espaldas responsabilidades que pocas veces hemos estado dispuestos a asumir.

Abandonada en pro de la aventura americana la cuerda política norteafricana del Rey Católico, revivida sólo de manera discontinua en siglos posteriores, y amputado el territorio de la roca estéril pero valiosa de Gibraltar, fue después el protectorado marroquí más un regalo envenenado de las potencias recelosas de la presencia británica a ambos lados del estrecho que una vocación sentida por un pueblo acostumbrado a recelar de sus vecinos del sur. Y así sucede hoy, una vez más, cuando tantas voces se muestran dispuestas a responder con el desdén o incluso la violencia a la esperanza de millones de personas que ven en Europa su tierra prometida. Este será, sin duda, uno de los retos a los que habremos de enfrentarnos, por más que miremos hacia otro lado, en el inmediato futuro.

  • Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación.