El instante decisivoFernando Quintela

París, Milán, Madrid: el riesgo de una generación que deje de pensar por sí misma

La cultura no se hereda como el color de los ojos ni se adquiere por proximidad. Hay que conquistarla, y eso exige tiempo, esfuerzo y una disposición que ninguna tecnología puede sustituir

París, Milán, Madrid: el riesgo de una generación que deje de pensar por sí mismaFernando Quintela

Una recién nacida, Martina, duerme sobre una manta, acomodada entre libros de fotografía, novelas, biografías y carpetas de documentos... Parece una escena preparada para confiar en la transmisión del conocimiento por ciencia infusa, como si las ideas pudieran atravesar las tapas de los libros y empezar a arrugar el cerebro de la pequeñita, en una cabeza de quien todavía no sabe interpretar más allá del instinto.

Me gustaba imaginar que Martina, o Mauro, su hermano mayor, despertarían convertidos en personas curiosas, capaces de hacerse preguntas antes de aceptar respuestas. Pero la cultura no funciona así; no se hereda como el color de los ojos ni se adquiere por proximidad. Hay que conquistarla, y eso exige tiempo, esfuerzo y una disposición que ninguna tecnología puede sustituir.

La fotografía está construida alrededor de una contradicción. La niña, recién nacida, vulnerable y luminosa, ocupa el centro de una arquitectura de conocimientos acumulados. Los libros forman dos grandes bloques verticales que la protegen y a la vez amenazan con sepultarla. A la izquierda, volúmenes inclinados introducen una diagonal; arriba, una estantería horizontal cierra el espacio; a la derecha, carpetas y documentos completan una especie de habitación dentro de otra.

El blanco y negro elimina cualquier distracción cromática y concentra la atención en la piel, la textura de la manta y los lomos de los libros. La luz acaricia a Martina mientras el resto permanece en una penumbra que recuerda la fotografía doméstica de mediados del siglo pasado.

Cartier-Bresson habría encontrado aquí un instante decisivo diferente al de sus escenas callejeras. No existe una acción irrepetible, un salto sobre un charco o una coincidencia geométrica que desaparece en una fracción de segundo. El momento decisivo está todavía por llegar y será cuando esta niña tenga que elegir entre comprender el mundo o limitarse a consumirlo. Entre aprender a pensar o dejar que otros piensen por ella.

La pregunta adquiere especial significado en una época en la que las pantallas compiten por nuestra atención. No significa que los jóvenes hayan dejado de leer por completo, ni que todo conocimiento digital sea superficial, pero no se puede negar que el consumo de imágenes, mensajes y vídeos es el enemigo de la lectura. Leer exige permanecer; deslizar el dedo permite escapar. Y acostumbrarse a escapar de cualquier dificultad puede acabar convirtiéndose en una manera de enfrentarse a la vida.

El problema no es únicamente una impresión generacional. Los resultados de PISA 2022 mostraron un retroceso enorme de la comprensión lectora en España respecto a 2015, y un 33 % de los estudiantes españoles declaró distraerse utilizando dispositivos digitales durante las clases de matemáticas, por ejemplo.

La tecnología ofrece posibilidades extraordinarias, pero también puede dificultar aquello que necesita cualquier aprendizaje profundo: atención sostenida. Confundimos lo que debe ser un aliado con una solución sencilla y rápida.

En este declive de la cultura, mientras tanto, las calles europeas vuelven a llenarse de manifestantes. París está viviendo graves disturbios surgidos en protestas estudiantiles por las condiciones educativas, a las que se incorporaron reivindicaciones sobre el coste de vida, los servicios públicos y antiguos movimientos como los chalecos amarillos.

En Milán, movilizaciones por la inflación terminaron también en enfrentamientos y destrozos. En Madrid, la Puerta del Sol ha acogido protestas por la vivienda. Son conflictos diferentes, con causas legítimas que merecen respuestas, pero no se puede buscar esa solución incendiando ciudades y saqueando comercios.

Una reivindicación justa no convierte en justo cualquier procedimiento. ¿Qué educación defendemos cuando incendiamos un centro educativo? ¿Qué prosperidad puede construirse saqueando el comercio de alguien que también sufre dificultades? Manifestarse es un derecho; destruir lo que pertenece a los demás no es una extensión de ese derecho. Recordemos, además, que algunos manifestantes ejercen pacíficamente su libertad y que los actos violentos no dejan que esa minoría alce la voz.

Hablando de cultura, pienso en Sócrates, que convirtió la pregunta en instrumento de conocimiento, y en Séneca, para quien aprender debía servir también para gobernarse a uno mismo. Pienso en Cervantes, capaz de mostrarnos cómo una lectura puede transformar nuestra interpretación de la realidad, y en Hannah Arendt, que estudió las consecuencias de renunciar al juicio personal. Ninguno ofrece soluciones a la inflación, la vivienda o la integración, pero todos enseñan algo necesario para discutir esos problemas: distinguir, razonar y aceptar que la realidad es más compleja que una consigna.

Vuelvo a Martina. Su sueño parece profundo, ajeno a las discusiones de quienes algún día decidirán sobre su educación, su trabajo o su futuro. A su alrededor hay conocimientos que necesitaron siglos para escribirse y experiencias que otras personas quisieron conservar para quienes vinieran después. La fotografía tiene algo de promesa, pero también de advertencia: los libros pueden acompañarnos toda la vida sin que aprendamos absolutamente nada de ellos.

No sabemos qué mundo encontrará cuando despierte a la edad adulta, pero sí sabemos que necesitará herramientas para comprenderlo, discutirlo y transformarlo. Porque se puede descansar entre ideas, como ella descansa ahora entre libros, y se puede despertar con alguien quemando ese colchón.

La cultura no garantiza que una sociedad acierte. Pero le proporciona algo imprescindible: la capacidad de reconocer cuándo se está equivocando.