No es Ucrania quien necesita otro presidente
La popularidad de Volodimir Zelenski oscila en función del curso de la guerra y de los escándalos de corrupción que, de cuando en cuando, salpican a su Gobierno; pero casi siempre se sitúa más allá del listón del 50 %. La del presidente de los EE.UU. está en el 35 %
El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, visita las fortificaciones del frente de Jarkov
Sorprendiendo a propios y extraños, el presidente Donald Trump acaba de levantar el bloqueo a la exportación del diésel ruso. Con el Partido Republicano muy por detrás en las encuestas previas a las elecciones del 3 de noviembre, la decisión del magnate podría parecer una medida desesperada para tratar de proteger la mayoría en el Congreso. En teoría –dato mata relato y pronto tendremos los resultados electorales– la apertura del mercado ruso podría ayudar a contener la inflación que tanto disgusta al votante estadounidense. Sin embargo, eso podría haberse logrado de otras maneras. En los días previos, los medios habían especulado con una prohibición temporal de la exportación del diésel de producción propia que habría tenido efectos parecidos sin necesidad de alegrarle el día al dictador ruso.
Si nos olvidamos de las próximas elecciones en los EE.UU. y volvemos los ojos al escenario internacional, la medida tiene otras connotaciones. Cualesquiera que sean las motivaciones del magnate –sobre las que solo podemos especular– la historia se repite. Una vez más, Donald Trump acude al rescate de su colega Vladimir Putin en los momentos de mayor necesidad. Sin embargo, en esta ocasión concreta hay algunos agravantes que no podemos dejar de señalar.
El primero de ellos es la incongruencia. No hace ni un mes que la Cámara de Representantes aprobó con una amplia mayoría bipartidista la ley Lindsay Graham, que facultaba al presidente para imponer aranceles de hasta el 100 % a los mayores compradores de petróleo y gas ruso. El propio Trump, que podía haberla devuelto al Congreso, firmó la ley que llevaba el nombre de uno de sus más fieles partidarios. ¿Qué pasará ahora? ¿Se autoimpondrá aranceles por la adquisición de algunos millones de toneladas de diésel de las reservas de su amigo Putin?
El segundo agravante es la mentira. Hace pocas semanas, el magnate pidió públicamente a Volodimir Zelenski que dejara de bombardear las refinerías rusas. Criticado por su parcialidad –no dijo nada de los ataques a la energía con los que, en los últimos cuatro años, Putin ha tratado de rendir por el frío al pueblo ucraniano– Trump se inventó que había logrado una tregua energética… de la que nadie había oído hablar ni en Kiev ni en Moscú. El lector se preguntará por qué hace Trump cosas como esta si no suele tardar más que unas horas en ser desmentido. Quizá porque sabe que muchos de sus partidarios, que solo se informan en Truth Social, siguen creyendo que lo que dice es verdad.
El tercer agravante de esta enésima traición a Ucrania es la contradicción. El presidente declara que el estrecho de Ormuz está abierto y es verdad que, en el forcejeo estratégico que enfrenta a Washington y Teherán a lo largo de estos meses de tregua no declarada, hay semanas enteras en las que no se registran ataques y el tránsito de petroleros se acerca a la normalidad. En esas semanas, el presidente suele celebrar su victoria olvidando que el estrecho ya estaba abierto antes de la guerra.
Sin embargo, cada vez que Irán logra dañar un buque mercante el tráfico se ralentiza. Los efectos acumulativos de la incertidumbre, del precio de los fletes y de los seguros, dan como resultado que la gasolina que todos compramos –dato mata relato– siga estando muy cara y que el precio del diésel esté disparando la inflación en todo el planeta. El presidente Trump, cómo no, prefiere culpar a Zelenski de lo que ocurre. Sin embargo, su explicación no cuadra. Si al lector no le basta el sentido común, solo le haría falta revisar las fechas para confirmar quién ha provocado el encarecimiento del diésel.
El cuarto agravante es el momento elegido. En Ucrania el frente está estabilizado. De hecho, en el último mes, los agresores han vuelto a perder terreno. Sin embargo, se ha producido una dura escalada en los ataques a la retaguardia. A las refinerías y centrales eléctricas se han unido almacenes logísticos y algo que siempre creí que no volvería a ocurrir: buques mercantes de banderas neutrales. Por si eso no bastara, Kiev acusa a los operadores de drones rusos de protagonizar auténticos safaris a la caza del hombre.
