El instante decisivoFernando Quintela

Las sillas vacías del poder: cuando dimitir no basta para asumir responsabilidades

La actualidad proporciona nombres concretos a esa imagen. Uno d ellos es Óscar Puente, que anunció su dimisión el 3 de noviembre y renunció también a encabezar la candidatura socialista por Valladolid. Lo hizo después del accidente ferroviario de Urda, con 69 fallecidos, alegando (en un ejercicio sobresaliente de cinismo) dignidad política y empatía con las víctimas

Las sillas vacías del poder: cuando dimitir no basta para asumir responsabilidadesFernando Quintela

Una silla abandonada en una orilla de la Albufera valenciana. Nadie sentado, nadie esperando, nadie en sus alrededores que parezca dispuesto a regresar. Tiene un cojín gris, una tela rosada sobre el respaldo y cuatro patas apoyadas en la tierra. Detrás crecen las cañas. Sobre ellas, un cielo azul atravesado por nubes blancas. La silla está preparada para recibir a alguien, pero permanece vacía; hay ausencias que cuentan más que cualquier presencia.

La fotografía está construida alrededor de la luz. Una iluminación lateral, intensa y relativamente baja en un domingo de invierno recorta el respaldo, descubre la textura de la madera y proyecta una sombra larga sobre el camino. El sol ilumina el asiento y deja buena parte de la vegetación sumida en una penumbra. El contraste es duro. El azul saturado del cielo y el rosa apagado de la tela rompen la monotonía de los tonos de la tierra. La silla, ligeramente desplazada hacia la derecha, se convierte en el centro visual sin necesidad de ocupar el centro geométrico (los tercios de siempre).

Las verticales de las patas dialogan con los tallos del cañizar; las diagonales de las sombras introducen profundidad y conducen la mirada fuera del encuadre. Hay algo de la luz mediterránea de Sorolla, aunque sin sus figuras bañándose, sus vestidos blancos o sus playas luminosas. Aquí la luz encuentra un objeto vulgar y lo transforma durante unos segundos en algo central, pero sin pretensiones. Sorolla pintaba la vida bajo el sol y esta fotografía muestra lo que sucede cuando la vida parece haberse marchado.

La silla vacía también es una imagen política. Durante las últimas semanas, las dimisiones y los relevos en la Administración han vuelto a situar sobre la mesa una cuestión que demasiadas veces se confunde con la simple sustitución de nombres: qué significa asumir responsabilidades y qué ocurre cuando quien abandona un puesto deja detrás un problema que continúa sin resolverse.

La actualidad proporciona nombres concretos a esa imagen. Óscar Puente anunció su dimisión el 3 de noviembre y renunció también a encabezar la candidatura socialista por Valladolid. Lo hizo después del accidente ferroviario de Urda, con 69 fallecidos, alegando (en un ejercicio sobresaliente de cinismo) dignidad política y empatía con las víctimas. Al día siguiente presentó su renuncia Luis Pedro Marco de la Peña, presidente de Adif.

Días antes había dejado su puesto Montse Mínguez, portavoz del PSOE, tras las informaciones sobre la actividad inmobiliaria de su pareja. Francisco Martín, delegado del Gobierno en Madrid, también se levantó de su silla para no volver, después de quedar fuera de las listas electorales. Y, a finales de septiembre, hizo lo propio el delegado del Gobierno en Ceuta, Miguel Ángel Pérez Triano, por supuestamente haber permitido por omisión el asalto de Ceuta por parte de más de 80.000 marroquíes.

Son salidas por motivos diferentes, que no conviene confundir, pero salidas al fin y al cabo por motivos negligentes. Sillas que estaban ocupadas físicamente pero vacías en su contenido.

La dimisión de Puente plantea una cuestión que trasciende su persona. ¿Qué responsabilidad tenía desde su silla? La dirección política del transporte ferroviario, la definición de prioridades, la supervisión de las entidades dependientes del Ministerio y la obligación de exigir resultados. El presidente de Adif tenía responsabilidades ejecutivas sobre la gestión de la infraestructura, su mantenimiento y los sistemas de circulación. Los responsables técnicos y presupuestarios debían convertir las inversiones aprobadas en actuaciones verificables.

Aunque ninguna de esas funciones significa culpabilidad automática en un accidente, todas deben someterse a examen cuando falla la seguridad. Ahí llegarán los tribunales.

Hay otras sillas que apenas aparecen en las fotografías oficiales: las de los controladores ferroviarios. Son puestos que deben permanecer atendidos mientras circulan los trenes. Quienes trabajan allí necesitan turnos adecuados, descansos, formación y sistemas capaces de detectar y contener errores humanos.

Desde hacía tiempo se venía advirtiendo de las jornadas excesivas y de la mala remuneración de estos profesionales y debemos exigir que se examinen las condiciones laborales, las plantillas, los protocolos y las barreras tecnológicas y psicológicas que deberían impedir que una decisión equivocada termine en tragedia.

Para eso existe el progreso. Un sistema de seguridad moderno no debería depender de que una persona sea infalible durante toda su jornada; ese sistema debe anticipar el error, advertirlo y, cuando sea posible, impedir sus consecuencias. La responsabilidad del gestor consiste también en comprobar que esas defensas funcionan, que los presupuestos se ejecutan y que los trabajadores disponen de recursos suficientes; repito, la responsabilidad del gestor.

Somos humanos; que levante la mano el que no haya fallado alguna vez.

El 29 de noviembre, las elecciones generales pueden dejar vacías centenares de sillas. Unas cambiarán de ocupante; otras conservarán a quien las ocupa. La democracia permite esas sustituciones, pero no garantiza por sí sola la competencia de los elegidos. Una silla puede tener un culo en ella sentado y seguir vacía de dirección, experiencia y responsabilidad.

Antes de irme regreso a la Albufera. La luz continúa cayendo sobre la madera y la sombra se prolonga por el camino. No sabemos quién utilizó aquella silla ni por qué la abandonó y tampoco importa; su ausencia permite imaginar a quien debería estar allí.

Hay sillas que nunca volverán a ocuparse de la misma manera: las que quedan vacías en las casas después de una muerte. Las familias de las víctimas ferroviarias conocen ahora esa ausencia irreversible. Frente a ella, cualquier renuncia política resulta pequeña.

Las sillas del poder deben poder quedarse vacías. Las de quienes han muerto por un fallo que pudo evitarse nos obligan a averiguar por qué.