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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Amamos tanto la impotencia…

A escala suprema, el regocijo de la llamada «izquierda» se cifra en que no gane la llamada «derecha»; y a la inversa. A escala grande, el contento del PSOE cabe en que el PP naufrague; y a la inversa. A escala media, la dicha del PP se juega en que se despeñe Vox; y a la inversa. A escala microscópica, el deliquio de Sumar se condensa en que Podemos quede fulminado; y a la inversa…

Nadie, en Castilla y León, podrá formar gobierno estable. Ninguno dejará que otro lo forme. Sigue el baile de máscaras. En Moncloa, el yerno de Sabiniano sonríe: las cosas marchan. Todo queda congelado. Sin límite en el tiempo. Todo muerto. Lo perfecto.

Entre la admiración y el espanto, y quizás antes que nada el estupor, Tito Livio recoge –en el libro XXXIV de su Ab urbe condita– el relato de los que vieron actuar a los hispanos: «Habiendo decretado el cónsul Catón que, para mayor seguridad de ciertas ciudades de España, sus habitantes no portaran armas, muchos de ellos se suicidaron. Feroz nación que no comprende la vida sin llevar armas (Ferox gens nullam esse vitam sine armis rati)». Y se pasma ante un empeño tan autodestructivo. Es nuestro más viejo atavismo. Pienso que el más inconmovible. Amamos el espectáculo de nuestra propia hecatombe. Nada nos place tanto.

Livio se hubiera sentido muy confortado al asistir al espectáculo de este presente nuestro. Él, que sabía cómo nada profundo cambia nunca en la historia de los pueblos. Que unos ciclos van siguiendo a otros. Y que, al final, todo retorna al punto de partida y a la repetición perseverante de los tediosos vicios que mataron a nuestros mayores. Como aquellos hispanos de hace dos milenios, los partidos políticos de nuestro presente extraen mayor placer en aporrear a un irreconciliable –porque mítico– enemigo, que en degustar el sosiego de una gestión plácida. Y todo gira, para ellos, en este macabro entretenimiento: matar o bien ser muerto. Quizá porque ando ya un tanto mayor para esos jueguecitos de crío sobrehormonado, sus duelos de matasietes me avergüenzan. No, no es ira siquiera. Vergüenza sólo.

La política española es uno de esos enigmáticos «fractales» que el Diccionario de la RAE define como «objetos geométricos en los que una misma estructura, fragmentada o aparentemente irregular, se repite a diferentes escalas y tamaños»: cada átomo, idéntico a todos los otros y al todo. Lo importante en la política española no es ganar; es que no gane el otro. A escala suprema, el regocijo de la llamada «izquierda» se cifra en que no gane la llamada «derecha»; y a la inversa. A escala grande, el contento del PSOE cabe en que el PP naufrague; y a la inversa. A escala media, la dicha del PP se juega en que se despeñe Vox; y a la inversa. A escala microscópica, el deliquio de Sumar se condensa en que Podemos quede fulminado; y a la inversa… E igual en el interior de cada partido, y en hasta la ínfima agrupación local del último microgrupúsculo. El gozo, en la política española, es que nadie pueda gozar de un normal gobierno. La estupidez impera. «Fractalmente». Consecuencia: un gobernante inmerso en lo delictivo consigue así prevalecer impune. Apotegma de Leopardi: «Yo no sé si esto mueve ya más a risa o pena». Puede que sólo a asco.

Porque es eso lo que ratificaron las elecciones de ayer: cada cual puede felicitarse de que no podrá gobernar el de enfrente. Todos, pues, satisfechos. Es lo que consumó ya Extremadura antes. Y lo que viene amenazando. A todo, a todos y en todos los niveles. Cosas del atavismo hispano. Cosas, también, de una ley electoral tallada a la medida de aquel bipartidismo que se juzgaba eterno en 1978 y que, como todo lo eterno, ha pasado a mejor vida. Cosas, sobre todo, de la trágica partición que hizo, de una nación vieja, este amorfo amasijo de inhábiles autonomías, a las cuales se diera –no sin cierta vis cómica– nombre de «nacionalidades»: esa olímpica violación del diccionario.

Alzan nuestros deseos reinos imaginarios. Que se estrellan, claro está, contra lo real. Y que nos hacen trizas sin remedio. Da igual que esos deseos se muestren deleitosos. Da igual que nos repugnen. Son imaginación: ninguna realidad poseen que no sea la que pone nuestra locura. Y sólo pueden generar escombro. Hacen del día a día este horizonte devastado: un hogareño infierno. La política española es eso. Destrucción. Y ninguna otra cosa. Nunca, jamás, de ninguna manera, anhelo de construir algo. Ni en sueños. Todo nos es voladura. Dictamos nuestro proyecto de no ser. Acabará por atraparnos.

Ninguno, en Castilla y León, podrá formar gobierno estable. Contentos todos: en Moncloa, sobre todo. «Nadie que no sea un envidioso, puede deleitarse con mi impotencia y mi desgracia». A no ser, claro está, un espíritu impotente. Y desgraciado. En tal óptica cifraban su saber estoico los grandes moralistas del Barroco. Era otro tiempo. Menos estúpido. O sea, menos pusilánime. Pero, seamos sinceros, en política amamos tan sólo la impotencia. Su fe nos arrebata.