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TRIBUNAJuan Antonio Martínez Camino

Rouco Varela: Cincuenta años de magisterio

La Universidad San Dámaso es, casi seguro, el principal legado del cardenal Rouco en el campo del 'munus docendi' y del apostolado intelectual, tanto por lo que ella ha conseguido ya hacer de sí misma en estos años, como por las posibilidades que encierra para el futuro

Hace cincuenta años, el 31 de octubre de 1976, Antonio María Rouco Varela, entonces profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, fue consagrado obispo en la catedral de Santiago de Compostela. El pasado mes de agosto, el cardenal Rouco ha celebrado su noventa cumpleaños y ahora, el último sábado de octubre, ha dado gracias a Dios con una solemne Misa en la catedral de la Almudena por sus bodas de oro episcopales.

El cardenal tiene sin duda muchas cosas que agradecer a la divina Providencia. No es nada frecuente llegar a tales aniversarios en plenas facultades físicas y mentales. Tampoco son nada comunes los servicios que le ha sido concedido prestar a la Iglesia en toda España y, en particular, en la archidiócesis de Madrid. Me detendré aquí un poco más sólo en uno de ellos: su servicio magisterial a la verdad del Evangelio, concretado especialmente en la creación de la Universidad San Dámaso de Madrid. Pero también hay que poner de relieve el espíritu que ha inspirado todos esos servicios: un espíritu de gratitud del que se nutren la comunión y la misión.

Fue ese el espíritu con el que el cardenal celebró, en 2016, sus cuarenta años de episcopado. Recuerdo muy bien la homilía que pronunció en aquella ocasión en la Almudena. Se centró en agradecer a Dios «las gracias externas e internas» recibidas a lo largo de su dilatado servicio eclesial. Fue una homilía muy reveladora, tanto por lo que dijo como por lo que no dijo.

Quien había sido presidente de la Conferencia Episcopal Española cuatro trienios –más tiempo que ningún otro presidente hasta ahora– no hizo ni mención de ello al enumerar las gracias recibidas ¿Sería que no daba valor a la confianza sin par que los obispos habían depositado en él? No lo creo. Me parece más bien que el cardenal valoraba y valora mucho aquella confianza amplia y reiterada. Pero lo que los mundanos considerarían el logro supremo de una carrera eclesiástica: llegar a ser «el jefe de los obispos» o «el jefe de la Iglesia de España» –como dicen algunos, con escaso sentido teológico e incluso sociológico– el cardenal Rouco no lo consideró nunca más que un servicio exigido por las circunstancias y por el bien de la Iglesia. Es más, daba la impresión de que, para él, el trabajo de la Conferencia Episcopal era una especie de tentación que podía distraer sus fuerzas y su atención de lo que consideraba auténticamente importante e interesante para la evangelización: ser el pastor entregado y cercano de su Iglesia diocesana de Madrid.

Dos Jornadas Mundiales de la Juventud

Por eso, al repasar las gracias recibidas, no habló apenas más que de las personas que el Señor había puesto en su camino para hacerle posible la misión recibida. Desde su familia y sus maestros, hasta los sacerdotes, consagrados y seglares sin los que él entendía que no hubiera sido posible la comunión eclesial, y sin la que, a su vez, tampoco hubiera sido factible la misión. Sínodos y misiones diocesanas, Jornadas Mundiales de la Juventud –una en Santiago (1989) y otra en Madrid (2011)– junto con el trabajo apostólico ordinario de gobierno, no hubieran sido lo que fueron sin los papas y sin los obispos, pero tampoco sin cada una de las personas que conforman el Cuerpo eclesial del Señor. Tampoco dejó de mencionar –como no podía ser de otro modo– a las monjas contemplativas, a las que visitaba y visita muchas veces; ni a las consagradas que lo han atendido y atienden hasta hoy en su casa; que, por cierto, es un piso normal, como todo el mundo sabe en Madrid, con la excepción de ciertos desinformadores profesionales.

