El sacerdote Rafael Gómez Miranda, durante su visita a El Debate
Entrevista al sacerdote Rafael Gómez Miranda
«En la Iglesia se ha introducido un cierto capitalismo, con 'consumidores de experiencias religiosas'»
Es doctor en Filosofía y doctor en Teología, además de profesor y escritor. Acaba de publicar 'Habla la carne'
Es licenciado y doctor en Filosofía (Universidad Complutense de Madrid) y licenciado (Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid) y doctor en Teología (Università Gregoriana de Roma). Casi nada. Además, Rafael Gómez Miranda (Madrid, 1975) es profesor en la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Facultad de Enfermería Salus Infirmorum de la Universidad Pontificia de Salamanca, ambas en Madrid.
Pero también escribe libros: el último, Habla la carne (editorial Encuentro), una invitación a pensar sin barandillas.
– ¿Qué es lo que tiene que decir la carne?
– La carne no dice nada por sí misma. Es Cristo quien habla a través de la carne. Es un poco el tema central del libro. El tema principal es una reivindicación, una acentuación más clara en nuestro tiempo contemporáneo, de que Cristo se ha hecho carne y, por lo tanto, yo me lo encuentro a través de una presencia carnal y real que es la Iglesia, y somos los bautizados.
La portada del libro de Rafael Gómez Miranda
– Aunque es un libro breve –de menos de 150 páginas–, tal vez haya lectores que, al ver que es usted doctor en Filosofía y doctor en Teología, piensen que «esto no es para mí», «que es una obra demasiado elevada»...
– Hombre, no es un libro fácil para llevárselo a la playa. Estoy intentando hacer un tipo de teología o filosofía que no sea tan técnica, tan académica. Por eso has podido ver que hay textos literarios. Cita algunos pasajes de novelas de Marion o Michel Henry. Es un libro accesible. Lo que pasa es que quizá estemos acostumbrados a todo lo inmediato y a todo lo fácil. En cuanto algo cuesta un poquito, ya estamos con las uñas... Pero las cosas más interesantes generalmente cuestan, ¿no?
«Pensar sin barandillas»
– Sin duda. Además, usted anima a «pensar sin barandillas»...
– Es una expresión de Hannah Arendt. No es mía. Es intentar pensar sin las ayudas conceptuales, que no es que estén mal, pero para pensar a Dios a veces nos estorban. Es decir, es este intento que tenemos por agarrar o por conceptualizar lo que solo podemos decir a través de la poesía o de la literatura, del arte, de la música. A veces, en clase, cuando hablamos de la Resurrección, les pongo la última parte de la segunda de Mahler. Y les digo: Esto explica mucho mejor lo que significa la Resurrección que cualquier tratado que está sostenido por barandillas, por conceptos, por nociones que, a veces, cuestan y cierran, porque parece que a Dios lo pudiésemos encerrar en un concepto, y no se puede.
– Esa sinfonía de Mahler, por cierto, fue la que llevó a la conversión a Erik Varden...
– Sí, sí, sí.
– Monseñor Varden estuvo aquí, en El Debate, no hace mucho, en enero...
– Ciertamente es una maravilla. Es una maravilla.
– Cuando usted se plantea escribir el libro, ¿qué hueco busca llenar con el tema de la carne?
– La inquietud nace de que empiezo a percibir cierta espiritualización de la fe, que implica siempre un cierto individualismo. De hecho, la Conferencia Episcopal sacó recientemente un documento sobre el emotivismo y la experiencia de la fe. Yo creo no está tan extendido como para preocuparnos, pero sí que es una tendencia sobre la que tenemos que estar atentos.
En la experiencia global del cristianismo, evidentemente, hay una parte espiritual, emotiva, pero también hay una parte carnal. Jesús invita a los dos primeros discípulos a seguirle: Venid y veréis. No dice: sentiréis; dice: veréis; veréis lo que hago, con la carne: milagros, cómo hablaba, cómo sanaba, cómo se movía entre las personas. Es la carne lo que nos encontramos.
Esta entrevista se verá online, me imagino. El origen es la carne de dos hombres, y la cámara: estamos hablando y luego nos tomaremos un café. Eso es la carne.
