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¿El tema de nuestro tiempo?

Ser crítico es hoy una exigencia inaplazable en un mundo saturado de datos que no tienen por qué ser verdaderos. No es lo mismo creer y estar convencido que conocer y tener certeza

Act. 01 nov. 2025 - 17:06

Ortega publicaba en 1923 una obra con el título El tema de nuestro tiempo, a la vez que daba una respuesta muy clara. El problema era articular la razón -Sócrates- y la espontaneidad -Don Juan-, lo que después quedaría en aquella frase de ni racionalismo ni vitalismo, sino raciovitalismo; razón vital, una de las adjetivaciones que la razón ha conocido en España. Esta, y no otra, era la respuesta al problema. Sin embargo, la pregunta vuelve una y otra vez. La pregunta sobre cuál es el tema de nuestro tiempo, esto es, a qué problema debemos atender con urgencia vital porque forma parte de nuestra circunstancia o, de otra manera, qué es lo que urge pensar porque nos va la vida en ello.

Se trata, pues, de una pregunta recurrente a la que las generaciones contemporáneas deben enfrentarse. Este es el enigma que plantea la esfinge al Edipo, que somos todos y cada uno de nosotros. Aparentemente, hay varios candidatos ante los que la esfinge podría quedar satisfecha. Pero con las esfinges, al igual que con los tigres y panteras, no se juega. Si no se responde adecuadamente, uno queda a su merced y es devorado.

¿Cuáles son estas respuestas? Conviene examinarlas atentamente. Está la celeridad, hoy todo va demasiado rápido, la atención baila de un lado a otro sin reposar en ninguna parte y, así, hemos sustituido la lectura nocturna por el scrolling acceleracionista que, ofreciendo una recompensa inmediata, nos deja un vacío difícil de colmar. Pero también está la multiculturalidad, el hecho de que habitamos un mismo espacio con múltiples registros culturales y axiológicos. No podemos hablar de la pobreza, pues esta se ha dado constantemente a lo largo de la historia, como el hambre o las pestes. Tampoco de la desesperanza, dado que ha sido recurrente.

Ni la multiculturalidad, ni la aceleración constante del ritmo de la vida son, no obstante, el tema de nuestro tiempo, son, antes bien, manifestaciones de ese tema que no es otro que el desarrollo de la tecnología digital en su última versión, la inteligencia artificial o, si así se quiere llamar, la máquina de las respuestas -por seguir el título de un libro de reciente publicación. En efecto, las inteligencias artificiales son máquinas de respuestas y, nuevamente -permítame el lector que tergiverse la frase de Chesterton-, el problema no es que la gente no crea, sino que se cree cualquier cosa. Y así sucede que acríticamente damos por buena cualquier respuesta sin examen crítico alguno. Es una alienación del hombre respecto de la máquina. La máquina es muy útil, siempre que el usuario tenga criterio, como todas las máquinas, está diseñada para facilitarnos la vida, pero al tonto lo condena a la idiocia.

La duda no es placentera, al contrario, genera incertidumbre y desesperanza. La duda es insegura. Pero la creencia fácil es un producto barato y de poca calidad

Uno no puede enajenar su capacidad crítica en tanto que manifestación de su autonomía personal. El problema no es preguntar a la máquina, sino darse cuenta de que no basta preguntarle como quien consulta el oráculo de Delfos. Como Sócrates, hay que dudar de lo que dice la Pitia hasta convencerse de que es verdad porque quien duda quiere dejar de hacerlo. La duda no es placentera, al contrario, genera incertidumbre y hasta desesperanza. La duda es insegura. Pero la creencia fácil es un producto barato y de poca calidad, es como la moneda falsa o los zapatos baratos, no aguantan mucho.

Ser crítico es hoy una exigencia inaplazable en un mundo saturado de datos que no tienen por qué ser verdaderos. No es lo mismo creer y estar convencido de que conocer y tener certeza. Una convicción no es una certeza, pues no sale del ámbito de la subjetividad y bien puede ser una ilusión, no hace justicia a lo real. Desconfiemos de las personas de fuertes convicciones, mejor asintamos ante los que tienen unas pocas certezas o simplemente son sabedores de la labilidad de su propia capacidad de juzgar. Esos son los prudentes.

Formar el juicio aparece como el imperativo de nuestra época en la que, una vez más, nos vemos saturados de opiniones -no conocimientos- que mueven a las multitudes. Sin embargo, conocer cuesta, es trabajo -trabajo intelectual- la maldición bíblica de ganarse el pan con el sudor de la frente tiene una traducción muy clara: quisiste conocer y no meramente creer, aquí que sales del paraíso y tienes que trabajar tu intelecto para vivir. Ya no puedes coger los frutos de los árboles para alimentarte, tienes que arar el campo y cazar, dar muerte y ejercer violencia a la vez que ansías volver al lugar del que te expulsaron.

  • Andrés L. Jaume es Profesor titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de las Islas Baleares (UIB) y Doctor en Filosofía por la U. de Salamanca y Doctor en Pedagogía por la Universidad de Barcelona
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