Umberto Bossi, en una imagen de archivo
Umberto Bossi (1941-2026)
El padre del populismo contemporáneo
Reventó, a través de la Liga Norte, todos los códigos de la anquilosada Italia de los 90
Umberto Bossi
Nació en Cassano Magnago el 19 de septiembre de 1941 y falleció en Varese el 19 de marzo de 2026
De origen humilde, estudiante de una carrera de Medicina que nunca acabó, poeta ocasional en lengua véneta, fue líder de la Liga entre 1989 y 2012, parlamentario entre 1989 y 2026 y ministro de Reformas Institucionales entre 2001 y 2004.
Solía decir Roberto Maroni que Umberto Bossi era el padre de la Liga Norte y él, la madre. En todo caso, durante décadas el senatur —así se autodenominaba— ejerció de vocinglero y Maroni de prudente gestor, ya fuera en los sucesivos gobiernos presididos por Silvio Berlusconi o al frente de la Región Lombardía. Un reparto de papeles conforme a los respectivos temperamentos de los protagonistas: resultaba complicado percibir una palabra más alta que otra en la boca de Maroni. En el caso de Bossi, se puede decir que era su razón de ser.
Ambos se habían conocido en 1979 y al año siguiente, según refiere Bruno Vespa en «Storia d’Italia da Mussolini a Berlusconi», iniciaron su aventura política con la pintada «Liga Autonomista Lombarda» en el paso elevado de una autopista cercana a Milán, según refiere Bruno Vespa en «Storia d’Italia da Mussolini a Berlusconi». Una osadía, pues la Italia de 1980 aún se debatía en los terribles «años de plomo», sostenida por la solidez de la alianza tácita entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista para evitar el desmoronamiento de un Estado constantemente puesto a prueba por las Brigadas Rojas o por Cosa
Mas el escenario había cambiado por completo a principios de los 90: la caída del Muro de Berlín había difuminado la amenaza comunista y puesto al descubierto las insuficiencias y demás corruptelas de una clase política anquilosada. Como destaca Paolo Macry en su ensayo «La derecha italiana de Guglielmo Giannini a Giorgia Meloni», «al percibir la crisis del consenso democristiano en las regiones norteñas de Italia, el fenómeno de la Liga Norte certificó el declive de la ‘República de los partidos’».
Los resultados no se hicieron esperar: alrededor de 80 escaños en las generales de 1992, la elección de Marco Formentini como alcalde de Milán en 1993 y más de 180 escaños en las generales de 1994, recompensados con cinco ministerios —entre ellos, Maroni al frente de la cartera de Interior— en el primer Gobierno de Silvio Berlusconi.
El relato de la Liga —básicamente, denuncia de los «políticos corruptos de Roma» y del desvió de dinero público desde el «próspero norte hasta el improductivo sur»— había cuajado. Un relato que no se puede desligar del peculiar estilo de Bossi, fiel a los códigos más genuinos del populismo: rostro de sindicalista de provincias y capaz de practicar la ordinariez, como esas intervenciones televisivas en directo desde su lugar de veraneo -una playa de Cerdeña-, vestido de una camiseta sin mangas, amenazando la estabilidad del Gobierno de Berlusconi. Bien es cierto que era necesario desmarcarse de Il Cavaliere, que veraneaba en la misma isla, si bien en su lujosa residencia de Villa Certosa.
Más peligroso era su discurso en materia territorial: federalista hasta 1996, a partir de ese año se hizo abiertamente secesionista con la pretensión de crear una «República padana» en el norte que agruparía, principalmente, al Piemonte, a Lombardía y al Véneto. Un proyecto rocambolesco que, sin embargo, forzó al Gobierno de centro izquierda de Giuliano Amato a modificar el Título V de la Constitución de cara a la cesión de competencias estatales a las regiones. «Estaba cambiando la cultura política del país, convirtiéndose a la descentralización los expertos en Ciencias Sociales, incluso un partido como Alianza Nacional [heredero del posfascismo] terminó aceptando el lenguaje de su aliado Bossi», sentencia Macry en su libro.
Este legado, nada desdeñable, supuso también el inicio del declive de Bossi que, en 2012, cedió el liderazgo de la Liga a Matteo Salvini, con quien las relaciones siempre han sido distantes. Con todo, esa salida de la primera línea no implicó el abandono de un escaño que conservó hasta su último aliento. Ya no tocaba denunciar a la clase política.