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AnálisisFirouz MahviDirector político de la oficina de Bruselas del Consejo Nacional de la Resistencia Iraní

La falsa salida para Irán y por qué beneficia a Teherán

Una campaña centrada en Pahlavi, sin organización interna creíble, divide a la oposición democrática, eclipsa su trabajo y desplaza el debate hacia un liderazgo heredado y dependiente de la intervención extranjera

Reza Pahlavi, el hijo del último sah de Persi

Reza Pahlavi, el hijo del último sah de PersiEFE

Para España y sus socios europeos, el debate sobre Irán no puede reducirse a elegir entre la República Islámica y la restauración de Reza Pahlavi. El hijo del sah depuesto en 1979 goza de visibilidad internacional, pero su proyecto carece de perspectivas creíbles demostradas y puede dividir a la oposición democrática. Al confundir el debate político y desplazar la atención de las fuerzas organizadas dentro y fuera del país, termina beneficiando al régimen de los mulás.

La notoriedad no equivale a mandato popular. Reuters no encontró indicios de un movimiento organizado de masas dentro de Irán dispuesto a llevar a Pahlavi al poder, una conclusión que él cuestionó. Sin una estructura interna acreditada, su liderazgo depende de que la publicidad y la presión exterior compensen esa carencia.

En enero de 2026, Pahlavi afirmó en CNN que su plataforma había recibido más de 100.000 solicitudes de adhesión, incluso de militares y funcionarios. Pero ninguno de esos supuestos decenas de miles de «desertores» hizo nada para proteger a los manifestantes. Tampoco el número de visitas a su web demuestra representatividad ni explica cómo se garantizaría una transición democrática.

A ello se suma la cuestión de la amplificación digital. Una investigación de varios medios públicos europeos documentó una coordinación significativa en la difusión de mensajes favorables a Pahlavi, sin identificar a sus responsables.

El trato a las voces discrepantes en la diáspora plantea preocupaciones más inmediatas. En Canadá, la policía recuperó el 6 de marzo de 2026 los restos del académico iraní Masood Masjoody. Una semana después, Mehdi Ahmadzadeh Razavi y Arezou Soltani fueron acusados de asesinato en primer grado. Reuters identificó a ambos como partidarios de Pahlavi. Masjoody le había criticado y había acusado antes a los dos sospechosos de conspirar para matarlo. Corresponde a los tribunales determinar su culpabilidad y el móvil; el caso no prueba la implicación de Pahlavi, pero plantea preocupaciones para otros críticos en el extranjero.

Otros incidentes denunciados afectan a distintos sectores de la oposición. Kurdistan24 informó de que su corresponsal Dilovan Emadaldin fue agredido en Londres mientras cubría un ataque contra un restaurante de propietarios kurdos, y atribuyó la agresión a seguidores de Pahlavi basándose en testimonios presenciales. Reuters también recogió una condena en Viena por amenazas y coacciones contra un restaurante iraní que se negó a exhibir la bandera anterior a la revolución.

En julio, Workers’ Liberty denunció que partidarios de Pahlavi interrumpieron en Londres una protesta de apoyo a un trabajador petrolero iraní encarcelado y agredieron a un participante. Es el relato de los organizadores, no una conclusión judicial, pero encaja en un patrón preocupante de presión contra voces disidentes.

Nieuwsuur documentó un canal de Telegram que difundía datos personales de más de 170 iraníes residentes en los Países Bajos y Bélgica, entre ellos abogados, académicos y periodistas. Al menos veinte denunciaron amenazas a la policía. La intimidación desalienta la participación pública y dificulta la cooperación entre opositores al régimen clerical.

Pahlavi ha condenado la intimidación. Sin embargo, su asesor Saeed Ghasseminejad ha presentado la disyuntiva política como una elección entre la lealtad a Pahlavi y el alineamiento con el régimen. Ese marco excluye la discrepancia legítima. Republicanos, sindicalistas, defensores de derechos y otros opositores pueden rechazar la dictadura sin aceptar el liderazgo de un aspirante al poder por herencia dinástica.

La intervención extranjera ocupa un lugar central en este problema. En febrero de 2026, Pahlavi sostuvo en ABC que una intervención podría proteger vidas y acelerar el derrumbe del régimen. Su estrategia depende en gran medida de que potencias extranjeras contribuyan a derribarlo mientras él encabeza la transición. Los bombardeos no crean instituciones democráticas.

The Guardian informó de que algunos seguidores exhibían emblemas de la SAVAK, de los que Pahlavi se distanció después. La SAVAK fue la policía política del sah, cuyas torturas y represión documentó Amnistía Internacional. Ensalzarla resta credibilidad a cualquier promesa democrática.

Las garantías institucionales importan tanto como los discursos. La versión revisada en febrero de 2026 de su plan de emergencia promete referendos y elecciones, pero le atribuye inicialmente amplias competencias sobre nombramientos y Fuerzas Armadas. Una votación posterior no resuelve las dudas sobre la concentración de poder en una persona no elegida durante la transición.

Desde la lógica del propio régimen, una restauración monárquica tiene escasas posibilidades reales en Irán; precisamente por eso, la actividad de Pahlavi puede resultarle útil: no como vía probable al poder, sino como instrumento para debilitar y dispersar a otras fuerzas opositoras.

Así se beneficia Teherán. Una campaña centrada en Pahlavi, sin organización interna creíble, divide a la oposición democrática, eclipsa su trabajo y desplaza el debate hacia un liderazgo heredado y dependiente de la intervención extranjera.

España y sus socios europeos deberían examinar estas consecuencias antes de confundir notoriedad internacional con representatividad. El futuro de Irán debe depender de la capacidad de sus ciudadanos para organizarse, elegir a sus gobernantes y exigirles responsabilidades, no de un atajo presentado desde el exterior como solución democrática.

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