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Perro come perroAntonio R. Naranjo

El cabestrillo de Sánchez

Rematar un burdo montaje con una campaña coral del Gobierno y RTVE para tapar la mentira y atacar a sus críticos es lo más vergonzoso que se ha visto en años

El presidente de RTVE, José Pablo López, compareció hace unas horas en sede oficial para, además de hablar de su gestión, lanzar públicamente un mensaje de apoyo a Sarah Santaolalla, con «una condena firme a una campaña de acoso que creo que ha traspasado todos los límites exigibles. Es una estrategia machista perfectamente trazada».

Lo dijo a la vez que su protegida, poco después de comparecer como estrella junto a Pedro Sánchez en un foro «contra el odio», se personara en un programa de RTVE para que entre ella y el presentador, Jesús Cintora, me acusaran a mí de utilizar Telemadrid para venganzas personales por lo que el día previo hice, con la protagonista delante, en el espacio «En Boca de Todos» presentado por Nacho Abad.

Ninguno de los tres, como el propio presidente del Gobierno y todos los ministros y periodistas alineados con Sánchez, respondieron a los hechos presentes en este asunto, que son de fácil rastreo: la activista en cuestión acusó a otro activista de haberla pegado y le llevó al juzgado para que tuviera una orden de alejamiento y a ser posible acabara en el calabozo, pero el vídeo de la supuesta agresión, el informe del médico forense y la decisión judicial lo desmintieron.

Es decir, no hubo golpes, tampoco acoso ni hostigamiento, las lesiones que la llevaron a pasearse en cabestrillo por actos públicos del PSOE y sus satélites no existen y la petición de mano dura contra Vito Quiles, objeto (él sí según el juez) de respuestas agresivas de los acompañantes de la denunciante, no procede: nadie puede respaldar, ni en éste ni en ningún caso, que el periodismo consista en abordar a algún personaje público para preguntarle de manera destemplada y en cualquier sitio incluso privado lo que le dé la gana, pero no es eso lo que se denunciaba, y yo mismo he repudiado en incontables ocasiones, sea quienes sean el inductor y el afectado.

Pero hablábamos de agresión, de un delito que comporta cárcel, y solo un sectario y una mala persona puede sostener, con las pruebas en la mano, que eso pasó. Y solo un cobarde y una vergüenza para el periodismo puede callarse cuando, pese a las evidencias, la víctima de pega de una denuncia falsa insiste en su numerito y, esto es lo más grave, se presta a una campaña del Gobierno que pretende utilizar su caso para presentar como «odio» la crítica y legislar contra quienes, en la judicatura, la Guardia Civil o la prensa, simplemente hacemos nuestro trabajo entre mil presiones y críticas de los que han decidido someterse, de manera voluntaria o remunerada, a un presidente cercado por la corrupción que se cree impune e intenta serlo de verdad.

La joven en cuestión no es el problema: si alguien la quisiera de verdad le diría que no se dejarse utilizar en un montaje tan burdo acaba saliendo muy caro y que, para denunciar lo denunciable de Vito (mucho menos dañino que sus propias intervenciones agresivas y despectivos contra media España, en aplicación del argumentario sanchista del día), no hace falta inventarse una agresión física teledirigida para auxiliar el relato de un Gobierno indecente, por mucho que su televisión pública de cabecera esté dispuesta a defender siempre lo indefendible con tal de ganarse la supervivencia propia.

El episodio, en el que algunos hemos sido involuntarios protagonistas por algo tan rutinario como decir la verdad sin otro objetivo que contarla y no formar parte de un teatrillo intolerable, nos ha costado la acusación de «acosador» por parte de la nueva Juana Rivas de su circo ideológico, a la que ojalá la vida le dé la oportunidad de superar el bochorno al que se ha prestado. Pero no es eso lo importante, y no solo porque a cada mensaje insultante recibido le han sucedido otros diez de aplauso por hacer simplemente nuestro trabajo.

Lo sustantivo es que, ante algo que cualquiera puede comprobar con sus propios ojos, lejos de recularse en la mentira se ha multiplicado y, a la ridícula sobreactuación del cabestrillo, le ha sucedido una inmensa campaña del Gobierno y de RTVE para convertir esa patraña en una justificación del mensaje central de Sánchez. Esto es, el del muro para separar españoles, el de la peligrosa violencia de la ultraderecha, el de la mentira como única respuesta a las evidencias adversas y el del impulso legislativo para convertir a los contrapoderes en enemigos y transformar su indispensable rendición de cuentas en una ceremonia de persecución de la disidencia.

Van apañados: felizmente en España hay jueces, políticos, policías o periodistas decentes a los que no nos tiemblan las piernas por mucha presión que le ponga el ecosistema sanchista para tapar sus vergüenzas. Pero que lo intenten siquiera deja clara la calaña, la peligrosidad y el precio que pagaría la sociedad entera si esta tropa de indeseables se saliera con la suya. Que no lo va a lograr, por supuesto. Nos van a hablar a Noé de diluvios, a estas alturas.