El cardenal Antonio María Rouco Varela, durante su visita a El Debate
Entrevista al arzobispo emérito de Madrid (I)
Cardenal Rouco: «En los 70 se dieron muchos casos de abusos litúrgicos» que reducían la misa «a una parodia»
El purpurado señala que en el postconcilio se produjo –especialmente en seminarios y casas religiosas– «una indisciplina casi anárquica», y que «la Iglesia en Alemania ha caído en una cierta 'protestantización'»
«Don Antonio se encuentra en unos campamentos de verano. Le podré responder a su regreso». El mensaje de la secretaria del cardenal Antonio María Rouco Varela a la solicitud para entrevistarle es lo último que uno se podría esperar. El arzobispo emérito de Madrid, que nació en Villalba (Lugo) en 1936 y está a las puertas de cumplir los 90 años de edad; el hombre que dirigió oficiosamente las riendas de la Iglesia en España durante prácticamente dos décadas; el obispo que acogió a San Juan Pablo II en Santiago de Compostela y a Benedicto XVI en Madrid; el cardenal que participó en los cónclaves de los que surgieron los tres últimos pontífices de la Iglesia católica, se encuentra ayudando en un campamento de verano para niños y adolescentes.
«Bueno, para tener casi 90 años, me encuentro muy bien», reconoce el cardenal Rouco Varela algunos días después, cuando acude por fin a la redacción de El Debate. Y revela su secreto para lograrlo: «La juventud se mantiene especialmente en la cabeza, con una mentalidad joven».
No puedo ocultarle mi sorpresa por lo de los campamentos. Y más, en este verano de calores extremos. «Bueno, sí, he ido a visitar un día el de los chicos del instituto secular masculino Stabat Mater, que tiene que ver con la familia de las Cruzadas de Santa María. También estuve en el campamento de las niñas para celebrar la eucaristía en el Día de las Familias. Y luego tuvimos una charla», detalla. Todo esto lo hizo nada más llegar de Roma, donde, entre los días 26 y 27 de junio, participó en el último consistorio de cardenales con el Papa León XIV. De los marmóreos pasillos vaticanos al tosco granito de la sierra de Ávila.
– ¿Cómo es su día a día como arzobispo emérito de Madrid? Le siguen convocando a usted a numerosas conferencias y eventos.
– Decir «de Madrid» creo que no tiene mayor importancia en relación con vivir una vida de obispo emérito, de arzobispo emérito. Pero hay que advertir que los cardenales no somos eméritos; somos electores o no electores, pero somos partícipes sujetos con todos los derechos y obligaciones del Colegio Cardenalicio. Por lo tanto, cuando el Papa nos convoca en Consistorio, sobre todo Consistorio Extraordinario, participamos con los mismos derechos y deberes que los cardenales electores, que son aquellos que no han cumplido 80 años. El fenómeno contemporáneo de esa prolongación de las edades en la vida también afecta a la Iglesia, y el Colegio Cardenalicio, por ejemplo, en el Consistorio que acabamos de celebrar en junio, el número de cardenales mayores de 80 años era considerable. Yo creo que 40 o por ahí; no menos.
El director de El Debate, Bieito Rubido, muestra al cardenal Rouco unos ejemplares originales del periódico de principios del siglo XX
– Consistorio tras el que usted mostró su preocupación –y la de otros purpurados– por lo que se ha denominado el 'Camino Sinodal Alemán'...
– El Concilio es una forma de relación de los obispos que son herederos del Colegio Apostólico. Por lo tanto, el Colegio de los Doce. Pero el Obispo de Roma es la cabeza del Colegio. Los otros once no pueden prescindir de la cabeza y desbordarlo. A la vez, la cabeza tiene que contar con los once.
Pero tratar de interpretar con categorías políticas el organismo que ejerce la autoridad en la Iglesia no es acertado, porque no se debe plegar, en su finura sacramental, a las exigencias de una comunidad humana que se organiza jurídicamente para conseguir el bien común de las personas que viven la historia en el tiempo y en el espacio concreto.
Por lo tanto, el Colegio Episcopal –sucesor del Colegio Apostólico– no es una especie de parlamento, de Senado que controla a la cabeza –al Rey o al jefe del Estado–. Las categorías naturales mejores para comprender la constitución divina de la Iglesia serían más bien la familia, la paternidad, la fraternidad, más que el Presidente de la República, el Rey o el Emperador.
Corre por ahí una definición de que el bautismo es la fuente de toda ministerialidad. Eso es una proposición falsa en sí misma. El bautismo es condición indispensable para recibir un ministerio, pero no es la fuente. El ministerio principal y decisivo en la constitución de la Iglesia es el sacramento del orden. Por eso hay una diferencia entre la eclesiología protestante y la eclesiología católica.
Preocupación en el Vaticano
– ¿Percibe preocupación en Roma con la Iglesia alemana?
– La preocupación no es solo de la Santa Sede y de los Papas. El Papa Francisco se expresó varias veces con mucha preocupación sobre lo que pasaba en Alemania. El Papa León ya intervino en tres momentos en la relación de la Iglesia en Alemania con la Santa Sede.
