Julio Borges Junyent

Venezuela: la hora de las responsabilidades

El regreso de María Corina Machado ha cambiado el clima político venezolano. Su presencia devuelve esperanza a millones de ciudadanos, pero también la emplaza a ella y a quienes tienen responsabilidades frente al país. Veamos uno a uno actores y sus desafíos. El reto más importante no es solamente quién terminará gobernando Venezuela, sino qué clase de democracia seremos capaces de construir después de 27 años de destrucción.

En primer lugar, hablemos de Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y el conjunto del madurismo. Su etapa de apropiación del Estado terminó, pero no sabemos si lo comprenden. Delcy Rodríguez este 29 de octubre elecciones y una renovación de las instituciones. Son señales que deberán juzgarse por sus resultados, no por sus discursos. Reconocer los errores del pasado no equivale a quedar absuelto de ellos. Si el chavismo pretende participar en una Venezuela democrática, tendrá que emprender una domesticación profunda: desmantelar sus estructuras represivas, reconocimiento de responsabilidades, justicia por la corrupción y las violaciones de derechos humanos, garantías de no repetición y aceptación de la alternancia. La reconciliación es indispensable, pero no puede confundirse con impunidad y tampoco es suficiente para una transición completa.

En segundo lugar, Estados Unidos ocupa el lugar determinante. Los venezolanos luchamos durante décadas, desde las calles y las urnas, para recuperar la libertad. La victoria parlamentaria de 2015 y la gesta electoral del 28 de julio de 2024 forman parte de esa historia. La intervención de Trump abrió finalmente una oportunidad que nosotros no habíamos conseguido materializar. Su responsabilidad ahora es ayudar a convertirla en una transición democrática y sostenible. La cooperación petrolera, la estabilidad y los intereses geopolíticos son legítimos, pero no pueden sustituir el objetivo de una Venezuela soberana, con elecciones libres, instituciones independientes y prosperidad compartida. El petróleo debe impulsar nuestro desarrollo, no financiar otra dependencia. Sin Estados Unidos no podemos limpiar la casa y reconstruirla, sin Estados Unidos no habrá equilibrio y estabilidad de un nuevo gobierno; pero esta realidad es fácilmente desviable a sometimiento no a libertad.

María Corina Machado enfrenta disyuntivas complicadas. Su liderazgo representa la fuerza ciudadana más fuerte y esto exige responsabilidad y humildad. Ahora necesita demostrar que puede transformar ese respaldo en un proyecto de unidad nacional. Reunificar a la oposición sin exigir subordinación, construir confianza con las Fuerzas Armadas y ofrecer garantías democráticas incluso a quienes hoy la adversan. Venezuela conoce demasiado bien las consecuencias del personalismo. La prueba de un liderazgo democrático no es conseguir que todos lo sigan, sino construir instituciones en las que nadie esté obligado a seguir a una persona.

Pero esta responsabilidad no recae únicamente sobre ella, también la tenemos los partidos políticos, la Fuerza Armada, los empresarios, medios, la sociedad civil y los propios ciudadanos. Sería una tragedia que estos 27 años no nos hubieran enseñado nada. No podemos regresar a la Venezuela de las conexiones con el poder, los privilegios petroleros, la indiferencia ante la pobreza y una política reservada a unos pocos. Necesitamos, por tanto, una transformación cultural que recupere el mérito, la responsabilidad individual, el sentido del bien común y la confianza entre venezolanos. Porque no basta con reconstruir el Estado, también necesitamos reconstruir nuestra manera de convivir, quizá eso comienza por dejar de una vez por todos que Bolívar descanse en paz y enterrar a modo Freudiano ese atavismo histórico.

Finalmente, Hispanoamérica y España deben involucrarse activamente. Venezuela necesita socios para recuperar su economía, pero también necesita fortalecer sus instituciones y reintegrarse plenamente a la comunidad democrática iberoamericana.

Todos estos actores que he repasado, tienen intereses legítimos, pero ninguno debería confundirlos con el destino nacional.

Después de tanto sufrimiento, Venezuela merece dejar de ser una democracia gobernada por intereses particulares y convertirse, por fin, en una democracia gobernante, donde el poder pertenezca a los ciudadanos y las instituciones estén por encima de cualquier persona.

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