Irán y los falsos amigos de Occidente
Trump cometería un grave error estratégico si atendiera las peticiones de Turquía y Arabia Saudí para frenar cualquier acción decisiva frente al régimen iraní. Las razones de esas presiones no responden a la estabilidad regional ni a los intereses occidentales, sino a la autopreservación de sistemas autoritarios que temen verse reflejados en el espejo de un Irán libre
Iraníes se congregan mientras bloquean una calle durante una protesta en Teherán, Irán
La situación que se está desarrollando en Irán está dejando al descubierto una verdad incómoda para las democracias occidentales: no todos los actores que se presentan como aliados comparten ni los valores ni los intereses de Occidente. Algunos de los que hoy reclaman contención o neutralidad frente al debilitamiento del régimen islamista iraní lo hacen, precisamente, porque temen las consecuencias positivas de su posible caída.
La población persa constituye una de las civilizaciones más antiguas, sofisticadas y culturalmente ricas del mundo. Durante milenios, Persia fue un polo de conocimiento, comercio y refinamiento político. Sin embargo, desde la revolución islámica de 1979, esa herencia ha quedado oscurecida por un régimen teocrático que ha retrotraído al país varios siglos en términos de libertades, derechos civiles y desarrollo institucional. El resultado ha sido una tiranía represiva que gobierna contra su propio pueblo.
Las aspiraciones democráticas del pueblo persa no son una importación artificial, sino la expresión natural de una sociedad urbana, educada y profundamente conectada con la modernidad. Un Irán democrático, garantista y abierto al mundo sería un aliado natural de Occidente, un candidato evidente a convertirse en una economía avanzada y un estabilizador regional de primer orden. Precisamente por eso, esas aspiraciones deberían contar con un respaldo claro y decidido.
El impacto geopolítico de una transformación iraní sería profundo. Por un lado, se cortaría de raíz el flujo de financiación, armas y apoyo logístico a las guerras por delegación que el régimen de los ayatolás ha impulsado durante décadas, así como su patrocinio de organizaciones yihadistas. Por otro, se debilitaría el papel de Rusia y China, potencias que se benefician de la volatilidad, la inseguridad y el chantaje estratégico que emanan de Oriente Medio para erosionar la posición occidental.
Sin embargo, lo más revelador del momento actual es la actitud de algunos actores regionales que, lejos de celebrar la posible caída del régimen islamista iraní, están presionando para evitar cualquier apoyo decidido de Estados Unidos a ese proceso. Entre ellos destacan Arabia Saudí y Turquía.
Teherán aspira a liderar el mundo islámico
La paradoja saudí resulta especialmente significativa. Durante décadas, Riad ha percibido a Irán como una amenaza existencial, no solo por su expansionismo regional, sino porque Teherán aspira a liderar el mundo islámico desde una interpretación chií que desafía el papel saudí como guardián de las ciudades santas de Meca y Medina y referente global del islam.
Y, sin embargo, hoy Arabia Saudí prefiere la supervivencia de un régimen iraní debilitado, empobrecido y sin capacidad de iniciativa —especialmente tras las operaciones israelíes que han dejado al programa nuclear iraní seriamente degradado— antes que el surgimiento de un Irán próspero, democrático y prooccidental que pondría en evidencia la naturaleza autocrática del propio régimen saudí.
Una lógica similar explica la posición de Turquía. Miembro formal de la OTAN, Ankara lleva años alejándose de los principios de libertad, pluralismo y occidentalismo que fundamentan la Alianza. Su deriva hacia un autoritarismo islamista, su apoyo a organizaciones vinculadas a la Hermandad Musulmana y su connivencia con grupos radicales la han convertido en un socio cada vez más problemático. Un Irán democrático y alineado con Occidente reduciría drásticamente su margen de maniobra y dejaría al descubierto esa deslealtad estructural.
No es casual que Turquía y Arabia Saudí estén encontrando espacios de entendimiento en el Cuerno de África, donde han respaldado regímenes fallidos e integristas
No es casual que Turquía y Arabia Saudí estén encontrando espacios de entendimiento en el Cuerno de África, donde han respaldado regímenes fallidos e integristas como los de Somalia y Sudán, ambos marcados por versiones radicalizadas del islam político, inestabilidad crónica y violencia endémica.
Frente a ello, el apoyo a modelos más pragmáticos y moderados, como Somaliland o el Yemen del Sur, impulsado por Israel y por los Emiratos Árabes Unidos —el único aliado árabe verdaderamente fiable para Occidente en la región—, contrarió profundamente a Ankara y a Riad. Esa oposición llegó incluso a traducirse en ataques directos de Arabia Saudí contra intereses militares emiratíes en la zona, revelando hasta qué punto estos actores priorizan la preservación de equilibrios autoritarios e ideológicos frente a la estabilidad y el desarrollo.
Por todo ello, el presidente Donald Trump cometería un grave error estratégico si atendiera las peticiones de Turquía y Arabia Saudí para frenar cualquier acción decisiva frente al régimen iraní. Las razones que motivan esas presiones no responden a la estabilidad regional ni a los intereses occidentales, sino a la autopreservación de sistemas autoritarios que temen verse reflejados en el espejo de un Irán libre.
Occidente tiene ante sí una oportunidad histórica: apoyar el surgimiento de un polo laico, prooccidental, liberal, democrático y económicamente dinámico, capaz de irradiar estabilidad, prosperidad y libertad en una de las regiones más volátiles y estratégicamente decisivas del planeta. Renunciar a ello por complacencia con falsos amigos no solo traicionaría los valores que se proclaman, sino que supondría un error estratégico de largo alcance.