José Fernández Castiella, durante su visita a El Debate
Entrevista al sacerdote y escritor José Fernández Castiella
«Dios nos dice: 'Yo no te pido nada; estoy contigo para que sigas tus deseos tras un discernimiento honesto'»
«Somos analfabetos afectivos porque ciframos la felicidad en la intensidad de las emociones», señala este Doctor en Teología Moral
Fue economista antes que sacerdote, y escritor de vocación quizás tardía, pero muy fructífera: su libro El matrimonio, la gran invención divina (ediciones Cristiandad), publicado el año pasado, cosechó muy buenas críticas. José Fernández Castiella es profesor de Antropología Filosófica en la Universidad Villanueva de Madrid desde 2019 y, los que le conocen, aseguran que «es un verdadero erudito».
Acaba de publicar Narrativa sinfónica del Yo con la misma editorial, donde aporta las claves para que las dimensiones que todos tenemos (la condición relacional, la afectividad, la intimidad, el deseo, la memoria, la esperanza, el trabajo, la familia, la amistad y la sexualidad), «como los instrumentos de una gran orquesta, interpreten bajo la dirección de la libertad la gran sinfonía de la transformación de su anhelo originario en vocación original».
–Sin embargo, uno los dogmas que están hoy en día absolutamente asentados y consolidados es que la libertad es, básicamente, hacer lo que a uno le apetezca. Ni batutas ni sinfonías...
–Efectivamente, está asentado en una cultura en la que se pretende que la libertad es un absoluto y no está vinculada ni a relaciones perdurables ni a una necesidad de dar razón de quién soy yo. Una libertad, además, que está muy al servicio de los deseos más caprichosos, porque los deseos muchas veces son pulsiones. Me parece que eso es un rasgo muy típico de la posmodernidad.
Pero sin embargo, cuando uno se hace la pregunta filosófica por antonomasia: ¿Y yo quién soy?, y empieza a preguntarse por su propia identidad, me parece que surge la necesidad de tener que aceptar la existencia como recibida y por tanto, la libertad ya es condicionada. De hecho, está muy condicionada desde el contexto sociocultural en el que vivimos, hasta en el lenguaje. Porque yo solo puedo pensar y tener ideas en mi lengua madre, que es el español, y si he aprendido otros idiomas lo puedo enriquecer, pero no puedo pensar como piensa un oriental. Ahí ya tengo restricciones muy serias a la libertad.
Aceptar esos condicionantes es como aceptar que, para jugar al tenis, hace falta una pista, es decir, unos límites, una red, unas líneas en las que la bola sólo puede botar una vez, se le pega con la raqueta y, cuando se aceptan esos límites, se puede jugar el partido.
'Narrativa sinfónica del yo', el último libro de Fernández Castiella
Tenemos un deseo que es como una energía que nos saca de nosotros mismos y que busca una plenitud. Eso se ve desde que el niño es muy pequeño: Cuando le preguntas qué quiere ser de mayor, siempre se proyecta hacia algo grande, a lo más grande que él puede pensar, aunque todavía sea torpe.
–Ha empleado la palabra deseo. He leído en su libro que, etimológicamente, desear viene de echar de menos una estrella. Interesante etimología...
–Sí, las etimologías de las palabras muchas veces revelan cuestiones que parecían obvias, pero que uno tiene que parar a pensarlas. Efectivamente, desear viene de sidus, que significa estrella. El espacio sideral es el espacio estelar. En torno a la palabra desear hay otras palabras, como considerar, que es «razonar teniendo en cuenta esa estrella que se echa de menos». O la palabra desastre, que no es exactamente la misma etimología, pero es no tener un astro. La vida desastrosa es la que no tiene una plenitud a la que aspirar.
–Habla usted también en su libro de hallar tu centro fuera de ti. Otra andanada a otro de nuestros dogmas postmodernos, donde lo primero soy yo...
–Sí, yo pienso que la existencia humana es frágil, porque el origen o el centro de nuestra existencia está fuera de nosotros; tanto en el origen –porque somos fruto de la decisión de otros; nuestra existencia no la elegimos nosotros ni la decidimos, sino que nos viene–, y porque nuestra vida no tiene un destino, sino que tiene unos destinatarios. Alcanzar la plenitud pasa por encontrar el centro y la razón de mi existencia fuera de mí. Por eso, entre otras cosas, me parece que el matrimonio es la forma de identidad, o sea, la vocación por antonomasia, la referente para cualquier vocación ha de ser el matrimonio.
La vocación por antonomasia
–Es curioso que eso lo diga un sacerdote...
–Sí, yo creo que el sacerdocio nace de la condición –hablamos ya en términos cristianos– del pecado original. Si no hubiera pecado original, todos seríamos sacerdotes de nuestra existencia. Buscaríamos el destinatario de nuestra vida en Dios. Pero la mediación para alcanzar a Dios es otra persona. Adán, en el paraíso, necesitaba de Eva para poder llegar a Dios. Y es en el encuentro con Eva donde se encuentra con Dios también. Así que si yo quiero comprender mi sacerdocio, he de entender también mi vocación al matrimonio.
El sacerdote es profesor en la Universidad Villanueva
–Lo que comenta sobre la libertad imagino que es un tema muy recurrente entre los jóvenes a los que da clase.
–Indudablemente, todo el modelo antropológico de formación de la identidad que propongo en este libro nace de la constatación de que el sujeto postmoderno –el hombre de hoy– está en una crisis de identidad grave. Por eso, por la ausencia de vínculos perdurables, porque la relación con el trabajo es disfuncional, pensamos que tenemos que ser productivos y mejores, no buenos.
