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17 de julio de 2024

El abogado francés y expresidente del Consejo Constitucional francés Roland Dumas

El abogado francés y expresidente del Consejo Constitucional francés Roland DumasAFP

Roland Dumas (1922-2024)

Abogado de Picasso y aventurero de la política

Gestionó la vuelta del 'Guernica' a España, fue un buen ministro de Asuntos Exteriores, pero participó de lleno en las intrigas y escándalos de la era Mitterrand

El abogado francés y expresidente del Consejo Constitucional francés Roland Dumas
Nació el 23 de agosto de 1922 en Limoges y falleció el 2 de julio de 2024 en París

Roland Dumas

Político y abogado

Abogado de elite durante casi sesenta años, en política fue diputado entre 1956 y 1958, 1967 y 1968 y 1981 y 1993, así como ministro de Asuntos Europeos en 1983 y de Asuntos Exteriores entre 1984 y 1986 y 1988 y 1993.

Las malas lenguas -aunque nunca se determinó con precisión la autoría de aquellas palabras- decían que «Mitterrand tenía dos abogados: Badinter para el Derecho y Dumas para lo torcido». Tiene algo de verdad, tal y como suele ocurrir con los comentarios malintencionados: Dumas tuvo participación, en mayor o menor medida, en casi todos los episodios turbios del mitterrandismo.

La primera vez, en 1959, cuando su jefe de filas se vio atrapado en la maraña del escándalo de L’Observatoire -un proyecto de atentado contra él del que había sido avisado- le sacó, actuando como letrado, de un apuro que estuvo a punto de comprometer su carrera política. Ya en el poder, a partir de 1981, Dumas contribuyó, a su manera, a usar con el descaro más absoluto, todos los medios del Estado -incluidos los policiales y de inteligencia interior- para evitar que el excéntrico novelista Jean-Edern Hallier revelase al público la existencia de Mazarine, la hija natural que Mitterrand había engendrado con su amante Anne Pingeot. Según Franz-Olivier Giesbert, biógrafo del fallecido presidente, Dumas era de los pocos, junto con el controvertido Michel Charasse, que, en el peculiar ecosistema mitterrandiano «se movía entre las dos cortes», muy compartimentadas entre ellas: la de Anne, y la de Danielle Mitterrand, la primera dama.

Por supuesto, la lista no es exhaustiva, convirtiéndose la presencia de Dumas en habitual cuando, desde el Elíseo u otras altas instancias del Estado, se pergeñaba cualquier maniobra con carácter desestabilizador. Así, cuando hubo que presionar -no fue fácil- al jefe del Estado para que prescindiese de Charles Hernu, ministro de Defensa que cubrió la voladura del «Rainbow Warrior»; o cuando hubo que apartar al asesor áulico François de Grossouvre, que terminó suicidándose en su despacho del palacio presidencial.

Hasta que el escándalo terminó asolando al propio Dumas: siendo ministro de Asuntos Exteriores, este mujeriego empedernido inició una relación -tras haber dejado su affaire con la hija del general Tlass, ministro sirio de Defensa- con Christine Deviers-Joncour, empleada en la división de Relaciones Públicas de Elf-Aquitaine. Por entonces, la extinta petrolera era la pieza clave de la diplomacia energética francesa y epicentro de diversas corruptelas.

Deviers-Joncour, con fondos procedentes de comisiones ocultas, un par de zapatos hechos a medida por valor de 2.000 euros al cambio actual. Al final, Dumas resultó absuelto, pero se vio obligado a dimitir de la presidencia del Consejo Constitucional. Un cargo desde el que validó, en 1995, la contabilidad falseada de las campañas presidenciales de Jacques Chirac y Édouard Balladur. Lo hizo, según dijo, «para evitar la repetición de las elecciones».

El Consejo Constitucional supuso el final de una carrera política que tuvo puntos de gran brillantez: nadie, prácticamente, niega que Dumas fuese el último gran ministro de Asuntos Exteriores que tuvo Francia. Ocupó el Quai d’Orsay en los periodos comprendidos entre 1984 y 1986 y 1988 y 1993, durante los cuales entabló magníficas relaciones con James Baker, Hans-Dietrich Genscher o Francisco Fernández Ordóñez, estando presente en el impulso decisivo a la construcción europea, el proceso de reunificación alemana o arrimando a Francia a coalición occidental en la guerra del Golfo. En relación con España, promovió la cooperación en materia antiterrorista.

Unas dotes de negociación, oratoria, y visión a largo plazo que forjó durante su larga carrera de abogado, llevando célebres casos como la compleja sucesión de Pablo Ruiz Picasso, que gestionó hábilmente, sin que estallaran demasiadas peleas entre sus herederos. El pintor malagueño le encargó negociar la vuelta del Guernica a España, una vez restablecida la democracia. Asimismo, representó los intereses de otros artistas, como Marc Chagall, Alberto Giacometti o Georges Braque. Sin olvidarse, fiel a sí mismo, de estar, como acusador o defensor, en juicios polémicos como el de los diamantes de Bokassa, que lastró el mandato de Valéry Giscard d’Estaing.

Con todo, sería injusto evocar esta excepcional trayectoria -para lo bueno y para lo muy malo- obviando su condición de joven resistente. Al igual que su padre, Georges Dumas, asesinado por la Gestapo en 1944: al joven Roland le incumbió ir a reconocer su despiezado cadáver en una fosa común.

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