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Carlos Mazón tardó en dimitir porque su mayor pecado, estar desaparecido, no provocó los estragos de la dana: simplemente no pudo explicar, de una manera convincente, dónde estaba y qué andaba haciendo cuando la tragedia sobrevino, aunque de haber estado hubiera ocurrido algo similar.

Insistir en el Ventorro y situar allí a una mujer guapa fue el recurso de sus detractores para convertirle no solo en responsable del drama, sino también en culpable directo de las muertes, con su propia complicidad ingenua: no se conocía bien la ley, que organiza las responsabilidades de todas las administraciones, hizo suyo lo que era compartido y no le tenía a él al frente y, para buscar indulgencia por sus confusas explicaciones y sospechosa desaparición, recibió a Pedro Sánchez como si fuera un presidente dispuesto y no un malandrín dispuesto a hozar en el fango para ahogarle a él, y al PP, en el lodo.

Su salida, conocida el mismo día en que al PSOE le crecían los fiscales, la financiación irregular, los koldos y las mascarillas y el Supremo se convertía en la UCI del sanchismo agonizante, no compensa los errores cometidos, pero da a su epílogo político la dignidad y la humanidad que otros no tienen: al menos paga un precio y asume una penitencia que seguramente le durará toda la vida.

Ahora bien, la historia no cambia por mucho que Mazón se vaya, el PP ayude al PSOE a desviar la atención con su habilidad característica para dispararse en el pie y el coro sincronizado de tertulianos y medios en nómina cacareen el relato falso de que a los valencianos los mató su presidente porque, y éste era el subtexto, estaba de farra con una tía buena y le pilló la riada surcando olas placenteras y borracho, como repiten no pocos con su feminismo a tiempo parcial escondido.

Y la historia es que Sánchez, Marlaska, Ribera y Robles también andaban de Ventorro, cada uno en el suyo, e incumplieron la ley que les obligaba a prevenir y actuar de otra manera, haciéndose cargo de una situación desbordante para los recursos autonómicos, los gestione Mazón o Illa, en cuyo caso la respuesta sería otra y ahora Salvador sería presentado como un salvador, por la misma boca de quienes llaman asesino al otro porque no milita en las siglas correctas.

España, pese a Sánchez, es un Estado serio, que prevé respuestas legales e institucionales para todas las situaciones, incluidas esas «emergencias climáticas» que solo existen para el gandul presidente corrupto cuando viaja por el mundo o sube los impuestos, pero desaparecen cuando se materializa en casa: en ese caso, el apocalipsis se transforma en un asunto doméstico para retratar a presidentes inútiles, juerguistas y peperos.

Pero el ciudadano debe saber que la Constitución, la Ley de Seguridad Nacional y la Estrategia de Seguridad Nacional colocan lo que pasó en Valencia, Castilla-La Mancha, Andalucía y un poco de Murcia y de Cataluña, hasta afectar a la superficie total de las Islas Baleares, facultan y obligan a Sánchez a intervenir en una catástrofe, a movilizar rápido los recursos del Estado, a emitir alertas incluso vinculantes haga lo que haga el Mazón de turno y a organizar la respuesta de todas las administraciones.

Solo en un ecosistema viciado y sectario, el mismo que permite el fraude de tener por presidente a un bandolero sin mayoría absoluta que se permite asaltar la Justicia en plena ola de respuesta judicial a sus escándalos, se tolera dedicar más tiempo a lo que hizo o dejó de hacer una pobre paisana, Maribel Vilaplana (otro chupito de empoderamiento y sororidad), que a lo que no hicieron el presidente o los ministros de Transición Ecológica, Interior, Transportes o Defensa, todos en una inopia premeditada para extraer beneficios políticos del dolor.

La legislación española, en fin, prevé qué hacer si topas con un presidente autonómico negligente o fallido, pero el gran problema es que no ofrece herramientas para revocar al presidente del Gobierno cuando, a todos sus escándalos, errores y abusos, le añade una mala fe dolosa cuando sobreviene un desastre y, en vez de ver españoles ahogándose o quemándose, se fija en el color político de quienes le gobiernan. Mazón fue un incompetente involuntario; Sánchez es un frío psicópata alevoso.