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Albares ha pedido perdón a México, lo que a México le importaría un pimiento de no ser porque Albares habla en nombre de España, lo que en sí mismo evidencia cómo va España: ya pide perdón por ella cualquiera y en cualquier sitio, lo que de entrada resta solemnidad al lance penitencial.

Es un perdón con la boca pequeña, como los lamentos de Bildu para no condenar a ETA, para una presidenta mexicana con la boca grande, la tal Sheinbaum, que tiene de india original lo que usted o yo de esquimal o su predecesor de azteca, el tarambana López Obrador, cuyos apellidos ya dan cuenta de su génesis y pese a ello lanzaba diatribas contra España solo creíbles para analfabetos.

La cuestión es por qué ahora Sánchez decide hacer ese gestito con Claudia, la Pocahontas de pega, a sabiendas de que el relato anticolonialista es una falsedad histórica y que, si nos ponemos así, habrá que buscar en España a los descendientes de los césares y los califas para exigirles una disculpa y, una vez obtenida, al batiburrillo de íberos, celtas, fenicios, visigodos y demás estirpes que conforman la identidad española y tuvieron sus cositas.

Todo el mundo con dos lecturas sabe que México no existía cuando llegó allí Hernán Cortés, y que por grande que fuera su trabuco solo pudo conquistar aquel rincón del mundo porque la práctica totalidad de pueblos originales, por resumirlo, estaban hasta el moño de los mexicas y les pusieron mirando a Jadraque para que, entre otras cosas, dejaran de utilizar seres humanos como si fueran pavos el Día de Acción de Gracias.

Y todo el mundo sabe también que el rastro de los indios permanece en la sangre hispanoamericana actual, en unas dosis felizmente masivas, porque allí prosperó el mestizaje y también la civilización: los episodios de violencia bélica, típicos de los tiempos, no dan para esconder la huella española espléndida en aquellos pueblos hermanos que nunca fueron colonias y se beneficiaron de una epopeya increíble que solo mancillan los tontos políticos populistas, que mienten incluso con la causa de la mortalidad.

No fueron las lanzas, sino la viruela importada, y hasta eso permitió la creación del primer hospital en el actual Méjico DF por decisión del descubridor extremeño, al que estos bobos a las tres solo les falta tildar de franquista para rematar el sainete.

España debería presumir de esa gesta, superior al viaje a la Luna, pero prefiere poner de ministro de Cultura a un señor que aspira a «descolonizar» los museos, para exorcizarles el demonio genocida que a su juicio llevan dentro: cualquier día le vemos en el Prado, delante de un cuadro sobre Colón de Dióscoro Puebla o sobre Pizarro de Manuel Ramírez, cantando salmos para sacarles a Lucifer con una estampa de Evo Morales. Hay que ser lerdo.

Pero la cuestión es por qué ahora y así. Y solo se me ocurren un par de razones: alguna económica habrá, estando no muy lejos Zapatero, el Grupo de Puebla y toda esa componenda financiera que algún día deberá investigar la UCO.

Y otra táctica de Sánchez, que solo es bueno para el mal: su pizca de ofensa a los españoles «fachas», esos que no se avergüenzan del Descubrimiento ni de la Reconquista y se enorgullecen de su pasado; viene bien para reforzar con otro ingrediente el choque de bloques, las dos Españas, la dialéctica guerracivilista, el célebre muro que divide y facilita trabajar sentimentalmente para un bloque.

Qué más facha puede haber, en la sentina ideológica del sanchismo, que no disculparse con los pobres indiecitos, no suscribir la leyenda negra genocida y no entender que la Hispanoamérica colonial fue el primer hito del franquismo que ahora, de nuevo, vuelve a atacar a la democracia.

Es todo tan burdo que mueve a la carcajada, de no ser porque en el viaje se destruye la imagen de España y se echa otro bidón de gasolina a la hoguera de la confrontación, que es la única esperanza de supervivencia que ya tiene este peligro público que encabeza al peor PSOE desde Largo Caballero, su doble perfecto.