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Lo que España ha perdido en Groenlandia

Es la primera vez que Europa le muestra los dientes a Trump y, aunque tampoco haya que lanzar las campanas al vuelo —apenas ha sido un leve gruñido— la cosa ha salido a gusto de casi todos

Base militar Pituffik de EE.UU. en GroenlandiaThomas Traasdahl / Ritzau Scanpix / AFP

Por alguna razón que creo que no se estudia en la carrera militar —siempre es posible que yo me haya perdido esa clase por estar de guardia— a los seres humanos nos encanta ponernos en lo peor. ¿Cuántas veces habré oído que Trump se iba a quedar Groenlandia y que Europa no iba a hacer nada al respecto? Sin embargo, ha bastado que ocho países europeos desplegaran un puñado de soldados en la disputada isla ártica para que el magnate, que conoce perfectamente cuáles son sus límites, se olvidara de ese «por las buenas o por las malas» del que solo unos días antes alardeaba.

Al final, el ensoberbecido presidente de los EE.UU. necesita decir que ha ganado, pero no al precio de una sola gota de sangre británica o francesa. Como todos podremos ver en las próximas semanas, se dará por satisfecho con lo que ya tenía —el derecho a aumentar la presencia militar de los EE.UU. en Groenlandia, que seguramente no ejercerá porque en realidad no hace falta— y, quizás, con que el Gobierno danés ponga el nombre de Trump al más grande y dorado de los perros que tiran de los trineos de la patrulla Sirius.

En España, justificadamente preocupados por el accidente de trenes en Adamuz, hemos prestado poca atención a lo ocurrido. Y, sin embargo, tiene su importancia. Es la primera vez que Europa le muestra los dientes a Trump y, aunque tampoco haya que lanzar las campanas al vuelo —apenas ha sido un leve gruñido— la cosa ha salido a gusto de casi todos.

Más que lo hecho, que no conviene magnificar, nos interesa lo que queda por hacer. Aunque solo sea un comienzo, el de enseñar los dientes es el camino que debe recorrer Europa para recuperar el respeto de la comunidad internacional. Por desgracia, en ese camino no hemos estado todos. La España de hoy, que casi siempre encuentra más fácil alinearse con Colombia, Cuba o Nicaragua que con la Unión Europea, se ha quedado al margen.

Mientras Francia, Alemania y el Reino Unido, este último sin siquiera pertenecer a la Unión, aparcaban sus diferencias ideológicas —siempre he pensado que, cuando se juega fuera de casa, la ideología debería quedarse en el banquillo— para izar la bandera de la independencia estratégica… España, con vocación de suplente desde la ya lejana Guerra de Cuba, se quedaba a un lado. Y es que, como todos sabemos, una cosa es predicar y otra dar trigo.

Dirá el lector que tampoco Italia tuvo protagonismo en ese modesto ejercicio de disuasión que ha sido el despliegue militar en Groenlandia. Y es verdad, pero hay dos diferencias entre ambos países. Una de ellas es coyuntural: Meloni no presume de liderar la resistencia a Trump. Sánchez, de puertas para dentro, sí. Con todo, la diferencia importante es la otra: Italia no tiene fronteras disputadas fuera de Europa. España sí.

Una de esas profecías autocumplidas en las que creen muchos españoles es la que asegura que nosotros no tenemos por qué ayudar a nadie a defenderse, porque nadie va a ayudarnos a nosotros si Marruecos reclama Ceuta o Melilla. Yo padezco una variante bastante menos grave de esa enfermedad: no compro lotería porque creo que no me va a tocar y eso, desde luego, garantiza que no me toca. Sin embargo, nadie pierde nada por mi falta de fe en el azar —que, además, compensa mi mujer, que no ha perdido la esperanza— y, en cambio, todos perdemos si miramos para otro lado cuando es la seguridad de nuestros aliados la que está en juego.

Lealtad con lealtad se paga y, por ahora, el saldo español en esa mercancía capital parece muy negativo. En Groenlandia hemos perdido una excelente oportunidad de, a muy bajo coste —en realidad, habría bastado un oficial en el centro de mando de Nuuk— recortar el déficit. Otra oportunidad perdida. Ojalá sea la última.