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Nadie ya, a estas alturas, puede engañarse sobre la estrategia de Sánchez: perseverar indefinidamente en la Presidencia, al coste de bloquear todo el funcionamiento del Estado.

No carece de lógica. Nada en esta vida, ni aun lo más obsceno o lo más monstruoso, carece nunca de lógica. La de esta vertiginosa fuga es desoladoramente fácil de esbozar: ministros e íntimos colaboradores del presidente están ya en la cárcel o camino de estarlo. Pendientes de juicio, su esposa y su hermano. Los burdeles familiares salieron al descubierto. En el partido, que él reinventó, nada queda que no haya sido financiado en negro. Si Sánchez pretende salvarse como rey del tablero, habrá de ir entregando algunas piezas valiosas. Son las reglas del ajedrez. Esto es de la guerra. Esto es, en su variedad más pútrida, de la política.

El movimiento de peones que ha venido desplegando el presidente durante los últimos meses no deja lugar a dudas. Es un plagio literal de la efectiva estrategia puesta en juego por Mitterrand a partir del año 1981. Fue hace mucho. La recuerdo para los más jóvenes.

François Mitterrand fue el paradigma del profesional político sin escrúpulos morales. Comenzó en el área de la extrema derecha nacionalista de los Croix-de-Feu del coronel François de La Rocque. De ahí, pasó al colaboracionismo en Vichy, por cuyo gobierno fue condecorado. Cuando percibió que el nazismo entraba en sus horas bajas, se pasó discretamente a la resistencia: también fue condecorado. Acabada la guerra, transitó todas las derechas existentes. Como sucesivo ministro de Interior, de 'ultramar' y de Justicia, cosechó las masacres y las derrotas de Indochina y Argelia. Fingió un atentado fantasma para darse lustre: hizo el ridículo. En 1971, reinventó el Partido Socialista, a partir de la exhausta SFIO de antes de la guerra. Lo infló a costa del izquierdista PSU de Michel Rocard. Y selló una alianza de futuro, la Gauche Unie (Izquierda Unida), con un Partido Comunista que sumaba por entonces un 19 % de los votantes. Fracasó en su primer asalto a la presidencia. La conseguiría en 1981. Inaugurando el más largo mandato de la historia francesa: 14 años.

Heredero de la rama política de la terrorista OAS, Jean-Marie Le Pen, en tanto, había acabado por emanciparse del viejo colonialista Tixier-Vignancour, para montar su propio partido: el Frente Nacional. Una miniatura que se movía entre el 2 y el 4 % de los electores, sin oportunidad alguna de acceder a escaño parlamentario. Súbitamente, a partir de 1981, Le Pen emergió como estrella televisiva. Innecesario decir que la televisión francesa de entonces era exclusivamente pública. A los periodistas que le interrogaban sobre semejante misterio, el ministro más fiel de Mitterrand, Pierre Bérégovoy, respondía que era una idea genial del presidente: promocionar a Le Pen para que, apropiándose de una fracción del voto de la derecha, hiciera «inelegibles» a los conservadores gaullistas.

La cosa acabó muy mal. Fueron los votos del Partido Comunista Francés y, en parte, de los socialistas, los que el Frente Nacional devoró en muy pocos años. Hoy percibimos que era de lógica: las viejas periferias fabriles, que el PCF había proclamado «fortalezas obreras» siempre fieles a la izquierda, se habían ido empantanando en la más dura reconversión industrial y en el deterioro convivencial de una inmigración masiva, que rechazaba los fundamentos políticos y morales de la República. La base obrera comunista y socialista se aferró al espejismo de un Frente Nacional que le prometía el retorno a los tiempos del esplendor que precediera a la pérdida de las colonias. A partir de ese punto, el ascenso de Jean-Marie Le Pen fue continuo. Hasta llegar a acceder a una segunda vuelta de las presidenciales, que no ganó, pero que exhibió cómo la hipótesis de su victoria había dejado de ser política-ficción. Hoy, su hija Marine es –si los jueces no lo impiden– la segura ganadora de las próximas presidenciales.

Pero todo eso había de suceder muchos años después de la muerte del ingenioso político que puso a rodar el destino. A Mitterrand, que el mundo siguiera girando o no tras su entierro, se le daba un ardite.

Blindarse a sí mismo como presidente vitalicio fue su único objetivo. Lo consiguió: salió solo de la Presidencia para morirse al cabo de unos meses. En el ínterin de esos catorce años, destruyó al hombre clave del socialismo francés, Michel Rocard, haciéndolo primer ministro y saboteando cada una de sus apuestas. Cuando tuvo claro que el Partido Socialista no era más que un cascarón quebrado, abandonó su afiliación. Y tuvo las santas narices de presentarlo como el envite moral de un presidente que debía situarse por encima de partido alguno. La jugada le salió redonda. A él. Al Partido Socialista le costó la destrucción en la que aún hoy vegeta.

¿Busca, en 2026, Pedro Sánchez repetir la hazaña del «monarca» Mitterrand? Su talante moral está a la altura. El intelectual, no. Pero eso puede apañarse, en política, con dosis altas de fullería. Promover el fratricidio entre PP y Vox es fácil. ¿Habrá que pagar también el coste de un trasvase masivo de los votos socialistas más populares hacia el polo de atracción populista de Vox? Por supuesto: ya ha empezado a producirse. Pero ese coste es asumible, piensa el señor de la Moncloa. Caerá el partido. Tal vez. Ya están cayendo, de hecho, sus organizaciones regionales. Pero quedará en pie el caudillo que pone último orden en todo. A Sánchez no le importa otra cosa que Sánchez.

¿Será Sánchez Mitterrand? Hay un obstáculo. Mitterrand era Jefe del Estado. Para ser eso, a Sánchez le sobra un rey.