El sacerdote acaba de publicar 'Habla la carne'
– Nos lo tomaremos, sin duda. Algunos se refieren, con ironía, a los turismáticos: una suerte de «turistas espirituales» que buscan constantemente la novedad, el impacto, la experiencia espiritual, lo llamativo...
– Bueno, hay una cierta tendencia. Yo no lo llamaría así. Me gusta más lo de consumidores de experiencias. Hay un cierto mercado, o se ha introducido el capitalismo también en la experiencia religiosa, y parece que uno tiene que consumir, que estar en ciertos sitios o hacer ciertas experiencias. Yo veo en la parroquia que las que sostienen el Rosario diario son señoras que no han ido a ningún sitio más lejano que, quizá, Lourdes o Fátima, y una o dos veces en la vida. Y son las que están ahí sosteniendo con la oración.
Yo creo no son cosas malas. El único problema es absolutizar ciertas experiencias. Estoy de acuerdo en que la riqueza de la Iglesia es infinita, y por lo tanto es una gracia. Pero hay que tener en cuenta que nuestra experiencia siempre, siempre es carnal. Vuelvo a insistir en esto: no solo necesito una experiencia espiritual; necesito luego la carne, que es el pueblo de Dios.
Esto se ha visto muy bien durante la visita del Papa: Más allá de la riqueza y la gracia que han supuesto su visita, bastaba con ver al pueblo de Dios en las calles de Madrid. Uno dice: Yo pertenezco a este lugar que está hecho de carne, de rostros.
– Cuando salió recientemente el documento de la Conferencia Episcopal sobre el emotivismo, algunos inmediatamente señalaron a Emaús, Proyecto de Amor Conyugal, Effetá, Hakuna... Pero, por otro lado, son los entornos en donde se están produciendo más conversiones...
– Sí, es un tema; todo lo nuevo siempre genera un poco de alergia inicial: al principio, ante lo que nos saca de las cosas que ya sabemos, de las cosas que ya dominamos. Siempre, siempre, sucede así, y por eso implica un trabajo, un seguimiento. Y eso es lo que hace la Iglesia, es decir, el episcopado, los obispos, los expertos: Tened cuidado con esto.
Retiros «de impacto»
– Es verdad que ellos siempre insisten en que, efectivamente, son una experiencia de impacto, pero que después hay que profundizar. Son muy conscientes de ello.
– Yo leí así ese documento; no lo leí poniendo nombres a todos. El propio sacerdote puede caer en proponer una experiencia emotiva y solo emotiva en su parroquia, aunque que no sea ningún tipo de realidad nueva. Es decir, es un aviso, aviso a navegantes, a todos, a todos. No es un problema de esas experiencias concretas. El tiempo de la Iglesia siempre se mueve, no en horas, sino en siglos... Entonces, con mucha paz hacen bien las correcciones que nos tiene que hacer la Iglesia, el Magisterio. Con humildad estoy atento a esto, y ya está.
– Durante mucho tiempo, tal vez en la Iglesia se ha mirado a la carne con sospecha, como la enemiga del alma. Y usted, con este libro, parece que pretende ponerla en su papel...
– Vamos a ver, es una cuestión pelín compleja; quizás sea la más complicada del libro. De hecho, dedico unas páginas a la cuestión de la carne humana, al pecado: todo lo que San Pablo subraya de esta tendencia de la carne. Yo he intentado que el concepto de carne fuese un concepto más bien holístico, donde está englobado todo, la carne y el alma. Evidentemente, la carne es frágil, la carne es débil, la carne tiende al pecado. Pero es que Dios ha decidido hacerse carne evitando el pecado, dejándolo fuera. Pero sí que ha escogido nuestra fragilidad, ha escogido nuestra vulnerabilidad.
El cristianismo es una experiencia siempre vulnerable, exactamente igual que el amor. El amor es la experiencia más vulnerable de todas. Y, sin embargo, es lo que nos hace felices. Es lo que construye el mundo. Es lo que generará humanidad. ¿Que el amor se puede desviar, se puede desvirtuar como la carne? Es cierto. Pero es que Dios ha decidido hacerse carne, y ha elegido ese método. No ha elegido otro. Vuelvo a insistir en el Venid y veréis. No dijo: Venid y sentiréis. No; veréis, me veréis a mí en la carne. Y, viéndolo a él, el que me ha visto a mí, ve al Padre. Esto es la fe.