Tanque soviético destruido en las calles de Budapest durante la Revolución húngara de 1956

Los 100.000 españoles que Franco quiso enviar a combatir contra los soviéticos en Hungría

Durante la revolución húngara de 1956, mientras Occidente condenaba la invasión soviética sin intervenir militarmente, Franco planteó enviar hasta 100.000 voluntarios españoles para apoyar a los sublevados. Las dificultades logísticas y la negativa de los países de tránsito frustraron la iniciativa

La Revolución húngara de 1956 constituyó la primera gran grieta para el aparentemente invulnerable coloso soviético. La evolución de la URSS tras la muerte de Stalin en 1953 había despertado esperanzas de apertura en los pueblos subyugados bajo la bota comunista.

Las manifestaciones populares en Alemania Oriental y Polonia en demanda de mejoras de las condiciones de vida y de espacios de libertad habían causado problemas a los gobiernos vicarios de las «democracias populares», pero habían sido reprimidas sin contemplaciones por los poderes locales. El caso de Hungría fue diferente.

En octubre de 1956, el desencanto del pueblo húngaro con su régimen llegó a un punto de no retorno. La ineficacia de la economía, las limitaciones a la libertad de expresión, la persecución religiosa y la brutalidad de la policía política se habían hecho insufribles.

Los universitarios y los periodistas fueron la punta de lanza de una creciente agitación que culminó con manifestaciones masivas. La tarde del 23 de octubre, los manifestantes echaron abajo la estatua de Stalin e intentaron entrar pacíficamente en la radio pública. Los disparos de la policía política, que protegía el edificio, desataron una violencia que se volvió contra el Gobierno.

Manifestantes anticomunistas y nacionalistas colocan una bandera nacional húngara sobre los restos de una estatua demolida de Stalin

Algunos soldados enviados como refuerzo arrancaron las estrellas rojas de sus gorros y se unieron a los manifestantes, dando comienzo a combates que se fueron extendiendo por toda la ciudad de Budapest ante la creciente impotencia del Gobierno comunista y la escasa reacción de las tropas rusas presentes en Hungría.

El día 25, el Gobierno comunista huyó a la Unión Soviética, mientras los combates se extendían a lo largo y ancho de la República de Hungría.

Se creó un Gobierno provisional, al frente del cual se colocó a un comunista reformista, Imre Nagy, que prometió acceder a los deseos de los manifestantes, incluyendo elecciones democráticas y la neutralidad de Hungría, con la salida del país del Pacto de Varsovia. Era más de lo que el Gobierno de Moscú podía aceptar.

Sus dirigentes decidieron aplastar la revolución húngara, con el apoyo de los restantes gobiernos comunistas.

El 4 de noviembre, tres ejércitos soviéticos, con 17 divisiones y millares de tanques y vehículos blindados, invadieron Hungría. Encontraron la firme resistencia de una población valerosa y dispuesta a la lucha. Durante una semana, los húngaros combatieron contra fuerzas inmensamente superiores a base de barricadas, cócteles molotov y las escasas armas disponibles.

Pagaron un tremendo tributo de sangre y represión, pero consiguieron poner de relieve la brutalidad del sistema comunista ante todo el que quisiera verlo.

Una muchedumbre vitorea a las tropas nacionalistas húngaras en Budapest

Los húngaros pretendieron por todos los medios buscar apoyos internacionales para su lucha. La Asamblea General de las Naciones Unidas condenó por amplia mayoría la agresión soviética. Los países occidentales, de los que se esperaba ayuda, expresaron también su más enérgica reprobación. Pura retórica.

Prácticamente nadie movió un dedo en apoyo de Hungría, salvo para acoger a la catarata de refugiados que se produjo, bastante más de 200.000. Además, los principales países de Occidente se hallaban envueltos en el laberinto de la crisis de Suez, que desacreditó para siempre el imperialismo colonial.

En la práctica, solo hubo una excepción: España, que resultó ser uno de los países que más se implicaron en el conflicto. A pesar de la lejanía y de las escasas relaciones con el país magiar, la agresión soviética provocó hondas emociones en España. Aquella rebelión contra el comunismo causó gran entusiasmo y una intensa solidaridad.

Influyó bastante en esta corriente el carácter católico de Hungría y la simpatía que despertaba la figura del valeroso cardenal Mindszenty, opositor implacable al nazismo y al comunismo. Condenado a una durísima cadena perpetua tras ser brutalmente torturado, fue liberado por los revolucionarios.

Mindszenty pronunciando un discurso durante el levantamiento popular del 1 de noviembre de 1956

Tras la represión, tuvo que buscar refugio en la Embajada norteamericana, en la que languideció los siguientes 15 años. Recuerdo que en mi familia se rezaba por él.

Pero la iniciativa más sorprendente partió del Gobierno español. Franco decidió aprovechar la ocasión para presentarse como un adalid del anticomunismo y así conseguir alinearse con los países occidentales mediante una propuesta de intervención militar.

Se planteó enviar a Hungría un contingente voluntario de hasta 100.000 hombres, contando inicialmente con los exiliados húngaros en España y estudiantes.

En algunas universidades, como la de Valladolid, el SEU planteó la organización de banderines de enganche, ante el entusiasmo de los universitarios por la causa húngara. También se ofreció enviar armamento y munición a los rebeldes.

Todas estas iniciativas fracasaron por la excesiva distancia para las aeronaves y la negativa de los países de tránsito a dejar paso libre a la ayuda militar. Finalmente, solo se consiguió permiso para enviar ayuda humanitaria.

Se concretó mediante el envío de un tren cargado de arroz desde Valencia. Luego vino la acogida de los exiliados húngaros.

Entre ellos, los jugadores de un equipo de fútbol, el Honvéd, que se encontraban en Bilbao para una competición internacional. Entre ellos se hallaba el genial Puskás, que tantas alegrías proporcionó a nuestros aficionados.

El Partido Comunista de España, aquel de la Pasionaria y Carrillo, respaldó decididamente la represión soviética.