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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

PP versus Vox o la apuesta del sapo y la vaca

Ante la destrucción del país y la degradación de sus instituciones a causa de la rapiña y de la incompetencia, esos votantes no disciernen cómo es posible que ambas formaciones no se pongan de acuerdo para constituir ejecutivos o suscribir pactos de legislatura

Echando en saco roto que, en política, lo que parece es, como significó el expresidente Leopoldo Calvo Sotelo y olvida su paisano Alberto Núñez Feijóo, el PP suele gestionar tan mal sus buenas expectativas que propicia lecturas esperpénticas como las que se perpetran estos días a propósito de su victoria adversativa, si se quiere, del domingo en Aragón, pero a las que no cabe poner tantos peros sin incurrir en un estrambote. Es verdad que, alentado por su deseo de ser menos dependiente de Vox, tras negarle su voto a los presupuestos e incluso de hallar alguna pareja alternativa, el anticipo de urnas por parte del presidente en funciones, Jorge Azcón, estuvo a punto de que le sucediera lo que al perro con la sombra de la carne de la fábula de Esopo. Cuando el lebrel se las prometía felices con un sabroso cacho de carne entre sus dientes, se asomó al río y, viendo su reflejo en el agua, creyó que este se correspondía con otro can con un trozo mayor. Al abrir el hocico para aprehender el cacho ajeno, extravió el suyo corriente abajo sin pillar lo que era tan solo un resol.

No obstante, entendiendo su frustración, lo cierto es que, a diferencia de la fábula, Azcón ha vuelto a ganar, aunque menguando dos escaños, por lo que deberá avenirse con un Vox más crecido al disfrutar de un periodo de gracia en que nada le penaliza y todo le engorda, hasta incluso proveerle de sufragios originarios del PSOE tras convertirse Sánchez en su primer prescriptor. Tras amenazar con que venía el lobo de la ultraderecha, Pedro, El Mentiroso, ha generado un efecto rebote al revelarse él mismo un licántropo al que vota Txapote para que facilite el indulto con silenciador a otros carniceros etarras como Txeroki, mientras busca excluir a ETA de la lista europea de organizaciones terroristas.

Algo que, por lo demás, avizora cualquier socialista cuyo sueldo no dependa de Sánchez allí donde impera la ley del silencio y donde hay que acarrearle «santos inocentes» como los del presidente de la Diputación de Jaén, el socialista Francisco Reyes, para que, en su estadía en Villanueva de la Reina, uno de los pueblos afectados por las inundaciones, le transmitieran su preocupación por lo delgado que lo veían, animando a que comiera más el caimán que los devora. En el cortejo, como la que recibe el pésame, figuraba la próxima morituri del César, la vicepresidenta María Jesús Montero, con la cara de dolorosa amargura de su excompañera de gabinete, Pilar Alegría, tras horadar en Aragón el suelo electoral con Podemos borrado del mapa tras rescatar en 2016 a Javier Lambán con sus 14 diputados.

Empedrando su camino con los cráneos de sus candidatos caídos, Sánchez va de derrota en derrota hasta el triunfo final, cual Nerón que prende fuego a Roma entera salvo a su palacio. Como ni siente ni padece, se reirá a quijada batiente de que González reiterara ayer que votará en blanco mientras el impostor encabece las listas del partido socialdemócrata que refundó en Suresnes y hoy podemizado por quien persevera en el bolivarismo de Zapatero. «Que se vaya quien lo destroza», remarcó quien se mantendrá firme en un partido que, «con actitud de siervo, acepta un puto amo», pero que lo reemplazaría sin pegas porque «la política no resiste el vacío».

Después de oficiar tan mal sus expectativas, habrá que averiguar si el PP obra mejor con el capital que atesora como única organización del centro-derecha europeo que, desde que Feijóo llegó a la dirección, cuenta sus comparecencias electorales por triunfos y conserva –junto a los alemanes de la CDU– una posición cimera en un continente en el que el tsunami de formaciones del tenor de VOX arrasa tras coquetear el socialismo –desde la época de Mitterrand en Francia– con estas agrupaciones populistas a modo de seguro de vida frente a la derecha clásica.

Si Zaragón es el Ohio español, al representar a pequeña escala el mapa electoral nacional, el sanchismo estaría dando sus últimos coletazos con un Underwood Sánchez presto a saltarse la legalidad constitucional como el protagonista de House of cards para no moverse del burladero judicial de La Moncloa. Entre tanto, el PP se consolida como el gran partido de centro derecha, con Vox desplazando al PSOE como segunda fuerza en algunas circunscripciones, pero sin alcanzar a sus correligionarios europeos. Con su 20 %, ronda los 71 diputados (21,1 %) de la eclosión de aquel Podemos de 2016 que desaparece de parlamentos como el aragonés, donde ha cosechado 6.000 míseras papeletas (un 0,9 %), pero que no declinará de presentarse como portavoz de la «mayoría social de este país».

Empero, con PP y Vox desbordando el 50% de los votos en las citas celebradas en este nuevo ciclo cuya línea de meta son las generales de 2027, sus votantes exudan un pesimismo antropológico frente al optimismo antropológico como aquel que blasonaba Zapatero desde la cubierta del Titanic de su naufragio. Probablemente sea porque, ante la destrucción del país y de la degradación de sus instituciones a causa de la rapiña y de la incompetencia, esos votantes no disciernan cómo es posible que ambas formaciones no se pongan de acuerdo para constituir ejecutivos o suscribir pactos de legislatura, así como para desalojar a quien gobierna más tiempo que Zapatero con una grey de 18 partidos que, aun peleados, no rompen la peana en la que se asienta un presidente vencido en las urnas.

Tal paradoja evoca la historia del escritor sevillano Chaves Nogales sobre dos aldeanos que paseaban por el campo. Uno de ellos arrastraba del ronzal una vaca y que, al pararse junto una charca para darle de beber, le sorprendió el brinco de un sapo al que el otro labriego saludó con una mueca de repulsión. Por llevarle la contraria y porfiar con él, el dueño de la vaca le recriminó que no era para tanto siendo como cualquiera de los seres vivos de los que se alimenta el hombre. «¿Te lo almorzarías tu?», arguyó el compañero de caminata. «Si hubiera necesidad, desde luego», le replicó el vaquero retándole: «Me juego la vaca si te comes el sapo».

En una mezcla de codicia y amor propio, el paisano aceptó el órdago embuchándose el batracio mientras refrenaba las náuseas. Al debatirse el propietario del bovino entre haber ido demasiado lejos con su broma y el riesgo de quedarse sin aquello que apostó frívolamente, terció en medio de la indigestión de su compadre: «¿Me devuelves la vaca si me jalo el medio sapo que resta?». Éste vio con alivio librarse del suplicio, por lo que le alargó el pedazo de sapo que le faltaba por engullir. Tras tragarse el sapo a medias, ambos se alejaron silentes de la malhadada charca. Al poco, se detienen, se miran e inquieren: «¿Y por qué nos habremos comido el sapo?».

Moraleja: Habrá que ver cuanto tardan Feijóo y Abascal en hacerse esa pregunta si no quieren que se les escape la vaquilla, como en la película de Luis García Berlanga de ese título, para que, a la postre, la despedace figuradamente el buitre de Sánchez.