Cualquier persona, en cualquier ciudad, puede ser el próximo blanco. Moscú niega los cargos y asegura de puertas afuera –en la prensa doméstica hace tiempo que se ha quitado la careta– que su blanco es la industria militar… pero a la vez exige a los diplomáticos extranjeros, incluidos los de los EE.UU., que abandonen la capital de Ucrania. ¿De verdad cree Putin que se fabrican armas en las embajadas? Todavía más que las contradicciones del Kremlin, son las estadísticas las que demuestran –dato mata relato– cuál es el verdadero blanco del criminal dictador: cada mes mueren más civiles ucranianos, cada mes Ucrania produce más armas.
El quinto agravante casi no lo es. Trump, irritado porque Zelenski ha criticado su nueva ayudita al dictador ruso, vuelve a decir que Ucrania necesita un nuevo presidente. En cambio a Rusia, que no solo ha invadido a su vecino sino que, según reconoce el Pentágono, apoya a Irán en su guerra contra los EE.UU., no le hace falta relevo alguno. ¿Son estas declaraciones un problema para Kiev? No lo creo. Después de todo, ¿quién escucha hoy al locuaz magnate más allá del mundo MAGA? Pero, como hemos dicho antes, dato mata relato: la popularidad de Volodimir Zelenski oscila en función del curso de la guerra y de los escándalos de corrupción que, de cuando en cuando, salpican a su Gobierno; pero casi siempre se sitúa más allá del listón del 50 %. La del presidente de los EE.UU. está en el 35 %. Peor aún está, por cierto, el presidente Sánchez, que apenas alcanza el 25 %.
Trump y Sánchez
La decisión de Trump quizá pueda alegrar a los rusoplanistas, desconcertar a los trumpérrimos, enfadar a los congresistas de los EE.UU. y preocuparle a usted… pero al magnate todo eso le trae sin cuidado. Las votaciones del Congreso estadounidense le importan tanto como a Sánchez las de nuestras Cortes: siempre hay alguna manera de burlarlas. Las contradicciones siempre pueden taparse con un relato ad hoc, aunque echar la culpa a Ucrania de la subida global del precio del diésel sea tan poco creíble como responsabilizar a Israel y Rusia del ataque a Ceuta. La muerte de centenares de civiles ucranianos le importa a Trump tan poco como a nuestro presidente la del centenar de marroquíes ahogados en el asalto. Al final del día, lo único que queda es la caprichosa fuerza del destino, que ha querido unir a Trump y Putin con lazos de dependencia tan oscuros como los que parecen unir a Sánchez y Mohamed VI.
La muerte de centenares de civiles ucranianos le importa a Trump tan poco como a nuestro presidente la del centenar de marroquíes ahogados en el asalto
Me consta –y me divierte, no lo niego– que tanto los trumpérrimos como los sanchistas se enfadarán por igual al leer esta columna. Hay algo en lo que ambos estarán de acuerdo: ¿cómo me atrevo a comparar a Trump y Sánchez si uno es de derechas y el otro de izquierdas? Es lo que tiene el fanatismo, que todo lo iguala a fuerza de querer hacerlo diferente. Los adoradores de un becerro de oro se ven a sí mismos como radicalmente opuestos a los que rinden culto a un perro de barro… pero, para mí, la diferencia no está en el ídolo que cada uno pueda escoger sino en dejarse seducir o no por los falsos profetas que, por desgracia, crecen en todas partes. Como los champiñones.
Con todo, es verdad que hay algunas diferencias entre el becerro norteamericano y el perro español. Trump, que presume de creyente, se declara enviado de Dios para hacer más grande a lo que él llama América. En un criticado anuncio que apareció recientemente en las televisiones estadounidenses, pagado con dinero público, se jacta de haber sido creado por Dios para liderar a los EE.UU. ante la adversidad. Sánchez, ateo, no puede hacer lo mismo, y por eso se erige en paladín de la humanidad… pero no de la humanidad real, la que vive, trabaja, se divierte y, llegado el momento, rechaza que le tomen el pelo… sino de la diosa humanidad, esa que solo habla por boca de profetas de la talla moral de Sánchez y de su predecesor, el expresidente Zapatero.
¿Quiénes necesitamos un nuevo presidente?
Iguales en su idolatría, Trump y Sánchez se fingen providenciales, infalibles e impunes. Uno es grande y el otro es pequeño, es verdad, pero los dos son casos perdidos. Estadounidenses y españoles, tenemos las mismas posibilidades de convencerlos de que renuncien a intoxicarnos que de persuadir a los narcotraficantes de que dejen de vender droga. Unos y otros, después de todo, viven de lo que viven. Lo único que podemos hacer es reemplazarlos.
Sobre el presidente Trump, serán los estadounidenses los que deciden lo que debe hacerse. Pero usted, aquí en España, no deje de recordar que este es el momento.