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Inseguridad haberla, hayla. Y ya no es solo ciudadana, sino también marinera o costera, cómo prefieran ustedes llamarla. A un amigo mío muy cercano -reside en la costa norte de Mallorca, como yo- le robaron el otro día la cola del motor fuera borda de su modesta embarcación, que tenía amarrada amb roda casi frente a su domicilio habitual. Me lo contó poco después de descubrir por sí mismo la fechoría, cuando procedía a retirar su pequeña lancha para trasladarla al dique seco: «No se trata de algo fácil, puesto que la cola del motor estaba sumergida, por lo que los cacos debieron hacer su trabajo provisto de gafas de buceo y tubos respiradores. Además, la embarcación tiene más de veinte años y el motor no había sido desmontado nunca, hecho que implica el uso de unas herramientas especializadas que no todo el mundo sabe usar».

No ha sido el único caso del que he tenido conocimiento. A un conocido -era comienzos del verano- le robaron el motor entero, un soberbio fuera borda de 150 caballos nuevos de trinca, como el resto de la embarcación, que había comprado en la última feria náutica.

Hay muchos puntos en común en los robos antes citados. El más llamativo: el episodio de la preceptiva denuncia ante la Guardia Civil. Ambos lo calificaron -por separado, claro- de «lastimosa pérdida de tiempo». El guardia que les tomó la declaración ya les advirtió antes del inicio de las diligencias burocráticas -interminables, en ambos casos- que no se podría hacer gran cosa. «Son muchos kilómetros de costa y tenemos pocos efectivos». O sea: que la probabilidad de que se atrape a los facinerosos y se recupere lo sustraído son tan remotas como que el Mallorca se clasifique para la Champions. Una utopía, vamos.

Personalmente, puedo dar fe de que en las oscuras noches del recién estrenado otoño, extrañas sombras se deslizan entre las desoladas rocas. Van provistos de potentes pilas con las que iluminan el fondo del agua. Quizá sean pescadores -furtivos, en cualquier caso- o quién sabe a qué se debe este trajín nocturno a orillas del mar. No creo que se trate de encuentros románticos porque las bubotes no se están quietas un momento. Las ves pasar como si fuesen almas perdidas en busca de su eterno reposo y de pronto desaparecen sin dejar rastro. Dan miedo.

Uno entiende que la Guardia Civil no puede estar en todas partes y no les hago responsables de esta inseguridad de nuevo cuño. Pero no puedo menos que volver a lo que escribí el otro día. El señor Rodríguez Badal, delegado del Gobierno, no está a lo que debería estar porque se ha erigido en el jefe de la oposición socialista frente a Marga Prohens y Llorenç Galmés. Un antiguo refrán mallorquín asegura que mentres nues, no fas corda. Pues eso, señor delegado.