Delcy Rodríguez y el arte de ser imprescindible
Washington no la eligió por afinidad, sino por descarte. Ella entendió ese dilema antes que nadie, y quizás allí esté su mayor diferencia con su gran contendiente, María Corina Machado, que todavía no ha sabido comprenderlo
Delcy Rodríguez con la uve de la victoria y el presidente de Estados Unidos con el pulgar arriba
En julio de 1976, Jorge Antonio Rodríguez, uno de los fundadores de la Liga Socialista de Venezuela, murió bajo custodia policial después de ser detenido y torturado, en un episodio que mostró la cara más oscura de los excesos policiales en la Venezuela democrática. Medio siglo después, su hija, Delcy Eloína Rodríguez, estrechó en Nueva York la mano del presidente Donald Trump. Es el mismo presidente estadounidense que en enero ordenó la operación que terminó con la captura y extracción de Nicolás Maduro. La historia tiene un sentido de la ironía que ningún guionista se atrevería a firmar.
La política es una dimensión impredecible, dinámica y enigmática de la condición humana. El poder, desde su ausencia hasta su conquista y su conservación, es un ejercicio de supervivencia que pocos se atreven a transitar y menos aún saben sostener. Que los Rodríguez se afiancen hoy en la cima no es solo una maniobra desafortunada para la causa democrática venezolana. Es también una lección clave: en política, la lectura del contexto lo es todo.
El camino que Delcy pavimentó hasta su retrato con Trump en Nueva York no está marcado solo por la dudosa extracción de Maduro ni por su evidente complacencia ante las presiones energéticas de Washington. Está marcado, sobre todo, por su capacidad de convertirse en la protagonista que todos necesitan para equilibrar la partida. Mientras otros discutían la necesidad de elecciones o la evidente traición al ideario chavista, ella se ocupó de volverse indispensable para los resortes del poder, que ahora se sostienen entre la Casa Blanca y los alrededores de Miraflores. Delcy Rodríguez no persigue el poder en sí mismo, sino ser el instrumento ideal que Estados Unidos elige para ejercer su tutela sobre Venezuela. Supo leer antes que nadie cómo los condicionamientos de Washington iban a cambiar los pilares de la coalición chavista.
Estados Unidos es hoy la máxima autoridad política de Venezuela, pero su margen de acción es mucho más limitado de lo que pensamos. Su prioridad declarada es asegurarse el acceso a las vastas reservas petroleras del país: el acuerdo anunciado a fines de agosto le otorga un acceso privilegiado a más de 65.000 millones de barriles. Es una cifra que impresiona en los titulares, pero que todavía enfrenta obstáculos técnicos y financieros considerables antes de convertirse en producción. Para eso, Venezuela necesita un mínimo de estabilidad. Pero en Caracas la estabilidad no equivale a democracia.
Tras la muerte de Hugo Chávez, Venezuela dejó de ser gobernada por un esquema vertical y pasó a sostenerse sobre una coalición autoritaria cada vez más compleja. A los factores dictatoriales convencionales, como las fuerzas de seguridad, una Fuerza Armada comprometida políticamente y la anulación o manipulación de los mecanismos de pesos y contrapesos, se sumaron otros mucho más informales y, por lo tanto, autónomos.
El chavismo dejó de ser una pirámide para convertirse en un archipiélago difuso, pero funcional para mantenerse a flote
Entre ellos, las milicias progubernamentales conocidas como colectivos bolivarianos, los acuerdos de convivencia con las guerrillas colombianas y los pactos con bandas criminales para contener a ciertos sectores sociales. También la habilitación de negocios oscuros para cubrir el vacío que dejó el fin de la bonanza después de 2013. El chavismo dejó de ser una pirámide para convertirse en un archipiélago difuso, pero funcional para mantenerse a flote.
Ese autoritarismo está hoy sumamente fragmentado. La guerrilla y los militares metidos en negocios turbios, las megabandas que manejan cárceles y controlan barrios, y los jerarcas como Diosdado Cabello y compañía, tienen una sola necesidad en común: sostenerse y no perder el visto bueno de Washington. Y esa garantía hoy tiene nombre y apellido: Delcy Rodríguez.
Claro que Estados Unidos no está plenamente conforme con la idea de sostener un régimen que sigue siendo criminal en casi todas sus dimensiones, más allá del leve afloje en materia de presos políticos y libertad de prensa de los últimos meses. Sin embargo, Marco Rubio ha repetido una y otra vez su cálculo: el país no cuenta con instituciones aptas para transitar hacia una democracia en el corto plazo. No se equivoca. Pero tampoco parece saber cómo resolver el otro problema: no existen incentivos internos para que esas instituciones empiecen a construirse. Quien administra la emergencia rara vez tiene apuro por salir de ella. Delcy tiene el tiempo a su favor.
Así, la discreta dirigente que fue entendiendo cuál era el engranaje esencial para ambos mundos es hoy quien empieza a consolidarse frente al país. Todos necesitan a Delcy como interlocutora de la estabilidad y de una normalidad elemental. Estados Unidos sabe que el equilibrio de la coalición autoritaria venezolana, con tantos actores armados y oscuros, es muy delicado. Sabe también que cualquier desperfecto puede empujar a un conflicto interno que arrastre rápidamente al Comando Sur a una intervención poco deseada. Washington no la eligió por afinidad, sino por descarte. Delcy entendió ese dilema antes que nadie, y quizás allí esté su mayor diferencia con su gran contendiente, María Corina Machado, que todavía no ha sabido comprenderlo.
Los pilares formales e informales del chavismo hacen el mismo cálculo. Algunos podrían intentar pescar en río revuelto y ver en la fragilidad de Miraflores una oportunidad para sacar tajada. Pero la mirada permanente de Rubio y Trump, y el espejo del destino de Maduro, disuaden cualquier aventura. De esta forma, Delcy construyó una posición política tan sublime como astuta, e infeliz para la causa democrática venezolana. Decide poco, pero de ella depende mucho.
Los regímenes no caen cuando se debilitan, sino cuando dejan de ser útiles
Después de que cientos de manifestantes cayeran en Tiananmén en 1989, no faltaron quienes vaticinaron la inminente democratización de China. Un par de décadas más tarde, Pekín era el epicentro de la resiliencia autoritaria global. Caracas parece marchar por el mismo camino. El viejo dilema de Maquiavelo entre ser amado o ser temido encuentra aquí una tercera vía: el triunfo de quien resulta necesario, aunque no cuente con la simpatía del pueblo ni con toda la fuerza bruta de su lado. Los regímenes no caen cuando se debilitan, sino cuando dejan de ser útiles. Y Delcy se aseguró de que el suyo lo siga siendo para los intereses internos y externos que diseñan la fórmula del poder en Venezuela.
- Roberto Starke es socio director de Infomedia-Consulting (Buenos Aires)