Además, lo que ahora se llama el FOMO (el acrónimo en inglés de Fear Of Missing Out), un tipo de ansiedad social y psicológica caracterizada por el miedo constante a perderse experiencias gratificantes, eventos o noticias que otros están viviendo, provoca la necesidad de estar constantemente pendientes de lo que pasa afuera, y que no tengamos interioridad desde la que interpretar el mundo. La conducta emotiva, de la que tanto se habla.
Pero pienso que, efectivamente, hoy día somos analfabetos afectivos porque ciframos la felicidad en la intensidad emocional y no llegamos a los sentimientos, a los afectos, a estados afectivos más profundos y más estables, aunque menos intensos. Y luego la exacerbación del deseo, la bulimia desiderativa que, si lo quieres, lo tienes, como nos proponen todas las campañas de publicidad.
Estos cinco rasgos pienso que nos generan una crisis de sentido porque nos hacen estar viviendo al instante, obviando los procesos, sin capacidad –o con una falta de capacidad– para proyectar la propia identidad hacia una lucha según una narrativa biográfica.
Angustia por dar el cien por cien
–De ahí la incapacidad de espera, la necesidad de obtener resultados inmediatos...
–Sí, cada vez somos menos tolerantes a la espera o a la paciencia. Nos parece que ser impacientes casi hasta es una virtud, porque nos permite no tener que esperar y ahorrar tiempo. Yo creo que nuestra relación con el tiempo es bastante reducida o disminuida, porque vemos el tiempo como un recurso; somos utilitaristas: medimos el tiempo y vemos que hay que aprovecharlo y que no se puede perder. Y yo creo que eso es angustioso, porque el tiempo se va y entonces uno vive en la angustia de tener que estar dando el 100% de sí mismo sin saber muy bien qué es ese 100%.
Pienso que hace falta una visión que considere el tiempo como un ámbito –no como un recurso que yo utilizo– en el que yo me hago presente y no me tengo que ausentar. Entonces, esta conversación, que es perfectamente inútil, no sirve para nada. Sin embargo, nos estamos haciendo presentes aquí, dando de sí y compartiendo. Y esto genera una visión de uno mismo en el que me veo valioso porque tengo algo que decir, por ejemplo.
–¡Hombre, seguro que esta conversación no es perfectamente inútil! A mí me está sirviendo, y seguro que a nuestros lectores también.
–Perderán el tiempo leyendo este artículo que no sirve para nada y, sin embargo, se sentirán gozosos dialogando con cuestiones profundas de lo humano.
–Seguro que sacan provecho de él. Pero vamos a un último tema, cuando habla en su libro de vocación. Dice que no hay que verla como lo que Dios nos pide, sino lo que Dios nos ofrece.
–Sí, sí, esto es un hallazgo. Tenemos una visión de Dios que me parece que no le hace justicia, porque pensamos que Dios es como seríamos nosotros si fuéramos Dios. Nos hacemos esa idea y nos proyectamos en Dios, y tratamos de manejar nuestra vida teniendo en cuenta a ese Dios al que controlamos a nuestra imagen y semejanza.
Sin embargo, Dios es mucho más. Dios es mejor, es demasiado. Hay muchos salmos que dicen que Dios no se puede abarcar ni por arriba, ni por abajo ni por los lados. Dios es más grande. Siempre es sorprendente. No le hace justicia pensar que nos ha creado de una manera para pedirnos después que seamos de otra. Nos dice: Mira, hijo mío, yo estoy contigo para que tú sigas tus deseos y encuentres una compañía que sana, que multiplica y que da profundidad a todo lo que puedes hacer. Yo no te pido nada; yo te pido que seas tú mismo y te doy la gracia para que sientas esa compañía, esa presencia que te acompaña.
Entonces, efectivamente, los caminos que llevan a mi plenitud pueden ser diversos. Yo estudié Economía, como podía haber estudiado cualquier otra cosa, y Dios no espera de mí que estudie una cosa o la otra, sino que, en aquello que estudio según un discernimiento honesto de mi deseo –el adjetivo es muy importante: honesto–, sepa que a Dios le gusta, y que la voluntad de Dios es que yo sea yo mismo y que Él me acompaña. Dios me ofrece, sobre todo, su compañía, pero también muchas opciones, porque yo me podía haber casado, y mi vocación habría sido el matrimonio, porque se me ofrecía, pero se me ofreció también el sacerdocio, y fue mi corazón el que eligió. Yo no he recibido de Dios ninguna revelación que me diga: Tú tienes que ser sacerdote.
En cambio, no se me han ofrecido otras cosas: ser madre de familia, a mí no se me ha ofrecido, Dios no me lo ha ofrecido, y ni me lo piden ni me lo ofrecen. No es mi vocación. Pero dentro de lo que sí se me ofrece, hay cosas excluyentes, y es mi libertad la que configura. Si yo me tuviera que casar, Dios no me diría: Te tienes que casar con ésta, sino que, de entre las que se te ofrecen, la que tú elijas honestamente, esa es la que Dios quiere para ti. Entonces, tu libertad configura la vocación en diálogo con Dios a la escucha y respondiendo, pero con libertad. Dios no quiere que haga algo, sino que sea yo mismo.
Estas son las líneas maestras del libro: el deseo, la condición relacional y el sentido vocacional de la vida.
–Y que no son ninguna pérdida de tiempo...
–(Sonríe). No; yo creo que pensar sobre estas cosas enriquece la propia vida y eso sí que nos hace más libres. No nos da capacidad para elegir más cosas, pero nos da criterio a la hora de tomar la decisión.