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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Pedro los cabrea y el PP lo paga

Sánchez quiere que la ciudadanía le pida «más madera» a Feijóo, sabedor de que precisamente el valor del líder del PP es el de no echar leña al fuego, el de la moderación y el sentido de Estado, ese activo político que Pedro ni tiene ni conoce

Pedro Sánchez se ha dedicado durante siete largos años a enfurecer a los electores de derecha. Pico y pala los ha insultado, ha gobernado contra ellos; ha irritado a más de media España, ante la que ha levantado un muro con concertinas. Construido el tabique e identificados los segregados, apareció Irene Montero avanzando cómo acabaría el trabajo si pudiera: barriéndolos a todos. Pedro se ha esforzado en maltratarlos y llenarlos de ira; con ese fin planteó en plena precampaña aragonesa la financiación singular de Cataluña, se peleó con los trumpistas tecnológicos y aprobó la regularización extraordinaria de inmigrantes. Bombas de racimo sembrando la política nacional. Lo ha hecho a conciencia para autoproclamarse líder aglutinador del progresismo y, especialmente, para polarizar tanto que una parte de esa tradicional base social popular ha llegado al convencimiento de que ya no vale, para conjurar el daño, una opción moderada, una derecha liberal clásica, un programa pragmático y razonable, un partido de Estado acostumbrado a gobernar como alternativa del PSOE. Una base social a la que al PP se le ha quedado pequeña.

El sanchismo ha llevado al límite a los votantes de la derecha. Aquellos que encontraron en el partido que dirigió José María Aznar en los primeros años 90 una casa común para todos –democristianos, liberales, conservadores e incluso socialdemócratas–, ya no hallan en esas siglas las respuestas extremas que exigen los tiempos. Por eso una oferta más radical, sin el pragmatismo obligado en una formación de Gobierno, eclosionó como alternativa a la falta de brío de los populares para dar la batalla cultural y limpiar de corrupción sus gobiernos. Así nació Vox.

Si al PSOE le pasó algo parecido con Podemos en 2014, luego supo fagocitarlo con el abrazo del oso que supuso su incorporación al Gobierno; de hecho, hoy ya es solo una pyme de Pablo e Irene. El PP, sin embargo, no ha tenido ni el reparto de ministerios a su disposición ni la inteligencia de gestionar esa realidad. A falta del poder central, lo ha intentado en el autonómico, en el que es hegemónico, con un resultado definitivamente mejorable. Ni Casado antes ni Feijóo ahora han dado con la tecla. El actual líder manifestó de forma solemne que no quería gobernar con Abascal, versión más educada de aquello de que no podría dormir con semejantes socios. Pues va a ser que sí y cuanto antes lo acepte, mejor será.

Mientras PP y Vox se peleaban, la retorcida estrategia de Moncloa ha seguido su curso, como lluvia fina, empapando de furia la paciencia de muchos votantes moderados, especialmente del PP. Pero —ay, la venganza poética— también ha calado en la de los tradicionales nichos políticos de la izquierda. El voto obrero está enfadado porque las formaciones que dijeron que iban a solucionar sus carencias están entretenidas prohibiéndoles los chuletones, alzaprimando la agenda de las minorías frente a las mayorías, imponiéndoles decisiones climáticas suicidas y privilegiando a regiones ricas frente a las más desfavorecidas. Ya no solo hay «fachas» cabreados.

Haber exacerbado voluntades ha conseguido sumar más votos de derecha cada vez que se abren las urnas –las últimas, en Aragón–, pero también han encarecido cada vez más la posible alternativa por la escasa sintonía entre PP y Vox. Hasta el punto de que hemos terminado por criticar al vencedor de los comicios, como ha ocurrido con Azcón, mientras Su Sanchidad cubría sus desastres electorales con el mantra del triunfo de la ultraderecha, esa túnica de Neso que acabará quemándolo. Sánchez quiere que la ciudadanía le pida «más madera» a Feijóo, sabedor de que precisamente el valor del líder del PP es el de no echar leña al fuego, el de la moderación y el sentido de Estado, ese activo político que Pedro ni tiene ni conoce.

Génova debe entender que este laberinto no puede seguir administrándolo a su antojo el actual jefe socialista. No es fácil, es más bien una empresa complicada, pero Feijóo tiene que coger el toro por los cuernos. No puede aprobar en un Congreso que a Vox ni agua y luego contradecirse con llamadas al entendimiento tras los escaños perdidos en Aragón. Mientras el presidente socialista siga en el poder, Vox vivirá su apogeo. Es verdad que a Pedro se le ha ido la mano y lo está haciendo no solo a costa del PP, sino, y en curva ascendente, de sus propios feligreses. Pero los indignados –que cada vez son más– mandan y por el momento solo hallan en el discurso de Abascal la esperanza de un cambio. Hasta ahora les ha bastado con que predique; ni siquiera le han pedido que dé trigo. Pero eso también tendrá que acabar. Feijóo y Abascal tienen que normalizar esas relaciones por el bien del objetivo número 1 para salvar a España: echar a Sánchez. Ese es el único antídoto contra la furia —y el desencanto— de cada vez más españoles.