Universidades: una herencia viva de la América hispánica
Entre los grandes aportes de la Europa medieval a la civilización se encuentra la universidad. Antes existieron importantes centros de enseñanza superior en distintas culturas. Su singularidad consistió en constituirse como una corporación de maestros y estudiantes, dotada de una identidad y de privilegios que le permitieron defender ámbitos de autonomía frente a los poderes de su tiempo. Dentro del horizonte cristiano que le dio origen, se desarrollaron métodos de argumentación y discusión orientados a la búsqueda de la verdad
Esta institución experimentó numerosas transformaciones, pero su estructura básica pudo adaptarse a sociedades muy distintas. La primera expansión del modelo universitario europeo hacia América fue obra de España. Las fundaciones de Lima y México, en 1551, expresaron la voluntad de arraigar instituciones permanentes de saber y de formar profesionales y funcionarios competentes. Durante el período virreinal se fundaron cerca de treinta universidades, además de otras instituciones educativas, como los colegios de caciques, los de minería y las academias de bellas artes.
Una historiografía de orientación liberal y positivista tendió a presentar estas universidades como espacios estériles, dedicados a repetir doctrinas y ajenos a su entorno. Sin embargo, su actividad desborda esa imagen. Además de formar teólogos, abogados y médicos, las universidades y los colegios universitarios discutieron cuestiones fundamentales de la realidad americana: la legitimidad del poder y de las leyes, las obligaciones de los gobernantes y los problemas morales del trabajo y del trato a los indígenas.
La enseñanza de las lenguas indígenas ofrece un ejemplo concreto. La legislación indiana dispuso la creación de cátedras de estas lenguas en las universidades de Lima y México y en las ciudades donde existían Audiencias. Una disposición de Felipe II, recogida en la Recopilación de leyes de Indias, exigía para la ordenación sacerdotal conocer la lengua general de los indígenas de la provincia y acreditar al menos un curso completo con el correspondiente catedrático. La evangelización impulsaba así su estudio sistemático.
También se realizaron aportes en medicina y botánica, cultivadas en los colegios universitarios jesuitas y sus boticas. Otro ejemplo de investigación científica original fue el descubrimiento del vanadio por Andrés Manuel del Río en el Real Seminario de Minería de México, en 1801.
De este mundo académico surgieron figuras de notable originalidad. Pedro de Peralta y Barnuevo, rector de San Marcos de Lima, cultivó las matemáticas, la astronomía, la historia y la literatura. Juan de Espinosa Medrano, el Lunarejo, destacó en la filosofía, la teología y las letras desde el Cuzco. Diego de Avendaño examinó los dilemas jurídicos y morales de la sociedad indiana. En Nueva España, Francisco Javier Clavijero contribuyó al conocimiento y la valoración del pasado indígena.
Las independencias abrieron una etapa diferente. Los nuevos Estados aumentaron su intervención en la organización universitaria y redefinieron sus funciones. Sin embargo, las repúblicas heredaron instituciones, prácticas intelectuales y tradiciones de formación que contribuyeron a preparar a sus clases dirigentes.
Las universidades fueron parte esencial de la formación de Hispanoamérica. Ayudaron a conocer su realidad, a discutir su orden social ya elaborar una conciencia de sí misma. Su historia permite comprender cómo una institución nacida en la Europa medieval echó raíces americanas y contribuyó al desarrollo de una identidad propia, vinculada a una tradición compartida.