No me gusta decir Iglesia española, Iglesia alemana, etcétera, porque no hay iglesias nacionales. La Iglesia es católica, y por eso une las realidades terrenales. Tiene una capacidad de unión de lo humano, de toda la familia humana.
Tuve una experiencia que no he olvidado nunca. En un seminario de doctorandos y doctores de la Universidad de Munich, un servidor intervino en el diálogo y usé la expresión de la Iglesia alemana. Y me contestaron: Doctor Rouco, yo no conozco esa Iglesia; yo solo conozco la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Me dio una lección que no he olvidado en toda la vida.
El director de Opinión, Ramón Pérez-Maura, cumplimenta al cardenal Rouco
– La Iglesia en Alemania, por tanto. Gracias por la matización. Algunos, de hecho, afirman que en la Iglesia en Alemania ha habido una cierta protestantización...
– Sí, sí, sí. Bueno, es que hay que conocer la situación en general de la fe en Alemania. Hay una crisis de fe anterior a una crisis de la Iglesia, algo que se está dando en toda Europa de una manera más grave o menos grave. Sobre todo, en la Iglesia enraizada en la Europa libre, la que se desarrolló a este lado del Telón de Acero. Al otro lado se vivió una persecución tremenda, que duró medio siglo. Pero, en este lado, se dio una crisis de fe.
Si la fe en Dios falla, si la fe en Jesucristo falla, no entiendes a la Iglesia. Si la Iglesia no se concibe como la define el Vaticano II –el sacramento universal de la salvación en Cristo donde él se hace presente–, se diluye en una especie de realidad social que se dedica a lo religioso. Porque el hombre, en fin, en su ser más íntimo, ansía el más allá; más allá de uno mismo; más allá de la naturaleza visible; más allá de las categorías que el hombre puede concebir de verdad, de bien, de belleza, de amor, etcétera.
Pero, si no le conoces a Él, no crees en Él, te quedas sin respuesta. Entonces, ¿qué pasa en Europa? Pues que es una crisis que se hace muy viva con el final del Renacimiento, luego con el protestantismo y la Ilustración, que es muy alabada y, efectivamente, ha aportado muchos elementos positivos para la edificación de la sociedad y del Estado. Pero, en el corazón mismo de la Ilustración, hay una reserva; en algunos casos, un pensamiento ateo, un pensamiento agnóstico, un pensamiento dudoso, un pensamiento vacilante.
Esa herencia la volvimos a vivir y, además, con una gravedad histórica, con las configuraciones políticas del siglo XX –enormemente poderosas– que llevaban como principio fundamental de su ideología el ateísmo. En primer lugar, el marxismo-leninismo y, después, el nacionalsocialismo. Mucho más estos dos movimientos que el fascismo italiano, que no era explícitamente ateo. La experiencia del ateísmo comunista se vivió así después de la guerra en nuestra generación de jóvenes sacerdotes, los que nos ordenamos sobre todo en los años 50, los que vivimos la experiencia del Vaticano II; los que vivimos la revolución de mayo del 68, etc.
Sobre León XIV
– En este año y pocos meses que llevamos de pontificado de León XIV, muchos han intentado –a mi juicio, infructuosamente– encasillar al Papa como «conservador», «progresista», «continuista»... ¿Cómo lo ve usted?
–Bueno, yo tuve una audiencia con él muy larga en abril. Luego, los dos consistorios. Y, sobre todo, he leído libros. Lo que ha escrito y lo que ha dicho. Por ejemplo, pude leer con cierto detenimiento todo su magisterio en el viaje a España, desde ese pequeño discurso en el CEDIA al discurso en el Palacio Real, donde interpreta la historia de España a partir de la historia espiritual de España. El discurso en el Congreso fue enormemente significativo, donde recurre a las fuentes del pensamiento y de la espiritualidad española, desde San Juan de la Cruz a los maestros de la Escuela de Salamanca.
En todos ellos encuentras la preocupación de un Sucesor de Pedro que tiene bien claras cuáles son las verdades fundamentales de la fe y cuál es el principio fundamental de esa fidelidad a la verdad. La referencia a la categoría de eternidad y las referencias a que el final de la vida no termina aquí en el mundo son muy luminosas y muy centrales. Podríamos hablar de un magisterio extraordinariamente cristológico, de que la Iglesia está para vivir con Cristo, en Él, por Él. Y una expresión sacramental central, que es la de la Eucaristía. Y con una exigencia primera y básica del sí profundo de la vida, que exige conversión, pero que también confiere esperanza, confiere una especie de libertad dispuesta a superarse a sí misma; superar las heridas con las que hemos nacido y, por lo tanto, recordar a la Iglesia en este momento que colocarnos en lo esencial es imprescindible. De ahí puedes hacer mucho bien al mundo en el sentido más temporal de la expresión: desde las políticas sociales.
Rouco: «Los cardenales no somos eméritos; somos electores o no electores»:
Pero sobre todo, me ha admirado mucho la importancia que le ha dado al valor de la vida, unido muy estrechamente al valor de la dignidad de la persona humana, que la concibe de forma trascendente. En el Parlamento dijo que la dignidad de la persona humana es intocable, porque la persona humana nace de la creación de Dios.
