Por favor, ayudemos a este hombre
Amigas y amigos, camaradas y camarados, no podemos permitir que esté arruinando su salud; por el bien de todos, hay que convencerlo para que lo deje
Amigas y amigos progresistas, camaradas y camarados, como sabéis, una de las causas que apoyamos con más fuerza son las «políticas de cuidados» para todas y todos. Así que convendréis conmigo en que supone una injusticia que no esté disfrutando de ellos precisamente aquel que puso en marcha un formidable escudo social de protección de la salud física y emocional.
La contribución de Pedro a la nación de naciones plural y diversa es providencial, lo sabemos todas y todos, en especial a la hora de frenar la emergencia climática y la terrible escalada de la derecha y la ultraderecha. Su capacidad de resiliencia resulta ya legendaria. Su bondad, honorabilidad y compromiso están fuera de duda. Pero aun así, os traslado una pregunta que nos angustia a muchos progresistas y progresistos: ¿No estamos abusando un poco de Pedro? ¿No le estamos exigiendo ya demasiado? ¿Tiene sentido que se siga sacrificando por todos nosotros y nosotras hasta el extremo de comprometer su salud física y emocional?
La camarada Marisu de Triana, que, como sabéis, ve crecer la hierba antes que nadie, ya lanzó el primer aviso en julio, cuando señaló con su inigualable gracejo que «de tanto dejarse la piel por nosotros, a Pedro se le ha puesto la cara delgá».
Parece que el pueblo soberano comparte ese diagnóstico. Esta semana le hemos preparado a Pedro una visita encapsulada a las riadas de Andalucía. Pero para que no se dijese que escapa de la gente, en Villanueva de la Reina (Jaén) movilizamos a algunas compañeras a jalearlo. «Aguanta, ¡que estamos contigo!», animaban las nuestras a un Pedro en chubasquero socialista de 600 pavos y que componía ojitos de cordero degollado. Pero en aquel entrañable coro charista surgió la voz de una paisana que le dio un maternal consejo: «Come un poquillo, ¡que estás muy delgao!». Nuestro Pedro, absorto en sus preocupaciones (el hombre ha palmado dos elecciones en solo dos meses), daba las gracias como un autómata y nada respondió ante tan sensata recomendación dietética.
Amigas y amigos de la izquierda progresista, os confieso que estoy preocupadísimo. Pedro empezó a perder peso en verano y sigue más flaco que una cerbatana. En los pómulos se le han marcado unas extrañas rayas oscuras, como si fuesen las pinturas de un guerrero apache. La mirada es huidiza y difuminada. El rictus de la boca, muy tenso. Las carcajadas se le escapan a veces de manera extemporánea, un poco a lo Joker (véase el mitin en el que se puso a hacer unos chistecillos cutres a lo Wyoming contra Feijóo).
Pedro está cambiado. Ya no es aquel feminista que tanto admirábamos. Ha escondido bajo siete llaves a Begoña, una mujer emprendedora y empoderada, y hace ya varios meses que no la vemos. Además, ha abandonado la solidaridad digital-progresista con que ayudaba a su hermano, el sensible Maestro Azagra, celebrado coautor de la Danza de las Chirimoyas. Y dicen los susurros de Palacio que su propensión colérica se ha avinagrado todavía más. Algunos compañeros y compañeras incluso temen que haya desarrollado una manía persecutoria, que lo lleva a pensar que los megaplutócratas de Palo Alto se pasan el día maquinando contra él.
Ya ni siquiera lo relajan las charlas zen con Zapatero, ni la bici de montaña de dos mil euros, ni el humor sin gracia de Broncano, ni los masajes de Intxaurrondo, Fortes y Ruiz, ni el pelotilleo arrastrado de todo aquel con el que se cruza en la Moncloa o Ferraz.
Por favor, tenemos que ayudar a este hombre, porque no está bien. Si continuamos exprimiéndolo egoístamente, le puede acabar dando un jamacuco. La salud es lo primero. Así que deberíamos convencerlo entre todos y todas para que lo deje y pueda disfrutar tranquilamente con Begoña y las niñas de la herencia de los lupanares de Sabiniano y de las perrillas que haya podido abrochar la catedrática extraordinaria con su encomiable espíritu empresarial.
Pedro, las políticas de cuidados son muy importantes. Por favor, vete a casa, come, duerme y empieza a buscarte un buen abogado —Balta seguro que te hace precio—, no vaya a ser que en un futuro no muy lejano… Un día te cuento la historia de Bettino Craxi, que es muy educativa.