La apariencia actual del Augusto de Prima Porta (en mármol blanco) y una propuesta de reconstrucción de su policromía original basada en estudios arqueológicos y científicos
Las estatuas griegas y romanas no eran blancas: así eran realmente las esculturas de la Antigüedad
Nos cuesta imaginar una Venus de Milo que no sea blanca casi tanto como imaginarla con brazos. Hoy sabemos que las estatuas de la Grecia y Roma estaban pintadas. ¿Cómo podemos saber de qué color eran? ¿Es posible volver a verlas como fueron en la Antigüedad?
Cuando pensamos en la Antigüedad clásica, probablemente la imaginamos en blanco. Mármol blanco, columnas blancas, bustos blancos y estatuas blancas. Vemos a las cariátides sosteniendo serenamente el Erecteion, a los dioses inmóviles bajo el sol de Atenas y a los emperadores romanos contemplando desde sus pedestales.
Esa imagen de la Antigüedad ejerció una enorme influencia sobre el arte europeo. Durante el Renacimiento, artistas y arquitectos volvieron la mirada hacia Grecia y Roma en busca de modelos de belleza, proporción y armonía.
Siglos después, el neoclasicismo hizo de nuevo de aquellas formas una fuente de inspiración: columnas, templos, cuerpos desnudos y esculturas de mármol blanco pasaron a representar, casi por sí mismos, el ideal de lo clásico. También las películas sobre el Imperio romano, desde Quo vadis o Espartaco a Gladiator, han mostrado así Roma.
El problema es que los antiguos probablemente no habrían reconocido del todo esa imagen, porque la mayoría de aquellas esculturas estaban pintadas.
Recreación de la estatua de Artemisa hallada en Pompeya donde se observaron numerosos restos de color en la piel y la ropa
El primero en sospecharlo fue Johann Joachim Winckelmann. En 1762, durante su visita a Nápoles, contempló una pequeña Artemisa hallada en Pompeya que aún conservaba restos visibles de pintura. Aunque creyó inicialmente que era etrusca, precisamente por su policromía, terminó utilizando aquella estatua como evidencia de que la escultura antigua había sido coloreada. Sin embargo, esta visión no terminó de calar en el imaginario popular.
Pero el color no se limitaba a la pintura. En las esculturas también podían insertarse materiales como oro, plata, esmalte, nácar y vidrio para resaltar determinados rasgos o partes del cuerpo, por ejemplo, los ojos. Asimismo, mármoles de colores y piedras como el ónix o el alabastro, con sus vetas y transparencias, se empleaban en algunas prendas y elementos para crear efectos más lujosos.
Las investigaciones de las últimas décadas han permitido reconstruir parte de este aspecto perdido de la escultura antigua. Exposiciones como Gods in Color, presentada por primera vez en 2003 por el arqueólogo alemán Vinzenz Brinkmann, han mostrado réplicas policromadas de grandes obras clásicas.
Reconstrucción experimental del color de un torso de mármol de la Acrópolis de Atenas, Liebieghaus Frankfur
Brinkmann empezó en los años 80 fotografiando esculturas con luz ultravioleta para localizar restos de policromía que no eran visibles a simple vista. Después fue combinando varias técnicas: microscopía, luz rasante, fotografía multiespectral y análisis químicos de los pigmentos.
La luz rasante es especialmente interesante: al iluminar la superficie casi de lado, las pequeñas diferencias de erosión entre zonas que estuvieron pintadas y zonas que quedaron desnudas pueden producir lo que llaman «sombras de color». Además, las partículas de pigmento pueden sobrevivir microscópicamente en grietas, pliegues y zonas protegidas.
Una de las estatuas que más nos cuesta imaginar policromada es el célebre Augusto de Prima Porta, conservado hoy en los Museos Vaticanos. La escultura representa al emperador idealizado, en una pose característica de un orador romano, y probablemente estuvo originalmente pintada.
Reconstrucción parcial policromada del «Sarcófago de Alejandro»
Sin embargo, apenas quedan restos de pigmento: parte se perdió durante los siglos que permaneció enterrada y otra desapareció con el paso del tiempo y las limpiezas posteriores. Para reconstruir su aspecto original, los investigadores han recurrido tanto a antiguas acuarelas como a técnicas científicas.
En 1999, durante la limpieza de la estatua, se confirmaron nuevos indicios de policromía. Los Museos Vaticanos realizaron entonces una réplica coloreada según una de las reconstrucciones propuestas. No obstante, su aspecto ha generado debate entre los especialistas, ya que algunos consideran que los colores son demasiado intensos y que existen diferencias importantes respecto al original. El misterio, por tanto, no está completamente resuelto.
Una última curiosidad: aunque «policromía» procede de las palabras griegas polýs, «mucho», y chrôma, «color», el término con el que hoy describimos el uso de varios colores en la escultura antigua también se acuñó hace pocos siglos. Así que, paradójicamente, hasta la propia palabra con la que describimos este aspecto de la escultura clásica es bastante más moderna que las esculturas a las que se refiere.