Diríamos –en términos del Papa Francisco– que lo periférico se da si el centro –lo esencial– funciona. Yo creo que, desde este punto de vista, hay una continuidad básica y fundamental con el pontificado de su predecesor, pero también con los Papas del post concilio. Es curioso, pero él ya ha escogido como tema para sus catequesis el Concilio Vaticano II, lo que es una llamada de atención a todos. Hay que volver al Concilio Vaticano II, ya que es la fuente inmediata, clara, evidente, inequívoca de lo que se le pide a la Iglesia por mucho tiempo. Todavía tenemos mucho espacio de aplicación del Vaticano II por delante.
– Aunque este ha sido uno de los puntos de fricción que ha desembocado en la reciente excomunión de los lefebvristas...
– En la historia de los concilios de la Iglesia, antes y después de los grandes concilios, siempre hubo una divergencia en algún punto doctrinal más o menos decisivo –a veces muy decisivo–, como por ejemplo todos los dogmas sobre la divinidad de Jesús o todos los dogmas cristológicos, pues siempre fueron acompañados y seguidos de grupos y de personas que se desviaban. En el Vaticano II también se da ese fenómeno: un sector considerable de la Iglesia, sobre todo en Europa, sobre todo en Francia y Suiza, donde la doctrina sobre la libertad religiosa del Vaticano II no fue comprendida y, por lo tanto, se produjo en torno a la figura de un arzobispo que tenía mucho prestigio personal. Y además con razón, porque era un hombre culto, un obispo culto espiritualmente, muy apreciable, más que respetable. Y, en torno a él, se dice: Este paso no lo damos.
Pero claro, ese paso significaba romper con el Concilio, porque el Concilio, en su doctrina, se extiende a muchos aspectos de la fe de la Iglesia. Vale tanto el Magisterio del Concilio hablando del Colegio Episcopal, o de la vida consagrada, o de los laicos, o de la libertad religiosa.
La misa tridentina
– La liturgia tradicional ha sido otro de los puntos de desencuentro. Usted, recientemente, ha pedido «comprensión para quienes quieren el rito antiguo».
– Pero ese no fue el problema nunca, porque todos los Papas tuvieron comprensión hacia ello. Y, claro, se puede celebrar legalmente, incluso después de la derogación del decreto de Benedicto XVI. El Papa Francisco no prohibió totalmente la celebración del rito antiguo. Limitó mucho la posibilidad de que se extienda, por ejemplo, que no puede haber más comunidades, más grupos de fieles que quieran celebrar en el rito antiguo. Yo soy sacerdote desde marzo del año de 59, y celebré siete años esa misa hasta el año 66. Por lo tanto, no estamos en un asunto de doctrina, de fe, porque la Iglesia ha vivido 500 años con este ritual.
Siempre ha habido variedad de ritos litúrgicos. Es, por lo tanto, un problema de disciplina y de pastoral litúrgica. Pero, claro, al convertirse en una desobediencia expresa, pasa a ser un problema grave, que atenta contra la unidad de la Iglesia.
Se hizo una reforma litúrgica en el Vaticano II que, en muchísimos y muy extendidos casos, se convirtió en una parodia de la liturgia. Y, claro, cuando la parodia llega hasta tal grado de profundidad que afecta a la verdad misma de lo sacramental, la conciencia de los fieles e incluso la misma sensibilidad estética de lo humano, ante la indisciplina casi anárquica de la liturgia en muchos casos y en muchos lugares de la Iglesia en los años 70 influyó en que grupos de fieles volvieran otra vez a la tradición anterior a la reforma del Vaticano II.
El cardenal Rouco firma el Libro de Honor de El Debate
– Recuerdo, cuando era arzobispo de Madrid, uno de esos abusos litúrgicos muy sonados que se produjo en 2007 en la parroquia de San Carlos Borromeo y que usted ordenó cerrar al culto. Hasta allí acudieron a «solidarizarse» y a montar el numerito José Bono y Pedro Zerolo...
– Claro, cuando se producen estos fenómenos de abusos, hay gente que reacciona saliéndose por el otro lado... No negando la fe, no negando los contenidos básicos de la fe, pero exagerando, diríamos, la fórmula de solución del problema, que puede producir división, puede producir pérdida de unidad en lo verdadero y lo esencial.
Casos como ese se dieron a lo largo de los años 70. Hubo de todo y, lo que era peor, en las casas de formación, de religiosos, de religiosas, seminarios... Celebrar la Eucaristía en la sala de estar con una mesa baja. Sentados, en cuclillas, traer el vino de la nevera, el pan de no sé qué y luego hablar cada uno lo que le parecía... Casi lo único reductible a verdad teológica eran las palabras de la consagración.
O sea, se pasó de la celebración de la Eucaristía instituida por el Señor; sacramento de su presencia sacrificial y sacrificada en la cruz que alimenta nuestras almas; su carne y su sangre; la presencia de lo Divino en medio de tu vida y de tu historia... a una especie de juego de amigotes o de amigos, sin más. Hay una distancia infinita.