El misterioso «souvenir» romano hallado en una tumba prehispánica de México que desconcierta a los arqueólogos

El misterioso «souvenir» romano hallado en una tumba prehispánica de México que desconcierta a los arqueólogos

En 1933, durante unas excavaciones en el corazón de México, apareció una figurilla que décadas después fue identificada como una obra romana de los siglos II o III d. C

¿Cómo puede una pequeña cabeza de terracota poner en jaque casi un siglo de investigaciones arqueológicas? Pocas piezas han logrado mantener abierta una incógnita durante tanto tiempo. En 1933, durante unas excavaciones en el corazón de México, apareció una figurilla que décadas después fue identificada como una obra romana de los siglos II o III d. C.

Desde entonces, arqueólogos e historiadores han intentado explicar cómo una pieza de esas características pudo acabar en el interior de una tumba prehispánica. Casi cien años después, el caso de Calixtlahuaca continúa siendo uno de los grandes enigmas de la arqueología.

Reconstrucción artística del mercado prehispánico en la antigua ciudad de Calixtlahuaca, al pie del cerro TenismoUniversidad de Cambridge

El hallazgo se produjo en la antigua ciudad de Calixtlahuaca, situada en el actual valle de Toluca, a unos sesenta kilómetros de Ciudad de México. Entre los siglos XII y XV fue uno de los principales centros de la cultura matlatzinca, un pueblo que desarrolló una importante red comercial y un destacado centro ceremonial antes de ser conquistado por el emperador mexica Axayácatl hacia 1476.

La ciudad pasó entonces a integrarse en el Imperio mexica, aunque buena parte de sus tradiciones y de su cultura material continuaron presentes durante generaciones.

Entre 1930 y 1938, el arqueólogo mexicano José García Payón dirigió varias campañas de excavación en Calixtlahuaca. Los trabajos permitieron documentar templos, plataformas ceremoniales, viviendas, enterramientos y numerosos objetos relacionados con la vida cotidiana de sus antiguos habitantes.

En una de aquellas excavaciones apareció una ofrenda compuesta por piezas de cobre, cristal de roca, conchas, cerámicas y otros materiales propios del contexto arqueológico. Todo parecía encajar hasta que, entre aquel conjunto, apareció un pequeño fragmento de barro cocido que no guardaba semejanza con ninguna de las demás piezas recuperadas.

El arqueólogo e investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia José Garcia Payón

La figurilla representaba una cabeza masculina con barba, nariz prominente y un peinado completamente ajeno a las representaciones habituales del mundo mesoamericano. Sus rasgos tampoco recordaban a la fisonomía de los pueblos indígenas que habían habitado la región, lo que despertó inmediatamente el interés de los investigadores.

Años después, varios especialistas en arte clásico, entre ellos Robert von Heine-Geldern, Ernst Boehringer y Bernard Andreae, estudiaron la pieza y llegaron a una conclusión que sorprendió a la comunidad científica: sus características encajaban con una producción romana de época severa, fechable entre los siglos II y III d. C.

Si aquella identificación era correcta, el hallazgo planteaba un problema difícil de explicar. La pieza pertenecía a una cultura separada por más de un milenio y por un océano entero del lugar donde había aparecido.

Durante décadas, el debate giró en torno a esa atribución estilística, hasta que, finalmente, en 1995, la cabeza fue sometida a una prueba de termoluminiscencia, un método de datación que permite conocer cuándo fue cocida una pieza cerámica.

El análisis confirmó que la terracota era antigua y descartó que se tratara de una falsificación moderna. La cronología obtenida abarcaba un periodo amplio, aunque resultaba compatible con la datación propuesta para una pieza romana y, al mismo tiempo, alejaba su fabricación de la cronología propia del mundo prehispánico.

El origen de la figurilla parecía cada vez más claro; lo que seguía siendo un misterio era el camino que había recorrido hasta llegar a Calixtlahuaca.

Los expertos observaron posteriormente que su barba y peinado se asemejaban al arte romano de los siglos II o III d. C.

Lejos de cerrar el caso, aquel estudio dio un nuevo impulso al debate. La principal cuestión pasó a ser otra: determinar si la cabeza había formado parte del enterramiento desde el momento de su depósito o si había llegado allí por alguna circunstancia posterior.

Hay investigadores que consideran fiable el contexto arqueológico documentado por García Payón. Otros recuerdan que la excavación se realizó siguiendo los criterios habituales de la década de 1930, muy diferentes de los actuales. La escasez de fotografías tomadas durante el hallazgo y la documentación incompleta sobre la estratigrafía han llevado a arqueólogos como Michael E. Smith a reclamar prudencia antes de dar por segura la asociación entre la figurilla y la tumba.

A partir de ahí, han surgido distintas explicaciones. Algunos autores creen que la pieza pudo mezclarse accidentalmente con otros materiales durante las excavaciones; otros plantean que pudo llegar a México en época colonial y acabar incorporándose al enterramiento por causas desconocidas. También se ha sugerido una introducción deliberada, incluso como una broma, aunque no existe ninguna prueba que respalde esa posibilidad.

La hipótesis de un contacto transoceánico anterior a Colón también ha aparecido en numerosas ocasiones, pero hasta ahora carece de evidencias arqueológicas que permitan sostenerla.

Hay, sin embargo, varios hechos difíciles de discutir. La cabeza existe, no es una falsificación moderna y la mayor parte de los especialistas que la han estudiado coinciden en que responde a modelos propios del arte romano. Lo que nadie ha conseguido explicar de forma convincente es el recorrido que siguió esa pequeña pieza hasta terminar en una tumba de Calixtlahuaca.

Quizá por eso este caso sigue despertando tanto interés entre los arqueólogos. La posibilidad de que los romanos llegaran a América continúa sin contar con ninguna prueba sólida y este hallazgo, por sí solo, no permite sostener esa idea.

Lo que sí demuestra es que todavía existen preguntas abiertas incluso en yacimientos excavados hace casi un siglo. La historia de la cabeza de Calixtlahuaca recuerda que un hallazgo arqueológico puede conservar sus secretos durante generaciones y que, en ocasiones, la ausencia de documentación resulta tan decisiva como el propio objeto descubierto.