Naturalmente, el que fue Presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Madrid en tiempos largos y difíciles tuvo y tiene también una gran relevancia pública. Pero creo que sus «olvidos» de la homilía de 2016 ayudan mucho a entender bien su figura: un pastor que fomenta la comunión, alimentada tanto de la gran Tradición de la Iglesia como de la cercanía actual a las personas concretas, de modo que la porción del rebaño de Cristo que le había sido confiada pudiera responder de verdad a los desafíos que estos tiempos presentan a la misión de la Iglesia.

Entre las funciones o munera del ministerio del obispo, ocupa un lugar muy importante el ser maestro de la fe, promoviendo el conocimiento de la doctrina católica y velando por su recta comprensión y transmisión. Este magisterio se despliega en diversos ámbitos y niveles, desde la catequesis infantil hasta el cultivo de las ciencias teológicas, pasando por la predicación ordinaria y la especializada. Es el insustituible servicio episcopal al aspecto intelectual de la verdad del Evangelio.

Dos mil setecientas páginas en siete años

El cardenal Rouco ha prestado y presta una contribución muy rica en todos estos campos. Ahí están sus cartas pastorales, sus alocuciones en la radio, sus discursos en la Conferencia Episcopal, en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, sus contribuciones en congresos pastorales, canonísticos o teológicos. Los escritos de estos diversos géneros correspondientes sólo a los ocho años que van del 2000 al 2007, publicados en cuatro volúmenes en 2009, ocupan dos mil setecientas páginas.

Su preocupación por la catequesis de infancia y juventud se puso de relieve, entre otras cosas, en la adopción canónica para la archidiócesis de Madrid de los catecismos Jesús es el Señor y Testigos del Señor, acompañados de materiales diocesanos renovados.

En todo ello se ha mostrado la impronta personal propia de un profesor universitario, que había encontrado en el cultivo del derecho canónico, teológicamente fundado y desarrollado, un cauce especialmente querido para el ejercicio del ministerio apostólico como vocación y como misión.

Pero, en sus dos decenios de servicio episcopal a la archidiócesis de Madrid, la vocación universitaria del cardenal Rouco encontró su ámbito más relevante en la concepción, fundación y desarrollo de un centro superior de estudios: la Universidad eclesiástica San Dámaso. Creo que puede decirse sin exageración ninguna que si el cardenal Rouco no hubiera sido arzobispo de Madrid aquellos años, Madrid y España no contarían hoy con esta prometedora universitas de profesores y estudiantes, netamente concebida al servicio de la comunión y de la misión de la Iglesia. Ciertamente, como él mismo puso de relieve, San Dámaso se debe también al esfuerzo, a la vitalidad y a la generosidad de la archidiócesis de Madrid. Pero no cabe duda de que la diócesis encontró en el cardenal Rouco un guía providencial para esa gran empresa.

La Universidad San Dámaso es, casi seguro, el principal legado del cardenal Rouco en el campo del munus docendi y del apostolado intelectual, tanto por lo que ella ha conseguido ya hacer de sí misma en estos años, como por las posibilidades que encierra para el futuro. Un centro de esa calidad y magnitud es una obra de las que se gestan y aparecen en la historia de la Iglesia sólo en momentos especiales, en un kairós o tiempo propicio particular. Era el tiempo de la renovación teológica necesaria tras años de una crisis bastante generalizada en ese campo. Era el tiempo de preparar un profesorado, un clero y un laicado capacitados para la pendiente evangelización de la cultura moderna. Sin altanerías ni nostalgias, pero también sin complejos ni desconfianzas.

Hablamos de servicios prestados por el cardenal Rouco en el pasado. Pero el tiempo del ministerio episcopal no termina con la renuncia al oficio diocesano. No son pocos los obispos eméritos que siguen con su apostolado propio, si no ya por el munus regendi, por sus otras funciones de santificar y de enseñar. Es sin duda el caso del cardenal arzobispo emérito de Madrid que ahora celebra sus bodas de oro episcopales. Basten como muestra de ello dos de sus últimas publicaciones: nada menos que un manual titulado Teología del derecho canónico (BAC, 2024), o su última intervención en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, «La Conferencia Episcopal Española y la transición política» (Ius Communionis 14/1, 2026).

Ad multos annos, señor cardenal.

Monseñor Juan Antonio Martínez Camino es obispo auxiliar de Madrid.

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